Opinión | En corto
Desarrollismo sempiterno
Desde aquel «milagro español» de la etapa desarrollista del franquismo, España asombra a cada tanto al mundo por su dinamismo y creatividad. Recordemos el milagroso 1992 del felipismo. Incluso ahora, pese al conflicto político enquistado, asombra a su entorno con sus altas tasas de crecimiento. Sin embargo, como si fuera una marca de nacimiento, sigue siendo desarrollismo, cuyo triple signo es la falta de planificación, la falta de sostenibilidad y la falta de mantenimiento. Grandes obras o servicios que no se planean como partes de un conjunto equilibrado (midiendo costes de oportunidad con las alternativas), que con frecuencia desbordan la capacidad para sostenerlas y cuyo mantenimiento suele ser precario. No digo que esto tenga que ver en concreto con el trágico siniestro de Adamuz, pero todo el sistema AVE es puro desarrollismo; aunque ahora cuente más dar con el chivo expiatorio.
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