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Opinión | Al azar

En Teherán queman las mezquitas

En un contexto marcado por la desinformación, las predicciones dominan la narrativa, mientras figuras como Trump o Mamdani desafían la lógica y el análisis tradicional.

Un hombre iraní camina junto a los restos de un vehículo de bomberos que se incendió durante las protestas antigubernamentales en una calle de Teherán

Un hombre iraní camina junto a los restos de un vehículo de bomberos que se incendió durante las protestas antigubernamentales en una calle de Teherán / ABEDIN TAHERKENAREH / EFE

Vayamos con un sencillo quiz:

1. ¿En qué megalópolis mundial la población local se dedica a quemar mezquitas?

2. ¿En qué megalópolis mundial el alcalde jura su cargo sobre el Corán?

3. ¿Qué megapotencia se ha constituido en la mayor amenaza contra la integridad territorial de la OTAN?

4. ¿Qué megapotencia ha colocado mediante la fuerza a una comunista al frente de un país de su patio trasero?

Salvo mejor criterio, las respuestas son ‘1. Teherán’, ‘2. Nueva York’ y ‘3/4. Estados Unidos’. A partir de esta ubicación, se inicia un desfile exhaustivo de expertos que concluyen que era inevitable que los propios iraníes prendieran fuego a sus templos sagrados, según imágenes autentificadas por la televisión oficial. O que con la memoria del 11S todavía insistente, el famoso Mamdani se encomendara al libro sagrado de su religión musulmana. Por no hablar del rapto de Groenlandia a cargo de Trump, el hombre que ha declarado la guerra a todo el planeta. En cuanto a la broma de Delcy en Caracas por la fuerza capitalista, hubiera resultado increíble para una persona ausente del planeta en enero.

Sin desembarcar de esta semana, Francia y España despliegan sus tropas frente a Estados Unidos. El segundo de los países citados está ocupado literalmente por tropas norteamericanas, por lo que a primera vista hubiera resultado más cómodo desembarazarse de los invasores que desafiarlos en la modalidad sobre hielo. La habilidad del planeta para crear un espectáculo jugoso ha desbordado la capacidad de sorpresa, en la política del electroshock impera el sobresalto continuo. La carcajada estalla cuando se anuncia que Macron y Trump están dispuestos a una guerra mundial para liberarse de los fantasmas de Epstein y Le Pen.

Quienes aseguran a posteriori que pueden interpretar una actualidad incongruente son los mismos que garantizaban la continuidad de Xabi Alonso en el banquillo del Madrid, tras la derrota en la Supercopa. Por lo visto, ni la covid sirvió para acreditar la ignorancia ilustrada de los expertos, que por desgracia no son inofensivos. Las garantías irracionales a cargo de los especialistas pretenden ser tranquilizadoras, aspiran a introducir la racionalidad en un planeta desbocado, aunque quizás resulte excesivo que AstraZeneca se erija en portavoz de la verdad científica tras la retirada de su prodigiosa vacuna. Enigmas como Teherán, Trump, Mamdani o Delcy no pueden resolverse desde la lógica, la pretensión de interpretarlos cursa con la complicidad de asumir su arbitrariedad.

Frente a la tentación moralizadora y sobre todo desmoralizadora, el mundo resulta cada vez más imprevisible, sin que se pueda prever una orientación concreta en los giros metódicos de su esfera. Ni siquiera puede hablarse de desorden, en los imperios burocráticos de la hipervigilancia, pero las opciones están tan abiertas que también sería aceptable pronunciarse a favor del optimismo. Los ilusos, ilusionistas o ilusionantes panglosianos disfrutan de un mercado notable, tras la estela de Steven Pinker.

En el imperio del diagnóstico frente al tratamiento, los expertos no presumen de que el mundo tiene arreglo, sino de que pueden medir su estado a la perfección. Operan desde la vanagloria de que cada vez se dispone de más datos para interpretar la realidad. Por desgracia, la inflación de los parámetros se contrarresta con el aumento del desorden necesario para obtenerlos, esencia de la entropía. Laplace le explica a Napoleón que conociendo la posición y velocidad de cada partícula del Universo puede calcular todos los fenómenos futuros por lo que, «Sire, yo no necesito la hipótesis de Dios». Es cierto porque, si pretende medir cada átomo, ni Dios puede resolverle ese problema.

Persiste asimismo la tentación de sustituir la precisión por la erudición. Cuando Marco Rubio agrupa las conquistas de Venezuela y Groenlandia en la necesidad de salvaguardar «nuestro hemisferio», la persona culta se trasladará de inmediato a los bloques de Oceanía (Américas y resto del mundo anglófono), Eurasia (con Europa como apéndice asiático) y Estasia (China, Japón y adyacentes) en que George Orwell divide el mundo en guerra perpetua de ‘1984’. No podría hablarse además de inspiración, porque no existe la mínima probabilidad de que Trump haya leído la novela, a diferencia de Feijóo. Sin embargo, esta precisión casi milagrosa se debilita al plantear cuántas páginas del libro contienen previsiones que no se han materializado, en este planeta que presume de un sesgo orwelliano.

A pesar de las pruebas aportadas y de que el futuro solo puede analizarse a posteriori, las predicciones siguen dominando la dieta de la actualidad imaginaria. Todo el mundo sabe lo que tiene que hacer, nadie sabe lo que hace. Ni siquiera el pasado se está quieto, hay que reescribir continuamente el palimpsesto de Juan Carlos I, Plácido Domingo, Adolfo Suárez o Julio Iglesias. La humildad obligaría a limitarse a contar el hoy con todo detalle, bajo la pretensión de un presente fructífero o de que existe el ‘true crime’ sin contaminación fabuladora. El ser humano mejor informado es el que no pretende averiguar lo que va a ocurrir.

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