Opinión | Desde la butaca
Razón de ser carnavalera
El carnaval es una herramienta para decir cosas. Para denunciar. Para señalar. Para incomodar

Una imagen de la actuación de la murga del Chino / Mauri Conde/Fundación Carnaval de Málaga
No son tiempos buenos para la razón de ser del carnaval. Y no lo digo desde el alarmismo sino desde la preocupación de quien ama esta fiesta y la entiende como algo más que un decorado bonito o un concurso de ocurrencias simpáticas.
Vivimos tiempos en los que determinadas corrientes están cortando de raíz aquello que ha hecho del carnaval una herramienta crítica, política y social. Corrientes que se mueven en la ambigüedad, en la comodidad, en repertorios vacíos de mensaje, donde se evita molestar y se opta por no señalar. Y eso, en carnaval, no es inocente. Las redes sociales, los bulos y los discursos prefabricados han ido configurando un caldo de cultivo que nos devuelve a tiempos que creíamos superados. Tiempos antiguos, oscuros, de los que nuestros abuelos nos hablaban como advertencia, no como herencia. Pensábamos que la lección estaba aprendida. Pero no. Hay halos de esas corrientes reaccionarias que resurgen con fuerza entre jóvenes y no tan jóvenes. Y el carnaval, como fiel reflejo de lo que ocurre en la calle —según mi parecer, todo sea dicho—, también está siendo arrastrado por esa deriva.
Y no, esto no es nuevo. Esto lleva años pasando. Se ha ido instalando la costumbre de usar el carnaval para cantar a repertorios vacíos, para recrearse en lo bonito de una puesta de sol en la Malagueta. Ojo, que nadie está diciendo que no se haga. Claro que sí. Pero la crítica no puede estar ausente. No puede quedar relegada a un segundo plano por miedo a incomodar. No podemos limitarnos a dos pasodobles que pasan de puntillas, sin hacer ruido, sin molestar demasiado al político de turno…
Denunciar
Y es que bajo ningún concepto debemos desviarnos de esa idea esencial: el carnaval es una herramienta para decir cosas. Para denunciar. Para señalar. Para incomodar. Y esa crítica tiene que ser en mayúsculas. Porque aquí no hemos venido solo a cantar lo bonitas que son las flores. Aquí hemos venido a contar verdades. El carnaval tiene que ser un altavoz de las injusticias que sufre el pueblo. Y no me valen los argumentos que justifican la ausencia de mensaje diciendo que todo es cuestión de gustos. Porque al final, aunque sea de manera inconsciente, eso también es censura. Es limitar, coartar, domesticar aquello para lo que Dios Momo creó esta fiesta pagana y rebelde.
En estos aires pesados y malolientes, donde incluso los derechos humanos parecen esconderse o disfrazarse —el derecho a una vivienda digna, a una sanidad pública de calidad, a una educación decente—, el carnaval no puede mirar hacia otro lado.
Por eso lo que nos presentó Chino fue un auténtico acierto. Una forma brillante de jugar con la ironía para señalar uno de los grandes problemas de Málaga: la vivienda. Así, sí. Como también lo fue ese camarero del Tintero que escondía detrás del tipo una crítica feroz a la pérdida de la identidad malagueña.
Que no se nos olvide nunca cuál es la razón de ser del carnaval. Porque, como dice la copla: «Somos soldados de febrero, hijos de la libertad y no bufones de palacio».
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