Opinión | La vida moderna merma
El valor de la gente buena
Lo ocurrido con el tren, por doloroso que sea, ha vuelto a recordarnos una verdad que los andaluces conocen muy bien: el trabajo serio no necesita trompetas

Vecinos de Adamuz transportando un colchón y tras la enésima demostración de solidaridad ante una tragedia. / Jorge Zapata (EFE)
Hay épocas históricas en las que el mundo pierde el sentido de la escala. Vivimos enfundados en un ecosistema de debates pueriles, trifulcas de tertulia, hashtags y banderas instantáneas. Todo parece importante hasta que algo verdaderamente importante sucede. Y entonces el castillo de espuma que hemos levantado entre todos se derrumba con la facilidad con la que se sopla una vela.
La tragedia ferroviaria acontecida en Andalucía hace unos días nos devolvió, sin pedir permiso, a esa verdad elemental que evitamos a toda costa: para morirse solo hace falta estar vivo. Y aunque la frase suene pesimista o trillada, en realidad es lo contrario. Es una sacudida. Un recordatorio de que la vida no está garantizada. Que cada rutina es un privilegio y que lo cotidiano tiene fecha de caducidad. Nos resistimos a aceptarlo porque el sistema -ese entramado amable, anestesiante y paternalista- nos tiene mansos y edulcorados, convencidos de que lo normal es lo seguro, lo permanente y lo previsible. Y no lo es. Para nada.
Cuando un tren descarrila, cuando el estruendo rompe la planificación milimétrica del día, aflora lo que verdaderamente importa. Y lo que importa no son ni las broncas parlamentarias, ni las campañas publicitarias con influencers, ni las batallas culturales de salón, ni el folclore vacío que tanto entretiene a cierta política madrileña empeñada en convertir la nación en un escenario de chirigota.
No. Lo que importa es otra cosa. Son tus amigos, tu familia, tus hijos, tus padres, el abrazo del que te pregunta cómo estás, la mano que te sostiene, el whatsapp por gusto y la vida compartida. Y sobre todo, la gente buena. Quédate con eso.
La gente buena es en realidad el cemento silencioso del país y especialmente de Andalucía. Y suele pasar desapercibida porque no hace ruido, no exige, no se graba vídeos, no busca construir un relato sobre sí misma. En este accidente lo comprobamos de inmediato. Vecinos de la zona corriendo campo a través con linternas, mantas y botellas de agua, improvisando vendajes, calmando a heridos y consolando a personas desconocidas en mitad del lamento más profundo.
Sin preguntarse si era su competencia, si estaba en su jurisdicción o si tenían la titulación adecuada. Sencillamente fueron. Como ha sido siempre. Así es el pueblo andaluz: trabajador, comprometido y, además, extremadamente decente. Y decente viene del verbo deber, no del verbo parecer. Se debe a un sentido moral profundo, no a un código estético.
Luego está la otra gente buena. La que trabaja al servicio de los demás desde instituciones que no siempre se reconocen. Desde el celador, que quizá sea la figura más subestimada del sistema sanitario, hasta los equipos de rescate, los médicos, enfermeras, bomberos, Guardia Civil, Protección Civil, psicólogos y operadores de emergencia que enlazan con aparente normalidad procesos que solo funcionan porque detrás hay disciplina, vocación y oficio.
En una sociedad aferrada al espectáculo, cuesta entender que un país se sostiene sobre esta capa humana silenciosa.
Y sí, también existe la gente buena en política, aunque la frase suene hoy casi provocadora. El papel que ha desempeñado el presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, en esta tragedia es un recordatorio de que la política, cuando se ejerce desde la responsabilidad y no desde la histeria, puede dignificar.
Moreno ha hecho lo que corresponde. Pero lo ha hecho como corresponde. Sin alharacas. Sin convertir la tragedia en una oportunidad de performance o precampaña. Sin colarse en fotos -que ya hay que tener ganas de figurar en mitad de una tragedia donde aún hay sangre sin cuajar-. Sin gritar, sin insultar, sin polarizar y sin mezclarlo con lo que no tocaba. No ha entrado jamás al trapo y eso, hoy, es casi revolucionario.
Que incluso los partidos de la oposición hayan reconocido su actuación -y en algunos casos hasta la hayan puesto como referencia- es un indicador de que algo relevante ha ocurrido. La política española lleva años atrapada entre el radicalismo de eslogan, el esperpento performativo y la desconexión con la vida real al poner al frente a gente muy baja.
Moreno, en cambio, representa otra cosa. Sentido de región, normalidad, responsabilidad y templanza. No promete refundaciones históricas, ni revoluciones culturales ni guerras eternas contra enemigos conceptuales. Hace política desde lo concreto, lo administrativo y lo humano. Y eso, paradójicamente, lo convierte hoy en un fenómeno.
Decir que sería un buen presidente del Gobierno de España no es una declaración partidista, sino una constatación cultural. Haría bien al país y su sociedad que alguien normal ocupara La Moncloa. No un iluminado. Ni un showman. Ni un gurú del marketing. Ni un actor de plató. Sino alguien que entienda que el poder debe ejecutarse y no celebrarse. Que la autoridad se ejerce sin necesidad de exhibirse. Que el país no necesita más épica sino más administración; menos épica y más decencia.
Lo ocurrido con el tren, por doloroso que sea, ha vuelto a recordarnos una verdad que los andaluces conocen muy bien: el trabajo serio no necesita trompetas. Esta tierra siempre ha sido más comprometida que estridente. Más disciplinada que rumbera. Más responsable que folclórica. Que se lo digan a su campo, a sus hospitales, a sus empresas, a sus cofradías, a su tejido social o a sus vecinos.
Trabaja con decencia y casi en silencio. Tal y como opera la gente lista.
Y quizá la enseñanza más profunda de esta tragedia sea precisamente esa: que en un mundo saturado de ruido, solo lo esencial permanece. Ni la polarización, ni el narcisismo de la política-espectáculo, ni la cultura de la ofensa ni el infantilismo contemporáneo sirven de nada frente a la fragilidad de la vida. Cuando la realidad golpea, los discursos se desvanecen y queda a la vista el armazón de la sociedad. Y ahí se ve quién sostiene el país y quién solo se fotografía con él.
Viva Málaga.
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