Opinión | Desde la butaca
Una cuestión de autocrítica
Míratelo tú. Métete la mano en el pecho. No busques las culpas fuera. No es la Fundación. No es la prensa. No son los tuitercarnavaleros
La noche fue dura. De esas en las que las miradas en el patio de butacas desconciertan y llega ese instante en el que el silencio se convierte en rey, pero los ojos lo dicen absolutamente todo. No hace falta una palabra. Estas noches de frío suelen darse en las preliminares y, aunque llevamos muchos años siguiendo sesión tras sesión del concurso, uno no termina de acostumbrarse. La sensación de pena y desamparo te invade como si fuera la primera vez que ocurre.
Y con tantas preliminares a las espaldas ya deberíamos estar hechos de cartón piedra, pero no. No pasa. Porque al final somos amantes de la fiesta, carne de perro de las coplas, y aunque sepamos que todos los años llegan estas sesiones, siguen doliendo. Y duelen de verdad. Es una mezcla de sentimientos.
Por un lado, el «pobres, esto tiene su trabajo, sus ensayos, su mérito». Y por otro, una idea que cuesta asumir pero que también está ahí: la necesidad de autocrítica y de ser conscientes de que para presentar una obra a concurso hay que llevar, al menos, un mínimo de calidad. Que sí, que montar una agrupación tiene muchísimo trabajo. Y que está muy bien crearla, disfrutarla, compartirla, porque al final ese es el sino del carnaval: la diversión. Pero hay un pero. Y ese pero genera no pocas controversias.
Por una parte está el esfuerzo y la ilusión de crear una agrupación de carnaval. Y por otra, una realidad que muchos comentan, a veces en voz baja y otras no tanto: "Hay que tener un mínimo de calidad y un respeto por el público que paga una entrada y merece, como poco, disfrutar de algo medianamente escuchable”. El punto fundamental de todo esto no es otro que la autocrítica. Entender que no se trata de hacer daño ni de "derrotear", como dirían en términos tuiteros. Se trata de analizar los fallos, aprender de los errores y, a partir de ahí, mejorar. ¿Verdad, Víctor?
Porque la gente, en el fondo, lo único que quiere es que le guste tu grupo. No busca herir, ni destrozar, ni desilusionarte, ni aburrirte. El carnavalero quiere emocionarse al verte sobre el escenario con un proyecto digno, trabajado y honesto.
Primero tú. Míratelo tú. Métete la mano en el pecho. No busques las culpas fuera. No es la Fundación. No es la prensa. No son los tuitercarnavaleros. No es la afición. No es ese otro grupo que «te tiene envidia». No. De verdad. Toca mirarse a uno mismo. Escucha tu pase, y valora, con honestidad, si has presentado a Málaga un producto de calidad.
El crecimiento no siempre viene del aplauso. A veces llega cuando se apagan las luces, cuando el eco se enfría y queda solo la verdad de escenario. Entender eso también forma parte de hacer carnaval. Porque así, no solo ganarás tú. Ganaremos todos.
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