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Opinión | Viento fresco

El destino y sus jugadas

De pronto la rutina, la seguridad del hogar se vuelve algo excitante. Algo que agradecer

El destino y sus jugadas

El destino y sus jugadas

Piensa uno en el azar, en las casualidades, en el destino. En que ese tren pude haberlo cogido yo o un amigo o familiar. En la vida hay que contar siempre con el azar, con el imprevisto. Uno es consciente de su fragilidad. De que está sometido a los vaivenes caprichosos de la existencia.

Lo consolador es el espectáculo de la solidaridad. Para cerciorarse de lo negativo ya están algunas redes sociales donde hay gente que no defrauda: saca lo peor de la especie, la ruindad, la mezquindad.

Uno agradece amanecer en su casa, estar rodeado de sus objetos, afanes y costumbres cotidianas: el café, la ducha, la camisa limpia. Hay días en los que la rutina es excitante, reconfortante, divina. Estamos a salvo.

El mundo es hostil pero no hay más remedio que salir a afrontarlo, a batirse en duelo con el riesgo, la casualidad, la maldad. Hay que beber informaciones de medios solventes, acreditados. Los que dan datos y testimonios precisos. Información. Hay que joderles la hora estelar a los buleros, especuladores o a los que buscan culpar y sacar rédito político facilón, buitresco y grosero.

Se van agolpando noticias de suspensiones de actos y actividades. De pronto un pleno, un Fitur, un encuentro en Moncloa entre líderes, un partido de fútbol, una inauguración, un asamblea pasan a la nada, son pospuestos. La prioridad es otra.

Miles de historias se van conociendo, compartiendo y entrelazando formando un bucle infinito de hechos, casualidades, desgracias o fortunas; la chica que iba a Madrid a unas oposiciones, el chaval que pasó el fin de semana en Málaga pero vive en la capital de España, la pareja que hacía una escapada, el médico que volvía tras un turno extenuante, los nietos que iban al encuentro de sus abuelos: vidas rotas o vidas reanudadas que gestionarán el accidente como un trauma, como una anécdota o como una lección. «El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos», dijo Shakespeare. No estamos nada seguro de que el genio británico llevara razón. «Qué sabe nadie», dice la sabiduría popular.

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