Opinión | La libreta del duque de Chantada
Howard Sant-Roos, cuando el trabajo y la defensa hacen una carrera
Howie, nacido en Cuba en 1991, creció en una familia humilde y descubrió su pasión por el baloncesto en las calles, antes de emigrar a Italia a los 16 años

Howard Sant Roos, en pista con el balón. / ACBPhotos
El pequeño Howie nació en una casa humilde de dos habitaciones, donde convivían ocho personas de su familia. Era 1991 y la isla se preparaba para acoger los Juegos Panamericanos poco después de la caída del muro de Berlín. Un hecho histórico que había hecho desaparecer de las calles los suministros con el sello de la URSS y las revistas de propaganda soviética.
El puertorriqueño José «Piculín» Ortiz y la brasileña Hortensia Marcari dominaron la competición de baloncesto, mientras Cuba hacía historia y superaba por vez primera a Estados Unidos en el medallero con 140 oros. Parecía un presagio de los que ocurriría 33 años después, cuando Howie, ya convertido en una estrella del baloncesto, debutaba con su selección en la primera victoria en casi 60 años de los cubanos contra Estados Unidos (81-67).
«Nacimos sin nada», recuerda en varias entrevistas, en el municipio 10 de octubre de la Habana, que toma su nombre del «Grito de Yara». Ese día de 1868, el general Carlos Manuel de Céspedes llamó a la insurrección contra España e inició la Guerra de los Diez años, también llamada la «Guerra Grande», la primera guerra por la independencia cubana contra España. Una guerra que terminó con la Paz de Zanjón después de que el ejército español, al mando del general Martínez Campos, derrotara a los cubanos.
En esa casa, Howard entendió el significado de la palabra familia. Una familia que trabajaba en las empresas tabaqueras, pero que también jugaba al baloncesto. Su padre, al que no recuerda ver jugar, sus tíos y su hermana le contaban sus hazañas en las canchas. El Gimnasio San Carlos y las calles cercanas vivieron sus primeros encuentros con la pelota naranja. «Teníamos muy pocos recursos.
A veces jugaba sin zapatillas, otras veces tenían agujeros enormes. Éramos muy pobres, pero teníamos mucho amor por el baloncesto», decía en Cuba net. Su madre Nereida Olano, que ejercía de defectóloga trabajando con niños con discapacidades físicas o mentales, y su abuela se esforzaban para que a Howie no le faltara de nada. Tenían que comprar las zapatillas, la ropa para jugar los partidos y hasta lavarla.
Cuando tenía 16 años, su madre se casó con un italiano y se fueron a vivir a Monza. Del sol de Cuba al frio de la Lombardía italiana. Un nuevo mundo al que le costó adaptarse en lo personal y en lo baloncestístico. Acostumbrado a un baloncesto más libre, más de calle, conoció las rigideces de un juego más organizado y siempre de 5 contra 5. En el equipo juvenil de Casalpusterlengo aprendió que «si quieres seguir en la cancha, tienes que dar lo mejor de ti en defensa. Mi carrera ha sido así. No soy el mejor en ataque, pero creo que nunca he dado un paso atrás en defensa y los demuestro cada noche. La defensa me dio una carrera», recuerda para la web de la BCL.
El mayor «ladrón» de balones de la historia de la BCL, uno de los mejores defensores de las competiciones europeas y un rictus siempre serio en la cancha. Fuera de la pista es otra historia. «Yo soy un loco. Nada que ver el jugador con la persona. Me gusta salir, la play, ver animes. De vez en cuando mi puro, mi roncito cubano… Soy una persona muy normal», asegura en una entrevista en el Mundo.
Siempre con una sonrisa en la boca y encantado de jugar en España. «Sin el sol yo no soy nada, es fundamental». Este jugador al que hace un año Ibon Navarro definía como «es muy bueno, muy listo y muy grande» es una de las grandes amenazas de un Murcia que el domingo visita el Carpena con el puesto de cabeza de serie para la Copa en juego. Carpe Diem…
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