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Opinión | En aquel tiempo

Contra el desánimo

El presidente de EEUU, Donald Trump

El presidente de EEUU, Donald Trump / Europa Press/Contacto/Yuri Gripas - Pool via CNP

Cuando todo parece derrumbarse alrededor, arrasando aquellas utopías que encendieron nuestra juventud. Cuando solamente una persona es capaz de sumirnos a todos en una angustia insospechada. Cuando nuestros sucesores contemplan su futuro con una reticencia insuperable. Cuando una especie de tristeza lo inunda todo de todo como un torrente desbocado. En una palabra, cuando nos ha llegado el momento de enfrentarnos a una historia impuesta con desfachatez. Solamente ahora tenemos que echar mano de nuestras reservas interiores y declararnos en «estado de esperanza» contra toda esperanza. Lo único que no nos está permitido es cobijarnos bajo una capa de incapacidad como quien acepta de antemano ser víctima de la historia sobrevenida. En absoluto, ahora mismo nos ha llegado ese instante lúcido de erguir nuestras cabezas y negarnos al desánimo más depredador. Por lo menos quien esto escribe, alzándose contra su propia tentación, decide echar mano de aquel bagaje utópico para reencontrar el camino más fecundo y creativo. Estamos contra el desánimo.

Pero tenemos que someternos a un crudo y duro examen de conciencia como occidentales y como europeos. Porque lo hemos hecho muy mal, crecidos sobre el caballo loco del bienestar económico y esas luchas fratricidas entre grupos ausentes del rubor histórico más elemental. Occidente estaba muy mal acostumbrado a ostentar el poder desde una dependencia cómoda de Estados Unidos: ellos, con su dinero y con su fuerza, nos sacaban de cualquier conflicto. Y en estos momentos, mientras Oriente se crece con imponente rapidez y justificación, nosotros nos encontramos en una solemne contradicción: esos Estados Unidos en los que tanto confiábamos, se han erigido en nuestros peores adversarios. Y en esta situación nos coge sin agallas para responder con suficiente fortaleza y hasta con un mínimo de dignidad. Es una auténtica desgracia, casi un drama insoluble. Pero precisamente en estos momentos tenemos que sacar pecho y tomar las riendas de nuestra propia historia. Hay que tenérselas con este lobo. Y plantarle cara.

Es cierto que nuestra Europa afronta esta auténtica invasión descerebrada por obra y gracia de un solo hombre, con sus defensas bajas. Los europeos, sometidos al pánico de una Rusia en manos de un Putin descarado, tiene que vérselas con un desquiciado Trump, que desea convertir el mundo en su jardín, donde pastarán nuestras identidades históricas como un «zoo de cristal». Europa tiene que optar con mayor rapidez que nunca entre mantenerse situada en el lado correcto del momento, pero sin perder de vista las ambiciones permanentes de unos y de otros. Nada fácil. Hasta ahora, sabíamos muy bien en donde situarnos, pero de pronto, el amigo nos humilla mientras el adversario de siempre sonríe y se burla de nuestra ingenuidad. Para nada España puede evadirse de esta situación europea, aunque quienes nos gobiernan se muestren oscilantes ante ambas opciones, cuando se hace preciso estar unidos para afrontar la realidad. Y no parecemos intentar algo que nos una, más allá de confrontaciones partidistas y disputas ideológicas feroces. En estos momentos, o caminamos juntos o seremos víctimas de nuestra ancestral división. Hay que pensárselo muy despacio, más allá de medidas parcialistas y por ello mismo incapaces de afrontar decisiones únicas.

Y no es nada fácil adoptar una actitud tan crítica como inteligente frente al desnorte de un personaje absolutamente patológico como Trump. Es muy difícil, sobre todo para un país como España, necesitado de apoyo internacional precisamente cuando su Europa, como hemos escrito, vive uno de sus peores momentos como unidad histórica frente al reto de un mundo desvencijado. No podemos subordinar nuestra postura internacional a nuestras desavenencias interiores. Sería un error dejarnos llevar por ese desajuste de izquierdas y derechas, incapaz de diagnosticar una respuesta común a una situación común. Es de esperar que nuestros líderes tengan la honradez necesaria para dejar de lado su permanente conflictividad y afrontar esta cita histórica con sentido de Estado, dejando de lado agresiones cansinas.

Y nosotros, sus votantes y, en definitiva, el pueblo al que sirven, debemos hacernos oír y escuchar en defensa de una llamada «sociedad del bienestar», vapuleada más de cuanto ella misma imagine con esta traumática situación. La desunión puede llevarnos a convertirnos en carne de cañón en un conflicto desorbitado pero que tendrá su final. Entonces, para nada es el momento de desanimarse y entregarse a la desesperanza, porque es el momento de recuperar la utopía de hace años como europeos y como españoles. Nos jugamos al futuro. Seamos inteligentes y previsores.

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