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Opinión | Tribuna

Teoría y práctica de la filosofía

Sánchez Millán, impulsor de los cafés filosóficos en Andalucía, promueve el diálogo socrático y la reflexión, llevando la filosofía fuera de la academia y fomentando el autoconocimiento

Antonio Sánchez Millán.

Antonio Sánchez Millán. / l.o.

Esta es la historia de tres amigos. Tres profesores de filosofía que estaban a punto de probar suerte en la modalidad de salto de la reja vespertino en el Centro de Profesorado de Málaga por un exceso de celo conceptual. Nadie se había percatado de que este singular trío de docentes se resistía a dar por finalizado su diálogo semanal en aquellas dependencias con la única intención de compartir inquietudes y experiencias sobre su profesión, que también era y es su pasión. Nos habían dejado encerrados. Por suerte, este diálogo que se inició a mediados de los noventa se ha mantenido en el tiempo, aunque nos hayamos convertido en jubilados (eso sí, sin chalecos reflectantes ni gorras verdes de la Caja Rural). Me acompañan en este camino el poeta y filósofo cordobés Antonio Sánchez Millán, y el filósofo malagueño Juan Jesús Ojeda Abolafia.

Juan Jesús Ojeda y un servidor debemos al diálogo directo con Antonio Sánchez Millán, entre otras cosas, la familiaridad con las principales corrientes de la Práctica Filosófica contemporánea gestadas en la década de los ochenta del siglo pasado, diálogo que iniciamos en el lejano octubre de 2007. Gracias a él disfrutamos, en un principio, y pese a las reticencias iniciales de dos apasionados de la teoría filosófica, con la lectura de los libros del erudito pensador francés Pierre Hadot ‘¿Qué es la filosofía antigua?’(1998) y ‘Ejercicios espirituales y filosofía antigua’(2006) en connivencia con el libro de Michel Foucault ‘Tecnologías del yo y otros textos afines’(1996). Hadot sostiene que el pensamiento de la Edad Media ocultó la concepción antigua de la filosofía como modo de vida y proclamó el carácter eminentemente teórico de aquella. Hasta el Renacimiento no se recuperó la interpretación de la filosofía como manera de vivir, y esta ha tenido que compartir su espacio con la poderosa vocación teórica de numerosas formas de pensamiento moderno y contemporáneo. En cualquier caso, tanto los amantes de los ideales de vida como los amantes de la teoría parecen estar de acuerdo con el carácter tendencial del saber filosófico: la sabiduría es tanto una meta inalcanzable como una pulsión irrefrenable.

Según Pierre Hadot, elegimos inicialmente una forma de vida, y abrazamos posteriormente una teoría para justificarla. Es fácil recordar aquí a pensadores como Karl Marx cuando lamentan que la filosofía se haya dedicado a interpretar el mundo, dado que lo urgente e importante es la transformación de lo real. Resuena con facilidad en nuestras cabezas la tesis marxista en esta especie de retorno a la época del imperialismo decimonónico y a la mentalidad feudal que pugnan por asentarse en nuestro presente más inmediato. Pero, aunque la teoría sea ideología y pueda deformar la realidad y no se encuentre en la base de nuestra existencia –es un hecho que se puede vivir perfectamente sin necesidad de filosofar, a pesar del alto valor nutricional de los conceptos-, aunque la filosofía fuera primariamente una “filosofía de la praxis”, para ofrecer este planteamiento hace falta echar mano de los conceptos de alguna teoría –como hizo Marx con la filosofía del idealismo alemán y la economía política clásica británica. Hay tal vez una relación dialéctica, de reciprocidad, que nos salva del determinismo, sea este materialista o espiritualista.

La teoría y la praxis se alimentan mutuamente, y esta convicción dirige la reflexión y las propuestas prácticas de Antonio Sánchez Millán sobre los cafés y talleres filosóficos, los diálogos socráticos y el asesoramiento-acompañamiento filosófico. Es también el punto en el que se sitúa el pensamiento de Ludwig Wittgenstein: el austríaco confesó que el propósito de su ‘Tractatus Logico-Philosophicus’ era de naturaleza ética –lo que se encuentra en el ámbito de lo místico, lo que no puede ser expresado por medio del lenguaje científico es lo realmente importante; y la filosofía en las Investigaciones Filosóficas tiene una finalidad terapéutica, eminentemente práctica, la de lograr que nuestro pensamiento no se vea alienado por los hechizos de algunos usos del lenguaje natural. No obstante, la obra de Wittgenstein resulta incomprensible sin los límites que imponen las teorías científicas y la inestimable presencia de la lógica. De nuevo, la dialéctica entre teoría y praxis.

En la presentación de su libro Café filosófico en Vélez-Málaga (2016, el profesor Sánchez Millán tuvo que retractarse. Aunque no sé si será algo objetivamente favorable, “la filosofía está de moda”, en contra de lo que afirmara en Practicar la filosofía: los cafés filosóficos y otras prácticas socráticas’ (2015). Pienso, no obstante, que su buena prensa actual no desmerece su estatuto histórico de “amor a la sabiduría”. La sospecha de banalización, proximidad aparente a los libros de autoayuda o a la psicología amateur de la Práctica Filosófica se deshace con propuestas como las que comento aquí. Tras muchos años de trabajo tenaz, el profesor Sánchez Millán nos ofrece en su libro de 2016 y en ‘Filosofar es cosa de niños’(2020) el testimonio escrito de un diálogo auténtico, vehículo del conocimiento recíproco y fruto de la investigación cooperativa con personas de edad y condición diversas, sobre las bases de la “filosofía sapiencial” revitalizada en España por la filósofa canaria Mónica Cavallé, y nos ofrece un refrescante retrato en movimiento de la “filosofía en acción”.

Antonio Sánchez Millán ejerce de “facilitador” experimentado en los cafés filosóficos que organiza, al estilo de Sócrates, a lo largo de la geografía andaluza, haciendo que la filosofía salga de la fortaleza irreductible de la academia, y brinda a sus lectores una síntesis final de los encuentros en su BLOG Palestra de filosofía. El café de Vélez-Málaga es el que se ha prolongado más en el tiempo y ha sido capaz de “generar en la cultura veleña ese germen capaz de problematizar los acontecimientos con mucho criterio”, en palabras del arquitecto Arturo Ruiz Salvatierra. Y es un auténtico placer, por ejemplo, ver debatir en ellos sobre la cosa filosófica a un nonagenario como Prudencio con un joven estudiante de la ESO de quince años, y una muestra fehaciente de que son muchas las barreras que se pueden superar cuando la vida se concibe como una estimulante investigación colectiva que habita periódicamente en un café o en un espacio no académico. Se lo recomiendo.

Un café filosófico es un original receptáculo en el que todo cabe (“…no es una tertulia, ni es un debate, ni es una charla, ni siquiera filosóficos. Es un diálogo ordenado, moderado por un filósofo profesional, implicado en el giro práctico de la filosofía”, afirma Antonio Sánchez Millán) que se puede resumir en el respeto de una única regla básica: “escuchar al otro” y la búsqueda del autoconocimiento de la vida buena en un clima de confianza mutua. El “diálogo verdadero” que se persigue tiene como objetivo que los que participan en él se sientan transformados tras el encuentro. No basta con cambiar impresiones, con intercambiar opiniones al modo de los debates parlamentarios o los debates de radio o televisión al uso donde pocos están dispuestos a modificar sus perspectivas iniciales y a pensar en común.

En Practicar la filosofía: los cafés filosóficos y otras prácticas socráticas (2015), por ejemplo, se ofrece la crónica razonada de quince encuentros (sobre la libertad, la madurez personal, el progreso, la felicidad, los prejuicios, la muerte, las nuevas tecnologías, el destino humano, la compasión, el sentido de la vida, la indignación, la hipocresía, el camino a seguir en la vida, la comunicación y la religión); en Café filosófico en Vélez-Málaga (diciembre de 2016) son doce los cafés filosóficos reseñados (acerca de la (in)comunicación, nuestra propia vida, los sentimientos, la mala conciencia, las modas, la amistad, las guerras, el autoconocimiento, el miedo, la libertad, las rutinas y las relaciones interpersonales).

Para justificar la publicación de sus labores como “filósofo práctico”, Antonio Sánchez Millán ofrece dos razones principales: una de índole personal y otra de tipo escolar o académica. Desde el punto de vista personal, estas prácticas aspiran a provocar cambios favorables en nuestra actitud ante la vida, en nuestros modos de pensar, sentir y actuar, para ayudarnos a “vivir mejor” a través de la reflexión y la investigación en común. Pero también cabe un uso en el aula de estos materiales pudiendo articular con ellos un programa didáctico equilibrado de “filosofía en acción”, de filosofía practicada.

Así como Platón censuraba el individualismo latente en la religión órfica, preocupada por la salvación del alma y alejada, por tanto, de las necesidades del todo social, Juan Jesús Ojeda Abolafia, transmite su preocupación por que la filosofía “acabe convirtiéndose en religión o en teología larvadas” en la sociedad de masas, apartándose definitivamente de su condición teórica como “crítica de la cultura” (“Desprecio y suicidio de la filosofía”, 2016). Según el profesor Ojeda, la peligrosa cercanía de algunas formas de Práctica Filosófica a los productos del “mercado terapéutico de la autoayuda, del cuidado de sí y del crecimiento personal …..al servicio del estresado, autoexigido y autoexplotado individuo de la “sociedad del rendimiento” de la que nos habla Byung Chul-Han en ‘La sociedad del cansancio’, deja expuesta a la filosofía a la humillación y a adoptar posiciones suicidas como las de Heidegger o Comte-Sponville”. Después de tantos años de diálogo continuado con Antonio Sánchez Millán y Juan Jesús Ojeda Abolafia, de “investigación” académica y mundana, oscilando dialécticamente desde la física y la metafísica a la ética y la política, me gusta pensar que el secreto tal vez se encuentre en la lógica. O, tal vez, como dice Nietzsche: “¡Y cómo soportaría yo ser hombre si el hombre ni fuese también poeta y adivinador de enigmas y el redentor del azar!”.

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