Opinión | Mirando al abismo
ICE: la libertad se muere
El ICE, con prácticas consideradas inhumanas por organismos de derechos humanos, genera miedo con redadas y detenciones que separan familias, dejando a niños con la incertidumbre de no volver a ver a sus padres

PI STUDIO
En Estados Unidos, el nombre del ICE suena cada vez menos a simple agencia administrativa y más a maquinaria de miedo. Las redadas en barrios obreros, los centros de detención abarrotados y las familias rotas recuerdan a un pasado que prometimos no repetir, cuando el Estado convirtió a parte de su propia población en enemigo interno. Organismos de derechos humanos describen prácticas «crueles, inhumanas y racistas», con detenciones arbitrarias, condiciones inhumanas y una política deliberada de infundir terror en comunidades enteras. Las escenas se repiten: agentes irrumpen en casas, fábricas, escuelas, y de un momento a otro un padre o una madre desaparece en el interior de un furgón blanco. Los niños dejan de ir a clase o al médico por miedo a que, al volver, ya no haya nadie esperándolos en casa. Hay informes médicos que hablan de pesadillas, regresiones, ansiedad extrema, intentos de autolesión en menores separados de sus progenitores; algunos expertos califican la política de separación familiar como una forma de trato cruel e incluso de tortura. Esos niños crecen con una pregunta clavada: «¿Volveré a ver a mis padres?». El discurso oficial habla de «seguridad» y «control de fronteras», pero las estadísticas cuentan otra historia: más de 260.000 personas detenidas en un año, muchas de ellas padres de ciudadanos estadounidenses, residentes de décadas o solicitantes de asilo que buscan simplemente sobrevivir. El aparato migratorio más grande del mundo consume miles de millones mientras niega garantías básicas como el acceso a un juez para revisar la detención, recurre al aislamiento prolongado y responde con violencia a las protestas dentro de los centros. La legalidad se convierte así en coartada; la justicia, en daño colateral. En la llamada «cuna de la libertad», el poder se concentra cada vez más en un ejecutivo que desprecia los contrapesos y se siente cómodo con tácticas abiertamente autoritarias: erosión de derechos, criminalización de la disidencia, desprecio por la prensa y por las organizaciones civiles. No hace falta uniforme ni bigote para ejercer de tirano; basta con un entramado de leyes, presupuestos y órdenes administrativas que deshumanicen al otro y conviertan el miedo en política de Estado. Mientras tanto, Occidente se ahoga en su propia hipocresía. Las mismas democracias que sermonean al mundo sobre derechos humanos toleran que, en su patio trasero, familias enteras vivan aterradas por una redada al amanecer. El Alto Comisionado de la ONU ha denunciado detenciones «arbitrarias e ilegales», muertes en custodia y operativos que hacen que los niños falten a la escuela por miedo a perder a sus padres para siempre. Sin embargo, la reacción internacional es tibia, casi burocrática. Los niños lo han entendido mejor que nadie: los derechos humanos no son un escudo, son una promesa rota. La libertad, esa palabra sagrada en tantos discursos, no aparece por ningún sitio cuando llaman a la puerta a las cinco de la mañana y alguien se lo lleva todo en una carpeta: el trabajo, la casa, la familia, el futuro. Quizás el mayor horror no sea el propio ICE, sino el silencio que lo rodea. Porque la historia ya nos enseñó a qué conduce este camino, y aun así, preferimos no mirar.
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