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Opinión | Tribuna

Las regularizaciones

Lo que verdaderamente me llama la atención es que esos que se oponen a la regularización de personas migrantes, no se quejan de nuestra «regularización», de que ahora vivimos regular

Largas colas en el Consulado de Pakistán en Barcelona.

Largas colas en el Consulado de Pakistán en Barcelona. / efe

Regularizar la situación de personas migrantes. Personas con las que compartimos ciudad día a día y a las que su situación administrativa les impide poder prosperar y desarrollarse plenamente. Es de estas cosas que sorprenden, porque a los ahora críticos no se les conoce oposición a las tres regularizaciones que, si no me falla la memoria, llevó a cabo el Partido Popular cuando estuvo al mando del ejecutivo.

En cualquier caso, no deja de ser curioso que cuando se propone regularizar a personas migrantes, lo que se relaciona con personas de bajos recursos y trabajadoras, se ponga el grito en el cielo y que, sin embargo, contra la denominada y ya desaparecida ‘Golden Visa’, que permitía que extranjeros obtuvieran derecho a residir por el mero hecho de comprarse una casa cara en nuestro país, nunca alzaron estos la voz.

En esto hay racismo, pero no sólo, porque nos parece más extranjero un subsahariano que un dubaití, lo que tiene más que ver con el color de los billetes de su bolsillo que con el color de su tez o con el dios al que le rezan.

Pero lo que verdaderamente me llama la atención es que esos que se oponen a la regularización de personas migrantes, sin embargo, no se quejan de nuestra «regularización», esto es, de que ahora vivimos regular -o regulero, que me suena mejor-. Y es que en Málaga, por ejemplo, es una odisea formar un hogar estable, no ya comprando, que es un sueño, sino incluso recurriendo al alquiler.

Pero estos te dicen, como diría el ínclito Rodrigo Rato, que «es el mercado, amigo». En fin, que igual hay que dejar el derecho de admisión para las discotecas y facilitar la vida a quienes han venido a buscar un mejor futuro y a romperse el lomo en trabajos que tú, aspirante a señorito, no quieres hacer.

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