Opinión | Pensamientos
Ernest Folch
A mi manera
La Oreja de Van Gogh vuelve a la escena musical con 'Todos bailamos la misma canción', un tema que mezcla la fe, la ciencia y el amor, invitando a la reflexión

La Oreja de Van Gogh. / l.o.
Una de las sorpresas del nuevo año ha sido el último tema de La Oreja de Van Gogh, Todos bailamos la misma canción, cuya letra me ha hecho reflexionar.
Durante siglos la música, especialmente la clásica, estaba intrínsecamente vinculada al culto y la liturgia. Más recientemente, y en España, cualquier mención pública a la fe en el plano artístico ha sido un tabú. Las creencias se reservaban habitualmente para la esfera particular. Otros asuntos, especialmente el amor, la felicidad, la diversión, la Guerra Civil, el cachondeo (…) se usaban para componer las obras.
Inesperadamente el componente religioso vuelve a la escena, de la mano de la banda donostiarra y de la potentísima Rosalía. No sabemos cuánto hay de postureo u oportunismo en este giro. O si es un sentimiento auténtico.
No obstante, trataré de analizar el significado de Todos bailamos la misma canción. Lo primero: el título nos recuerda que la humanidad viaja en el mismo barco, por mucho que haya camarotes de primera, butacas de tercera y pateras a la deriva.
Lo segundo es la inicial contundencia del estribillo, «yo creo en Dios», matizada tras una brevísima pausa, por un «a mi manera». Observo una afirmación valiente y rotunda, la confesión de la creencia en el más allá, pero amoldada a la visión individual.
En la oración del Credo los católicos suscriben un puñado de dogmas, imposibles de asumir para ateos, agnósticos y racionalistas.
Aquí se opta por un Dios creador, principio y fin, pero diseñado «a mi manera».
Frente a la rigidez de las religiones oficiales, algunos fieles se construyen una imagen (o vínculo) del Ser Supremo propia y alejada de los corsés de la curia.
Otro verso revelador es «allí donde muere el orgullo, nace la fe». Los hombres llevan, desde que empezaron a caminar erguidos, escogiendo entre ellos, como máximos dominadores de la naturaleza y seres racionales, o la existencia de un Dios todopoderoso.
Amaia Montero, ejemplo de superación y coautora, junto a Xabi San Martín, simplifica las cosas: dejemos de sentirnos los amos del mundo y empecemos a pensar en algo más.
El grupo admite que tiene dudas y se hace preguntas. «Reconozco que algo no me encaja/celestial precisión/algoritmo genial/ que aquí hay algo más/tiempo y espacio/y todo lo que ve son las sombras quizá que proyecta el Edén». «Hoy estamos aquí/y, mañana, ya no/en la noche infinita/un destello de Sol/estar vivos es un misterio de ciencia ficción».
Se mezcla la historia bíblica del Paraíso Terrenal con axiomas clásicos para apoyar la existencia de Dios: «la nada, nada es», «de la nada, nada sale», ergo tiene que haber un ser generador del universo. La muerte, como equipaje permanente del ser humano, también se menciona.
El tema se introduce después en explicaciones científicas, como la teoría del «Big Bang», o primera explosión generadora del mundo, y propone «un viaje interestelar» para descifrar el origen de todo. La canción hace así un llamativo quiebro, propio de la ciencia ficción, y nada teológico. Si pudiésemos viajar hacia atrás en el tiempo descubriríamos a Dios, interpreto.
De pronto entramos en una típica historia de amor. «Si me dijeras que sí/al despertar junto a ti/cuando te escucho reír/olvido lo que aprendí»; «El ritmo del mar y mi respiración/los latidos de tu corazón/todos estamos bailando la misma canción».
Esta parte choca con la profundidad del resto. Hablamos de Dios, pero también nos alegramos de tener una buena pareja, un hombre ideal y magnífico compañero. Tópicos del pop. ¿Fe o simple ingrediente?
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