Opinión
Adiós, Concha
Ya como estudiante la futura realizadora de documentales parecía tenerlo todo tan claro, haber determinado su lugar en el mundo

La cineasta y docente malagueña Concha Barquero / La Opinión
Hace unos años, tenía una maldita costumbre nada más despertarme, encenderme un cigarrillo; el tiempo me llevó a erradicar la nicotina de mi vida pero no los hábitos perniciosos. Así que hoy, nada más despertarme, sin apenas tiempo para el aterrizaje en la consciencia, consulto en el móvil las noticias, y me asalta, a través de las cuentas de redes sociales de instituciones y conocidos, una de las muy malas: ha muerto Concha Barquero Artés, realizadora de documentales y docente de la UMA. Salto de la cama y escribo esto, empujado por ese nosequé que sentimos cuando algo nos afecta, nos remueve de manera inesperada.
Conocí a Concha en la universidad, somos de la misma promoción; ella (y su pareja creativa y sentimental, Alejandro Alvarado) de Comunicación Audiovisual y yo de Periodismo. No puedo decir haber sido su amigo, porque siempre mantuvimos cierta distancia, pero las afinidades electivas nos llevaban siempre por caminos colindantes, cafés, cervezas, debates y desilusiones. Siempre me impresionaba Concha: parecía tenerlo todo tan claro, sabía qué era lo que quería hacer, había determinado su lugar en el mundo... Y eso, en aquellos años en los que tantos y tantas nos movemos en una especie de tardoadolescencia, era, quizás, la cualidad más envidiable de todas. Y también esa risa, estallido entre sus pecas.
Desde mi pantalla de observador, durante estos años en que Concha y Alejandro desarrollaron su carrera profesional, celebré todos sus éxitos, logrados a base de esfuerzo, rigor y profesionalidad. Una cosa que me encantaba de lo suyo: les reconocía en sus documentales, en lo que les interesaba investigar y filmar; en todos estaban ellos, dos tipos de una pieza, inquietos y tenaces, que siempre trabajaban a largo plazo, con exhaustividad.
Veía sus documentales y recordaba las tertulias que nos marcábamos entre clases (o durante las clases) en la cafetería Al-Ándalus, en los tiempos de Periodismo en Martiricos. Es hermoso comprobar cómo hay personas que no se adocenan al llegar a eso que llaman la vida adulta, que se mantienen en sus trece, que no dejan de ser lo que fueron.
Por eso siempre tecleaba con alegría las noticiones y reportajes sobre los premios que recogían por sus películas; el último, la Espiga al Mejor Documental de la Seminci por 'Caja de resistencia', a propósito de Fernando Ruiz Vergara, cineasta condenado al ostracismo en plena Transición por su polémico 'Rocío'. De manera discreta, secreta, siempre he sentido admiración por ambos y orgullo por haber sido parte de aquella promoción.
Descansa en paz, Concha. El abrazo más fuerte que puedo dar, Alejandro.
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