Opinión | El adarve
El dios dinero no tiene ateos
La guerra de aranceles pone encima del tapete lo que verdaderamente importa. ¿Cómo se puede ganar más dinero, aunque sea perjudicando al resto del mundo?

Donald Trump esta semana en Davos. / Europa Press
Cuando Donald Trump bombardea lugares estratégicos de Venezuela, mata a decenas de personas, secuestra a su presidente y nombra a Delcy Rodríguez presidenta encargada, no lo hace guiado por principios morales sino por intereses económicos. Lo que le importa es el petróleo del país y los minerales que necesita para que funcionen sus industrias. Y así lo manifiesta descaradamente: él tiene que controlar directamente la producción y la comercialización del petróleo. La democracia de Venezuela, el bienestar de sus habitantes, el respeto a las leyes internacionales y nacionales le traen al pairo. Es más, se burla de las gentes del país diciendo que son personas muy feas.
Ahora quiere anexionarse Groenlandia (por las buenas o por las malas). La isla helada es parte de la Unión Europea porque Dinamarca es uno de sus 27 miembros y está integrada en la OTAN. No le importa extorsionar a uno de sus aliados. Y la razón es muy sencilla: le interesa para sus negocios, para sus industrias, para el control de la navegación comercial. «Necesitamos que Groenlandia sea nuestra», dice como si esa necesidad fuese un argumento válido para ocuparla con dólares o por las armas.
Respecto al conflicto de Gaza es conocido su plan. Montar un resort de lujo sobre las ruinas y los cadáveres de las víctimas del genocidio más execrable de la historia. Resulta obsceno pensar que donde ha existido tanto dolor, tantas lágrimas, tantas heridas, tanta destrucción, tanta muerte, se pueda pensar en hacer un negocio de proporciones tan gigantescas.
La guerra de aranceles pone encima del tapete lo que verdaderamente importa. ¿Cómo se puede ganar más dinero, aunque sea perjudicando al resto del mundo? América primero quiere decir la bolsa primero.
Cuando visité por primera vez la Torre Trump en la Quinta Avenida de Manhattan en la ciudad de Nueva York pensé cómo había sido posible reunir la cantidad de dinero necesaria para construir ese monstruo en el ombligo del mundo. También descubrí que la Torre era una fuente inagotable de producir dinero. Pensé con asombro, cómo era posible que el dueño fuese una sola persona, y que esa persona estuviese inmersa en innumerables negocios que incrementan sin cesar su patrimonio. ¿Dónde está el límite?
Esta obsesión por el dinero no solo domina al presidente de los EEUU. Domina a muchos políticos que, aprovechando su situación privilegiada para el enriquecimiento, se enriquecen de manera fraudulenta burlando la confianza de quienes les habían colocado en puestos relevantes para que cuidaran de su bienestar y de sus intereses. La avaricia lo pudre todo. Ahí está, en nuestro país, el escándalo que estamos padeciendo de dos secretarios de organización del Partido Socialista, José Luis Ábalos y Santos Cerdán. ¿Cómo es posible que militantes de un partido que pretende distribuir equitativamente la riqueza se dediquen a cobrar mordidas y a enriquecerse fraudulentamente?
Y ahí está el caso del señor Rato y del exministro de Hacienda, señor Montoro y del ciudadano particular con el que está emparejada la señora Ayuso. Y ahí está la Gürtel nacional y los ERES andaluces. Y tantos otros ladrones. Cuando esos ladrones son descubiertos, juzgados y condenados, van a la cárcel. Pierden la libertad, pero no devuelven el dinero robado. Ya lo disfrutarán cuando acabe la condena. Creo que la justicia debería exigir para la completa liberación la devolución de todo lo robado.
Quienes más ganan, más quieren seguir ganando, así que las diferencias entre pobres y ricos siguen aumentando vertiginosamente. Los ricos son cada vez más ricos y los pobres son cada vez más pobres.
Acabo de leer una novela de Sabina Berman titulada ‘Los billonarios desaparecen’. Sabina Berman es una destacada escritora, dramaturga, guionista y periodista mexicana, reconocida por su profunda exploración de la identidad femenina, la política y la sociedad. ¿De qué va su novela? En un mundo donde las diferencias entre ricos y pobres son cada vez más abismales y los cambios tecnológicos y ecológicos tienen efectos expansivos, encontrar soluciones a la crisis humanitaria se convierte en algo urgente. Sabina Berman piensa que quizás el lugar más indicado para hacerlo sea la Cumbre de Líderes Globales que se realiza en Davos, Suiza. Con el lema «La desigualdad es nuestro desafío», durante tres días y bajo la batuta de Christine Jambes, presidenta del Banco Mundial, se reunirá el 1% de los hombres y mujeres que acumulan las mayores fortunas del planeta. Entre ellos está el profesor Wermer, uno de los matemático más sobresalientes, Premio Nobel y autor de un teorema que lleva su nombre. Wermer tiene un firme y oscuro propósito: unirse a las protestas de los disconformes con el modelo neoliberal que se manifiestan en la Cumbre y acabar de una vez por todas con ese pequeño porcentaje que enferma a la sociedad. No haré espóiler para que el lector o lectora no me reprochen la ruptura de su curiosidad.
Siempre me ha llamado la atención esa irrefrenable e inusitada ambición de quienes tienen cantidades de dinero exorbitante que no podría gastar la familia ni muchas generaciones de herederos. ¿Para qué se necesita más dinero del que puede permitir comprarlo y tenerlo todo? ¿Por qué es ilimitada la ambición?
La codicia se desarrolla a gran escala y a pequeña escala. Porque, cuando desde las alturas se ofrecen ejemplos tan lamentables de codicia, parece desprenderse un lema: que cada cual robe en el lugar que se encuentre y en la medida que pueda. El que no lo haga es un imbécil. El que no aproveche la ocasión es un ingenuo.
El dinero no solo corrompe la política, corrompe también los negocios. Los robos pueden empezar por cantidades pequeñas. Me gusta contar la historia de un joven que, en una localidad rural, quiere comprar un burro. Se entera de que un campesino tiene en venta su burro. Y acude a su casa para comunicarle su deseo de comprarlo. Después de la negociación llegan a un acuerdo. Es ya de noche, así que el campesino le dice:
-El trato está cerrado. Ahora ya es de noche. Ven por la mañana y te daré al animal limpio y bien preparado.
- ¿Hace falta que firmemos un documento?, dice el joven.
- No hace falta. Mi palabra vale más que todos los papeles y todas las firmas, contesta con aplomo el vendedor.
El joven, a primera hora del día siguiente, se presenta en la casa del campesino y, después de los pertinentes saludos, dice:
- Vengo a pagar y a llevarme el burro.
- Tengo que comunicarte una mala noticia. Cuando he ido esta mañana a prepararlo para entregártelo, lamentablemente, el burro estaba muerto.
- No importa. Me lo voy a llevar igual. Voy a hacer con él un negocio y claro, como está muerto, no me cobrará usted nada.
El joven se lleva el burro muerto en su furgoneta. Pasados algunos meses el campesino se encuentra con el joven y le pregunta:
- ¿Hiciste el negocio con el burro? ¿Cómo te fue?
- Muy bien, le dice el joven.
- ¿Y qué negocio era ese si el burro estaba muerto?
- Una rifa. Vendí mil papeletas a diez euros cada una.
- Y gané 9990 euros sin ningún esfuerzo.
- ¿Y no protestó nadie?, preguntó el campesino.
- Sí, protestó el afortunado al que tocó la papeleta y a ese le devolví los diez euros.
Este joven podrá llegar a ser presidente de importantes sociedades financieras. Tiene interesantes cualidades para alcanzar el éxito.
He vivido en muy poco tiempo seis experiencias de cargos fraudulentos en una cuenta de mi Banco a través de la tarjeta. Desde Países Bajos, desde Irlanda, desde España… Sesenta cargos, veinticinco, cuarenta… La extorsión es grave. No solo porque te han robado sino porque la solución tiene un proceso largo y enojoso: relación de los cargos firmada por el Banco, denuncia en la policía, envío de los documentos… Cuando fui a presentar una de ellas me dijeron en la comisaría que de cada diez denuncias que reciben ocho son de este tipo.
El dios dinero lo controla todo. En muchas ocasiones, la elección de carrera y de profesión depende, fundamentalmente, del dinero que se puede conseguir ejerciéndola. ¿No sería mejor pensar dónde se puede ser más feliz, qué es lo que más gusta hacer y dónde se puede ayuda a los demás?
Algunas veces, el dinero corrompe hasta el amor. Existe el amor «a primera visa». Un joven se dirige al padre multimillonario de tres hijas y le confiesa el amor apasionado que siente por una de ellas. El padre quiere saber de cuál de sus hijas se ha enamorado. Y le pregunta:
- ¿De cuál de las tres?
El joven, sin vacilar un momento, contesta:
- De la que sea.
Hay otros dioses a los que venerar con devoción: la felicidad, la justicia, la paz, la solidaridad, la libertad, la empatía, la igualdad, la compasión… Si al morir te sobra dinero y tienes el corazón empobrecido es que has hecho mal las cuentas.
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