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Opinión | tribuna

Juan Cardona Torre

La vida y la muerte

El hombre ha nacido para morir, dijo Heidegger; pero, en unas circunstancias muy distintas unos de otros

La vida y la muerte

La vida y la muerte

¿Hay algo más natural que la muerte? Tan solo se puede comparar con la vida, pues no hay muerte sin vida previa. Todo ser vivo, en este mundo, tiene un final, un punto final en su existencia, y aunque se diga que algunos animales, como los primates, dan muestras de sentimiento de dolor ante la muerte de sus congéneres más cercanos, ciertamente el ser humano, como ser racional, es el único que se pregunta por las razones de la muerte y la cuestión de si hay otra vida después de la vida terrenal, o si todo se acaba con la muerte. Lo que más me inquieta y me asombra, más allá de las razones filosóficas, científicas o religiosas que sobre ese tema pueda formularse el ser humano, es el poco aprecio y la insignificante estima que se otorga a la vida por el propio ser humano en su totalidad universal, cuyo concepto de «humanidad» se nos presenta siempre como el ser más perfecto que existe en este mundo, incluso con aspectos y valores cuasidivinos y de un orden que transciende la materialidad de este mundo con sus sentimientos morales y potestades racionales.

Obsérvese, sobre lo dicho, cómo se comporta el ser humano ante su prójimo, no solo en el aspecto intersubjetivo individual, sino en el ámbito de la colectividad. Algunos mandatarios ostentan su poder absoluto, como si dispusieran del mundo de forma total y exclusiva bajo su mandato político, económico y social, enseñando incluso su poder armamentístico para conseguir la dominación total, más allá incluso de las fronteras de sus Estados, apostando por ver quien tiene más capacidad de dominio sobre sus contrincantes. Se gasta cada día más dinero de los presupuestos públicos en armamento que no en materias sociales para una mejor calidad de vida. Los políticos que rigen las grandes potencias no se fían unos de otros y ponen en riesgo la paz mundial. Se arman hasta los dientes con dispositivos bélicos, cada día más mortíferos, hasta poner en peligro incluso la existencia de la toda la humanidad con las armas nucleares. Hobbes lo calificó como la guerra de unos contra otros, al poner como principio que define la naturaleza humana el de que «¡el hombre es un lobo para el hombre!», pues todos sienten el deseo de dominar al otro.

Ante tal situación crítica, ni los organismos internacionales, que se han creado para procurar la paz social, pueden frenar siquiera las ínfulas y ansias de poder de los dirigentes de los países más poderosos de este mundo, aplicando la ley del más fuerte para conseguir su fin imponiendo un nuevo orden mundial, aunque sea con medidas intimidatorias y abusivas frente a los Estados más pequeños y débiles.

Es cierto que, al final, todos llegan a su último destino cayendo ante la guadaña de la muerte, pues en este punto todos los humanos no tienen escapatoria. Pero, mientras la vida de unos está llena de dolor, angustias y sacrificios, otros esperan la muerte de una forma más confortable y con mejores medios para alegrar su existencia. El hombre ha nacido para morir, dijo Heidegger; pero, en unas circunstancias muy distintas unos de otros. Unos sufren más que otros en esta vida hasta llegar a la muerte. No tenía razón Leibniz cuando dijo que este mundo es el mejor de todos los posibles. Véanse, si no, las diferencias entre los que sufren no solo las consecuencias de los infortunios y los desastres de la naturaleza (terremotos, inundaciones, incendios, etc.), sino los que pierden la vida a causa de las hambrunas, guerras, atentados y demás brutalidades consecuencia de las acciones del propio ser humano, que enseña su lado oscuro y deleznable en su comportamiento irracional. Las circunstancias malignas del hombre nos delatan y ponen en entredicho su supuesta bondad y racionalidad.

¿Cuándo será posible conseguir una paz universal, justa y duradera? Acaso es imposible en este mundo y tendrá que esperarse la aplicación de la Justicia en el otro mundo, en la otra vida. Quien sepa dar respuesta a esa cuestión y, mejor, quien pueda ponerla en práctica, aquí y ahora, se merece con todos los honores no sólo el premio Nobel de la paz, sino el reconocimiento de toda la Humanidad. Pero, muy difícil lo veo. Quizás el propio miedo del ser humano, ante la posibilidad de que algún loco apriete el botón que haga estallar el planeta, sea más efectivo que otros razonamientos para poner paz en este mundo si no queremos que la Humanidad desparezca para siempre, como consecuencia de quienes dirigen el mundo apuntando las ojivas nucleares unos contra otros. Quizás sea cierto que, para alcanzar la paz, lo mejor sea poner en práctica el adagio latino: Si vis pacem, para bellum, aunque resulte muy triste tener que reconocerlo; pues siempre había confiado en otras formas más propias de la naturaleza racional del ser humano.

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