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Opinión | Necrológica

En la muerte de Guillermo Jiménez Smerdou

Su familia, ayer en Parcemasa, sus hijos sobre todo, destacaban su carácter vitalista, sus ganas de trabajar, su amor al periodismo. Deja artículos en adelanto. En nevera, como se dice en el argot. Deja sobre todo una impronta, una estela de buena persona

Guillermo Jiménez Smerdou.

Guillermo Jiménez Smerdou. / ÁLEX ZEA

Gracias por todo y por tanto, Guillermo. Ha muerto a los 98 años Jiménez Smerdou, periodista total y comprometido, malagueño de honda raigambre. Hombre de bien. Un caballero. Concluye una vida plena y fecunda entregada al cine, a la radio, a la prensa, al periodismo, esa pasión noble a la que él se dio con prontitud, sin dudas, con brillantez y estajanovismo. Guillermo era un talante en sí mismo. Un gentleman sin impostación, saludo cálido, café y periódico en el Club Mediterráneo antes de hacerse unos largos.

«La Opinión me ha alargado la vida. Tengo muchas ganas de escribir», me dijo hace unos días por teléfono en una llamada compartida con Alfonso Vázquez. «Y no te olvides que ahí tenéis aún varios artículos míos», añadió. No fallaba. Era puntual en la entrega. De unos textos nervudos como de joven reportero, plagados de recuerdos y datos, textos que quedarán para la memoria de esta ciudad, esta provincia y este país, que él vio cambiar tanto. Casi se va de este mundo el día de San Francisco de Sales, el patrón de los periodistas, que precisamente se reúnen este jueves para dar reconocimientos y tomar un copetín. Lo echaremos muy en falta en ese abrazo colectivo y de camaradas que cada enero se da el periodismo malacitano. No ha llegado tampoco al estreno de un documental sobre su labor y vida que, elaborado por Agustín Rivera y Manuel Jiménez, va a estrenarse en el Festival de Cine de Málaga y que ahonda sobre todo en su labor como crítico de cine y también como ‘relator’ de películas. El documento contará con numerosos testimonios.

Guillermo escribía en La Opinión de Málaga desde 2012, cuando Vázquez, pensando que a un hombre de ochenta y tantos años no le duraría mucho el entusiasmo, le propuso una colaboración esporádica. Smerdou dijo que sí. Que una página doble. Un montón de palabras. Con datos y vigor, con recuerdos, sin rehuir ningún asunto. Textos imperecederos pero frescos, de actualidad en muchas ocasiones. Guillermo era uno más. Ningún achaque podía con él. Ni caídas ni accidentes domésticos ni enfermedades. En los últimos años, días después de cada traspiés pedía, como diría González Ruano, «recado de escribir». Su mujer, Conchita, o alguno de sus hijos lo ponían de nuevo frente al ordenador. Era su vida. Escribir, teclear, recordar, ver su nombre impreso. Recibir el calor de los lectores.

Era el periodista más longevo en activo. De Málaga y seguramente de España. Tal vez del mundo. Un ejemplo. Sus primeros cometidos fueron en Radio Nacional de España (entró en 1949 y estuvo en la emisora hasta 1992); junto con La Opinión, los medios de su vida. Fue corresponsal, crítico, estudioso, entrevistador y hasta, durante muchos años, radió películas. Guillermo Jiménez Smerdou nació en Málaga el 6 de junio de 1927 en una familia de 10 hermanos y era sobrino del cónsul de México Porfirio Smerdou, el diplomático que salvó la vida a personas de ambos bandos durante la Guerra Civil.

Su familia, este jueves en Parcemasa, sus hijos sobre todo, destacaban su carácter vitalista, sus ganas de trabajar, su amor al periodismo. Deja artículos en adelanto. ‘En nevera’, como se dice en el argot. Deja sobre todo una impronta, una estela de buena persona. Ya lo escribí una vez y perdón por la autocita: ignoramos si cree en la inspiración pero siempre le pilla trabajando. Envía sus artículos a este periódico con la puntualidad que envidiaría un lord británico y aunque sabe más que ninguno de nosotros, nunca hace alardes. Su memoria no es de este mundo y su prosa es nervuda y evocadora, sazonada de recuerdos pero alérgica a la nostalgia facilona.

En el año de su nacimiento gobernaba Primo de Rivera, reinaba Alfonso XIII y el general Sanjurjo, Alto comisario de Marruecos, daba oficialmente por terminada la guerra del Rif. Unos años más tarde llegaría la República. Málaga era una ciudad de 165.000 habitantes, la octava de España. Teníamos industria y comercio, y el turismo comenzaba a florecer.

Guillermo tuvo, menos mal, numerosos reconocimientos. Entre otros, posee la Medalla de la Ciudad; es Hijo Predilecto de Málaga y tiene dos Premios Ondas (uno a título individual y otro colectivo, según recordaba ayer uno de sus hijos). Se le debe una calle en la ciudad de Málaga. Se le recordará. Se le leerá. El periodismo está de luto. Por gente como él, que lo dignificó, merece tanto la pena este oficio. Descanse en paz.

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