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Opinión | Mirando al abismo

Aún no está todo perdido

Uno de los vagones del Iryo accidentado en Adamuz es transportado por una grúa, a 23 de enero de 2026, en Audaz, Córdoba, Andalucía (España). Los trabajos en la zona del accidente ferroviario en Adamuz (Córdoba) continúan hoy centrados en la retirada de los restos de ambos trenes y la limpieza de las vías, todo ello después de que hayan finalizado las labores de emergencia tras localizarse en la tarde de este pasado jueves a las dos últimas víctimas desaparecidas, que han elevado a 45 el número de personas fallecidas en este siniestro. 23 ENERO 2026;PIXELADA Europa Press 23/01/2026. Europa Press;category_code_new;

Uno de los vagones del Iryo accidentado en Adamuz es transportado por una grúa, a 23 de enero de 2026, en Audaz, Córdoba, Andalucía (España). Los trabajos en la zona del accidente ferroviario en Adamuz (Córdoba) continúan hoy centrados en la retirada de los restos de ambos trenes y la limpieza de las vías, todo ello después de que hayan finalizado las labores de emergencia tras localizarse en la tarde de este pasado jueves a las dos últimas víctimas desaparecidas, que han elevado a 45 el número de personas fallecidas en este siniestro. 23 ENERO 2026;PIXELADA Europa Press 23/01/2026. Europa Press;category_code_new;

La tragedia del descarrilamiento de Adamuz ha sido, ante todo, una prueba brutal de hasta dónde puede llegar lo mejor y lo peor del ser humano cuando todo salta por los aires en cuestión de segundos. Mientras los equipos de emergencia y los vecinos peleaban contra la noche, el caos y el miedo para sacar heridos, las redes seguían funcionando como si nada, ofreciendo su escenario a cualquiera dispuesto a decir la frase más llamativa, aunque fuera a costa del dolor de los demás.

En ese contraste, casi obsceno, se entiende buena parte de lo que nos pasa como sociedad. En Adamuz, entre los primeros en llegar no estuvo un experto en emergencias, ni un famoso, ni alguien con un plan perfecto, sino un chico de 16 años que hizo lo que pudo y un poco más. Julio, vecino de la zona, recorrió una y otra vez los 800 metros que separaban el tren del punto de atención improvisado, ayudando a sacar heridos y acompañándolos, sin pararse a pensar en el cansancio ni en el peligro. No tenía focos, ni micrófonos, ni patrocinadores; tenía algo mucho más simple: la intuición moral de que, si hay gente sufriendo a pocos metros, uno no se queda quieto mirando.

A la misma hora, en otra parte del país, alguien abría la cámara del móvil para decir que, de haber estado allí, habría hecho un directo, o se lamentaba por la «mala suerte» de no encontrarse en medio del desastre para explotarlo en un vídeo. Esa frase, que hace unos años habría quedado confinada al bar del pueblo y al comentario del «tonto oficial» de la zona, se convierte ahora en contenido, en algoritmo, en tendencia potencial. No es solo una anécdota desagradable: es el síntoma de una economía de la atención que premia la provocación antes que la decencia, y que convierte el sufrimiento ajeno en decorado para la marca personal de cualquiera. Sin embargo, incluso en medio de esa feria de vanidades digitales, la respuesta de muchas personas demuestra que la lógica del espectáculo no lo ha colonizado todo. Los vecinos que acudieron con lo que tenían a mano, un quad, un coche, una linterna, los sanitarios que alargaron turnos imposibles, los bomberos que se jugaron el tipo entre restos inestables, todos ellos dibujan un mapa de humanidad silenciosa que no necesita un «seguir» ni un «me gusta» para justificarse. Son la prueba de que, cuando algo terrible sucede, la reacción espontánea de la mayoría no es grabar, sino ayudar. El problema no es que existan personas capaces de decir barbaridades ante una tragedia; gente así ha habido siempre.

El problema es el altavoz: plataformas que amplifican al más histriónico, al más cruel o al más frívolo, porque eso retiene la mirada un segundo más. Cuando a ese tipo de discursos se les otorga el mismo protagonismo, o más, que a quien se deja la piel auxiliando a desconocidos, se descolocan las referencias morales: parece que vale más quien mejor se vende que quien mejor se comporta. Por eso resulta tan importante decidir a quién damos voz y a quién convertimos en modelo, aunque sea solo por la atención que le regalamos con cada clic. No se trata de censurar, sino de ejercer un criterio mínimo: no alimentar con audiencia a quien se lucra del dolor ajeno, y sí dar espacio a quienes muestran que la empatía y la responsabilidad todavía cuentan. Frente al cinismo cómodo del «todo el mundo es igual», el gesto de un adolescente que entra una y otra vez en la oscuridad para sacar heridos desmiente ese relativismo y nos recuerda que no, no da lo mismo una reacción que otra. Quizá por eso surge la nostalgia de aquella época, seguramente idealizada, en la que, como se suele decir, «había un tonto por pueblo y todos lo conocíamos». Hoy no es que haya más tontos, es que disponen de un escenario global y de una tecnología que amplifica sus palabras mucho más allá de lo que merecen. Tal vez el reto esté en recuperar, en pleno siglo XXI, algo de la sabiduría práctica de aquellos pueblos: saber distinguir muy bien a quién se escucha, a quién se respeta y a quién, sencillamente, se deja de hacer caso. Pero hemos cercenado el espíritu crítico de la gente joven y ahora cualquier tonto opina y aunque Protágoras dijera que todas las opiniones son válidas, matizó, que esto solo ocurre para quién las esgrime. No toda opinión debería ser replicada.

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