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Opinión | Tribuna

¿Locos, tontos, malvados?

Trump, con su búsqueda del beneficio económico, se asemeja a un personaje que persigue el poder y enmascara su condición de resentido, utilizando la violencia institucional

Emisión en Wall Street del discurso de Trump en Davos.

Emisión en Wall Street del discurso de Trump en Davos. / Bloomberg

Ayer me hicieron un TAC. La enfermera me preguntó si era alérgico a algún medicamento. Mi respuesta fue: tengo alergia a la estupidez; ¿tienen algún remedio para ello? Trump no es un loco, ni un tonto, ni un malvado de Marvel. Es, simplemente, un tipo peculiar que ha tenido éxito en los negocios, que gobierna como un empresario sin corazón ni sofisticados escrúpulos, como los cuatreros del Oeste de las películas, y que sueña con ser el emperador mejor dotado, por encima de los cibernéticos señores del aire, como diría el filósofo Javier Echeverría. No me extrañaría que se zambullera en las aguas metálicas de la piscina del tío Gilito, llena de monedas de curso legal, en las historias protagonizadas por su sobrino, el otro Donald, el Pato, rodeado de lujos horteras y lujuriosas concubinas operadas.

Anthony Giddens, el influyente sociólogo británico, Premio Príncipe de Asturias en el 2022 y miembro de la Cámara de los Lores, en un libro admirable por su claridad y rigor de 1971 sobre Marx, Durkheim y Max Weber (Labor, 1977) afirma que este último, el alemán Max Weber, logró demostrar en su obra programática ‘La ética protestante’, que existe «una ‘afinidad electiva’ (Wahlverwandtschaft) entre el calvinismo, o más precisamente, entre tipos de creencia calvinista, y la ética económica de la actividad capitalista moderna». De este modo, el capitalismo moderno y su ‘racionalización de la vida económica’ están íntimamente relacionados, de manera casual, con las valoraciones irracionales (prejuicios ideológicos o falsa conciencia, siguiendo a Marx) del ascetismo protestante generado por la doctrina de la predestinación de los siglos XVI y XVII. Solo un número reducido de escogidos podrán obtener la gracia eterna y las ‘buenas obras’ podrían ser el ‘signo’ de elección, la forma de detectar la condición de elegido. Para el calvinismo, exigente con la vida coherente y la disciplina continua, la máxima valoración ética la recibe el éxito en el trabajo en el mundo material, el éxito en los negocios, en definitiva (las ganancias se adquieren a través del cumplimiento ascético del deber profesional). De este modo, se produce la racionalización de la conducta sobre la base de la vida profesional. En consecuencia, el éxito en los negocios augura nuestra capacidad para vencer a la muerte, o lo que es lo mismo, el pedigrí de la vida eterna. Hay que reconocer que ardides como éste son claras manifestaciones de la genialidad humana, a costa de las ingentes dimensiones de la estulticia.

Trump ya tiene en sus manos, por ejemplo, el título honorífico de Nobel de la Paz tan ansiado por Hitler gracias a su incursión-invasión en Venezuela y el vasallaje ridículo de la oposición venezolana, reconocido por la puerta de atrás, como si hubiera comprado indulgencias y limpiado, con ello, sus múltiples fechorías. Me viene a la cabeza, a este respecto, el miserable ardid de un familiar de mi suegro –una rara avis de ciudadano ejemplar, como pude comentar en un artículo anterior- a quien arruinó con sus peores artes (algo que me contó mi propio suegro en su heroica agonía en una habitación para enfermos terminales) para hacer rica a su extensa familia, encargando a sus hijos que pagaran un número apreciable de misas, con el fin de garantizar su acceso a los cielos tras agotar en la comarca los productos homeopáticos y los pezones menos exigentes, ya que no contaría tras la muerte con el apoyo de la Guardia Civil, de jueces y políticos corruptos con los que solía ir de caza. No es de extrañar que se llevara con él a la tumba, entre Pinto y Valdemoro, el mote de ‘Al Pacone’ y, esperemos, su aptitud para la maldad y el ejercicio del resentimiento. Su dinero, ganado con embustes, todavía sigue siendo de este mundo y este cacique rural será muy recordado, sin duda (y no solo en el club de alterne El conejo de la suerte, donde eran muy conocidos sus incisivos amarillentos y sus talonarios de cheques –talonario que también intentó utilizar con mi mujer, por si colaba, en un ejercicio de cinismo a lo Bogart, abusando de su vulnerabilidad circunstancial). Los humanos tenemos la tentación de tener muy presentes a los destructores del humanismo solidario y a los egoístas vocacionales. También acariciamos la tentación de la inocencia que nos llevan al victimismo y el infantilismo.

Me imagino a Trump nadando entre monedas con su nuevo fetiche honorífico a modo de ‘gorrocóptero’, donado por sus vasallos venezolanos, como si de ‘La venganza de Don Mendo’ se tratase, en espera de obtener algunas prebendas y migajas económicas o las prerrogativas psicológicas del poder político. Este ‘Estratego’ contemporáneo es un juego de niños que se ha desempolvado, a modo de estriptis, delante de las muñecas de Famosa, e indica la dirección de la mirada de los dioses que ya no parecen pintar nada en este contexto. Pero es un juego infantil en el que mueren, entre otros, niños (niños palestinos, ucranianos o los que no llegaron a nacer en Groenlandia, por ejemplo). Mal asunto.

Hace tiempo les hablé de ‘Las Leyes fundamentales de la estupidez humana’ (1988), uno de mis libros de cabecera, un asesor infalible y bastante barato, obra del historiador italiano Carlo M. Cipolla (1922-2000), catedrático de Historia Económica en las universidades de Padua y Berkeley. Para Cipolla, la abrumadora abundancia de estúpidos es la mayor de las amenazas para nuestro bienestar y el principal motor que puede convertirnos, sin conjuro alguno, en víctimas. Escrito como una parodia de los análisis sociológicos al uso, se prodiga en lucidez y sigue dando en la diana en cualquier conceptualización, al menos ligera, de los tiempos presentes. Hagan la prueba. En lo que sigue, les invito a jugar al etiquetado, como si fueran psiquiatras o psicólogos clínicos.

Trump (o el dictador que les apetezca), ¿es inteligente o estúpido en estado puro? ¿Es un incauto inteligente o un motivado con rasgos de estupidez? ¿Es un incauto con rasgos de estupidez o un malvado inteligente? Recuerden que también podríamos echar mano de la categoría de los locos, aunque estos se librarían de la responsabilidad moral que nos gusta tanto a los filósofos.

Según Cipolla, tantos los incautos con inteligencia superior a la media, así como los malvados inteligentes (como Al Pacone, tal vez) y los inteligentes puros, contribuyen al bienestar de la sociedad. Aunque Trump no sea un espécimen de inteligencia pura (sus gorras o bailes dan fe de ello) podría ser un malvado inteligente que juega a ser incauto, para disimular su veneración al único de sus dioses: el negocio, el imperio del dinero que, de paso, le regala poder y enmascara su condición nietzscheana de resentido de manual. Es malvado, porque la violencia institucional que sanciona con sus actos se torna fácilmente en brutalidad, como nos recuerda Jean Genet en un viejo artículo de ‘El Viejo Topo’ (1976) sobre los últimos momentos de la Fracción del Ejército Rojo alemán. Sus propósitos son impecables: procurar el bienestar de sus conciudadanos, aunque ello les lleve a la ruina. Es un benefactor de la humanidad. Sin duda, se merece la medalla que le ha donado Mª Corina Machado, aunque sea por tonto.

El coro que aplaude –y a veces, vota- a los autócratas está plagado de estúpidos. Ni siquiera podrán acceder a la vida eterna, porque sus negocios son un fiasco, como suscribirían los antiguos calvinistas. Aunque es un hecho que los humanos no solemos actuar guiados por la coherencia, no es éste el caso de los estúpidos, sobre todo, si se amparan en la masa. Recuerden también que tendemos a subestimar el número de individuos estúpidos que pululan por el planeta y que la probabilidad de que una persona sea estúpida, dada la desigualdad natural de los humanos, es independiente de otras características loables de dicho sujeto y de las diferencias de género. Por otra parte, los estúpidos, como esas masas anónimas enfervorizadas con derecho a voto en las sociedades democráticas, influyen sobre los demás, es decir, tienen ‘capacidad de hacer daño’, especialmente si pertenecen a la élite de su grupo y tiene alguna posición de poder (burócratas, políticos, jefes de Estado). Curiosamente, las elecciones generales son un valioso instrumento para mantener un número estable de estúpidos en las esferas de decisión y, de paso, gozar de ocasiones privilegiadas para ‘perjudicar a los demás’, sin obtener beneficios reales, como sucede en la película ‘La cena de los idiotas’ (1998).

Por el contrario, Trump sí logra dichos beneficios, luego no es un estúpido, persigue su interés pecuniario y anula las tentaciones del conocimiento, metiendo sus zarpas hasta en la enseñanza universitaria de prestigio con la mentalidad del inquisidor. Además, ante el estúpido y su ‘racionalidad perversa’, en terminología de Cipolla, no cabe una defensa fácil, pues los ataques de aquel nos pillarán por sorpresa y aunque se pudiera prevenir el ataque, sabemos que carece de estructura racional, como sucede también en el fenómeno del terrorismo.

Por eso, estoy muy contento de que los autócratas no sean abiertamente estúpidos (no así las masas), sino ‘incautos malvados’ o ‘malvados a secas’. Sus actos obedecen a una lógica, a un modelo de racionalidad algo trasnochada y brutal. Por ello, se puede organizar la resistencia, la emboscadura –como le gustaba decir a Ernst Jünger y, llegado el caso, una defensa noviolenta ante su fétida invasión. Voy a releer ‘El Arte de la Guerra’ de Sun Tzu, antes de que se me cierren los párpados. Otro día les cuento el resultado de mi investigación.

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