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Opinión | El ruido y la furia

Esa soledad

La soledad ante la muerte, un sentimiento profundo, se manifiesta en la pérdida y el vacío que deja la ausencia, afectando a quienes aún viven y enfrentan el duelo

Entierro en Bujalance a una de las víctimas del accidente ferroviario en Adamuz.

Entierro en Bujalance a una de las víctimas del accidente ferroviario en Adamuz. / Víctor Castro Fernández

«Qué solos se quedan los muertos», nos dejó dicho Bécquer en una de sus rimas. Acaso no se dio cuenta de que quienes nos quedamos terriblemente solos somos quienes seguimos vivos. Que la soledad ante la muerte es un frío interior que no se palia con ningún abrigo, con ningún fuego, que es una sensación de vacío que te colma la boca de un sabor amarillo y abrupto y entonces te dan igual el porvenir, las tarifas, los tonos tenues de la tarde. La soledad ante la muerte es una soledad de orfanato, una de esas soledades que no amainan. Porque están, sí, el taller, la tienda, la oficina, las luces fluorescentes, el café de la rutina y los días insistidos, pero la soledad es eso, eso, y precisamente por eso, de repente el día se te puebla de vacío y entonces todo te parece bien a condición de que no cuenten contigo, de que te dejen ahí, al sol, con la paz que da mirar a un árbol. La soledad ante la muerte es la forma más pesada de soledad, un animal sonámbulo que no cabe en ningún sepulcro, que es imposible de enterrar. La soledad ante la muerte es una soledad honda, desvelada, que va tropezando contigo y que no escampa, porque de pronto hay palabras que solo con decirlas convocan esa oscura y ancha soledad que es igual a la del mar. La soledad ante la muerte es una tarde blanca, un vencejo de ceniza que se levanta de un sueño. A una cierta edad, todos hemos tenido esa sensación en que el tiempo pesa como un planeta y se te para el reloj como por descuido y estás solo, ausente de ti mismo y sabes, de pronto sabes, que la muerte se está probando la luz que hay ante tu puerta y que te aguarda.

En estos días de tanta muerte, de olivares sembrados de hierro y dolor, en estos días de muerte en los hospitales y entre las manos, en estos días en que yo también soy huérfano y me duele respirar y todo tiene color de tiempo consumido, he comprendido que sí, que es verdad, que los muertos se quedan muy solos pero que también nos quedamos muy solos nosotros ante la muerte y no sabemos qué hacer con esa soledad, cómo caminar con ella, cómo llevarla, malditamente grave, cosida a nuestra sombra. En estos días en que todo ha sido dolor he sabido que la soledad llega ahora, cuando empieza el silencio, y que trae con ella la tristeza, que según el poeta Vicente Gallego es «un dócil animal de compañía,/ que hace tiempo ha adoptado/ esta fea costumbre de morder a su amo».

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