Opinión | De lo que hablamos los jóvenes
El juego como acto de rebeldía
Explorar el juego en contextos como el dibujo o la escritura abre nuevas perspectivas, permitiendo un proceso creativo más vivo y conectado con las necesidades individuales

Entender cómo habitar el juego se nos hace cada vez más difícil. / l.o.
En el juego el cuerpo es laxo. Los niños crean lugares de dulzura y tiempo en los que el juego les permite encontrar cosas. Sus juegos son una retahíla de imágenes concretas entre las que seleccionan las que mejor les funcionan. Con el tiempo crecemos y aparece la urgencia. Se nos forman tensiones. Dejamos el juego en busca de objetivos concretos que requerimos para ser vistos por los demás. Y así, hemos construido un presente en el que todo debe servir para algo, en el que todo hay que publicarlo porque si no nunca ha existido y en el que tener tiempo libre es sinónimo de “descansar un rato”.
Pero se nos ha olvidado lo que era jugar. Creemos que significa echar una partida de cartas de cinco minutos pero, nada más lejos de la realidad, jugar es invertir tiempo en algo que no producirá resultado alguno. Y eso nos asusta. Nos asaltan las dudas y los argumentos para evitarlo, decimos que no tenemos tiempo o que no lo haremos bien. Pero no se trata de eso. El juego habita la calma y la dulzura porque, sin buscar un fin, puede recrearse y encontrar formas nuevas. Son matices. En contextos como el dibujo, la escritura o el estudio, donde el juego tiene un papel necesario para construir nuevas miradas, permite trabajar desde la posibilidad de que el proceso creativo esté vivo y tenga necesidades. Desde ese lugar la vivencia es completamente diferente.
Actualmente, encontrar lugares más calmados, de descanso, más dulces y curiosos es rebeldía. Rebeldía ante una forma de habitar el cuerpo que parece que ni siquiera lo habita, que va demasiado rápido y no se para a entender las dobleces. La vida no pasa más rápido cuando crecemos, lo que sucede es que no podemos permitirnos la calma. Entender cómo habitar el juego se nos hace cada vez más difícil porque el juego y la urgencia son corporalidades entre las que no se salta con facilidad. Si comenzáramos a explorarlo, podríamos ver que aparece incluso en la forma en la que nos relacionamos con los demás o en la que percibimos nuestro propio cuerpo. Una vez que cambiemos la mirada se abrirán puertas a otros escenarios en los que jugar. Y ahí, la presencia se abrirá paso.
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