Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | La vida moderna merma

El camino Smerdou

Sus 77 años de profesión no fueron fruto de una obligación impostada, sino de una vocación que sostuvo en el tiempo, soportar en sus desiertos y celebrar en sus oasis

Un joven Guillermo Jiménez Smerdou ejerciendo su profesión como locutor de RNE.

Un joven Guillermo Jiménez Smerdou ejerciendo su profesión como locutor de RNE. / l.o.

Hay personas cuya vida parece resistirse a la caducidad. Su historia no se agota, ni siquiera cuando los actos de despedida comienzan a escribirse en pasado. Guillermo Jiménez Smerdou fue, en ese sentido, un superviviente del tiempo y un amante de su trabajo como pocos se han conocido. Maestro del periodismo durante más de siete décadas, Smerdou encarnó no solo una profesión, sino una forma de estar en el mundo con rigor, curiosidad y una dedicación sin concesiones al compromiso intelectual, ético y cultural.

Hoy que el periodismo se desplaza con mayor comodidad entre el chisme inmediato y la noticia templada para consumo masivo, y hoy que la rapidez parece haber reemplazado a la reflexión, recordar figuras como la suya es un acto de justicia y, sobre todo, de memoria colectiva.

Nacido en Málaga en 1927, Guillermo Jiménez Smerdou ingresó en el mundo profesional en 1949 en Radio Nacional de España, donde desarrolló una carrera tan longeva como fecunda. Allí fue redactor, guionista, director de programas y responsable de informativos hasta su salida profesional en 1992. En su caso, hablar de jubilación sería una palabra demasiado débil para describir a alguien que siguió escribiendo hasta prácticamente sus últimos días de vida.

Guillermo presenta el primer festival de cine de Málaga, corría el año 1953.

Guillermo presenta el primer festival de cine de Málaga, corría el año 1953. / l.o.

Su trayectoria se extendió a la prensa escrita -colaboró con diarios como La Opinión de Málaga, La Vanguardia, Ideal, Pueblo o Ya- y a la radio con un estilo que mezclaba el rigor con la sensibilidad. Fue pionero en España de un formato radiofónico que llamó «cine invisible»: la narración de películas para radio en los años cincuenta, siendo ésta una iniciativa que acercó el séptimo arte a personas con limitaciones de acceso, mucho antes de que la palabra accesibilidad se pusiera de moda.

No se trató de un simple guiño emotivo, sino de una apuesta por democratizar la cultura en un contexto social y tecnológico que no facilitaba estas ideas. Hoy, cuando a veces invertimos más empeño en etiquetas que en sustancia, su gesto resuena con la fuerza de una propuesta ética: la cultura debe ser servida y difundida sin barreras.

Podríamos hablar de premios -como su Premio Ondas en 1979- o de títulos -como el de Hijo Predilecto de Málaga o la Medalla de la Ciudad que recibió en 2022-, y de hecho lo haremos, porque son señales de reconocimiento que muchos merecerían y pocos consiguen.

Pero lo verdaderamente singular en la figura de Guillermo Jiménez Smerdou no es cuántos premios acumuló, sino la manera en que vivió su oficio como una vida en sí misma. Porque él no se contentó con hacer profesión. Él fue periodista. Y esa identidad profesional se entrelazó con su vida personal hasta ser inseparable.

En una época en que tantas carreras profesionales parecen meros escalones hacia un beneficio inmediato, o sucede con ojos puestos en el reconocimiento externo, Smerdou mantuvo una relación con su trabajo que hoy resulta casi arqueológica: como una fidelidad, un pacto con un sentido profundo de servicio, con amor por el lenguaje, por la verdad y por la historia.

Año1952. Smerdou saliendo del cine Albeniz

Año1952. Smerdou saliendo del cine Albeniz / l.o.

Esa fidelidad no se limitó a su profesión periodística. Smerdou fue también socio del Real Club Mediterráneo desde 1953, donde su presencia -discreta y constante- se tradujo en una contribución cultural continua: dirigió la revista del club, impulsó concursos culturales y promovió el enriquecimiento social de la entidad durante décadas. Esa labor le mereció la Medalla de Plata del Club, que los responsables no dudaron en describir con sencillez reveladora: «Tú no eres un socio del Club, tú eres el Club».

Podríamos sonreír ante esta fórmula retórica tan propia de los homenajes oficiales, si no fuera porque en este caso es exactamente cierta. Smerdou fue, en efecto, una institución viviente cuyo legado sobrevive en las generaciones que lo conocieron, en quienes aprendieron a escuchar y a pensar con su ejemplo.

Y aquí me detengo, no sin ironía. Porque si algo nos revela la figura de Smerdou es la enorme distancia que existe entre ese compromiso profundo con el oficio y la rutina profesional de nuestros tiempos. Hoy la conversión de un talento en marca personal, la fórmula rápida del clic, la viralidad y la atención fugaz parecen haberse convertido en la única moneda de cambio para muchas carreras que se llaman también periodismo. En ese contexto, Smerdou no solo fue un virtuoso. Fue un paradigma en extinción.

Un joven Guillermo, locutor de RNE

Un joven Guillermo, locutor de RNE / l.o.

Obviamente, Smerdou seguro que tuvo, vivió y padeció momentos de flaqueza, como cualquier ser humano que vivió casi un siglo. Estoy convencido de que tuvo días en que la fatiga pesó más que el entusiasmo, o en que la dificultad se hizo más notable que la alegría. ¿Quién no conoce esa sensación de estar atrapado en la rutina aburrida, o enfrentado al sinsabor de una mala noticia, de una reseña impopular o de una verdad incómoda?

Pero su grandeza consistió en entender que la vida es una carrera de fondo, no un salto de trampolín. Sus 77 años de actividad profesional no fueron fruto de una obligación impostada, sino de una vocación que supo sostener en el tiempo, soportar en sus desiertos y celebrar en sus oasis. Ese entendimiento puro y profundo fue su secreto.

Guillermo Jiménez Smerdou recibe en 1979 un merecido Premio Ondas

Guillermo Jiménez Smerdou recibe en 1979 un merecido Premio Ondas / l.o.

El periodismo que Guillermo Jiménez Smerdou encarnó no es solamente una técnica o un conjunto de habilidades. Es una actitud ante el mundo. Una forma de mirar, escuchar, preguntar, relatar y dignificar la vida humana. Si hoy existe un Premio de Periodismo Radiofónico que lleva su nombre en la Universidad de Málaga, no es solo un reconocimiento póstumo sino una invitación a las nuevas generaciones a repensar su relación con este oficio tan maltratado por la superficialidad y la prisa.

En un mundo donde rara vez se ve compromiso con el trabajo, o esa devoción silenciosa por la verdad, la figura de Guillermo Jiménez Smerdou brilla con una luz que desafía el paso del tiempo y nos interpela a cada uno de nosotros sobre cómo queremos acercarnos a nuestras propias tareas, profesiones y vocaciones. Hay dos caminos: el de la mentira o el de Smerdou.

Descanse en paz. Viva Málaga.

Tracking Pixel Contents