Opinión | Tribuna
Lecciones de un manifiesto

Pedestales donde se pondrán las esculturas a la entrada del Puerto de Málaga. / Alex Zea
El pasado 27 de enero, a las 11.25 horas de la mañana, el Manifiesto suscrito por personas y entidades cívicas contra el montaje de las esculturas del Puerto alcanzó las 2.000 adhesiones, de las cuales, 1.000 ya se firmaron sólo en el primer día. La lista completa está en la plataforma change.org y merece la pena verla para sacar varias lecciones de ella.
Sabido es que en democracia la opinión de la gente se expresa básicamente mediante dos sistemas de distinta confiabilidad: uno es el de las elecciones, que son inapelables si el sistema de recuento es limpio. El otro son las encuestas, de confiabilidad relativa porque depende de la independencia del encuestador. Pero luego existen sucedáneos, consultas en la calle micrófono en ristre para llenar telediarios y, desde hace ya tiempo, esas secciones periodísticas al pie de las noticias que permiten a los ciudadanos «comentarlas» amparados en la discreción- o impunidad- de su anonimato.
Pero las adhesiones al Manifiesto contra los colosos portuarios son otra cosa. Aquí la gente daba su nombre y apellido como forma de compromiso, tan pequeño como valioso, por una causa ciudadana nada menos que de índole estética y cultural. En realidad, es esta una manifestación popular que se viene produciendo hace ya bastante tiempo, pero a la que no se le da la importancia que tiene. En los primeros años del movimiento vecinal en España, y en Málaga en particular, las demandas ciudadanas empezaban por una escuela, una zona verde, la urbanización de una calle y la dotación de servicios primarios. Pero una vez satisfechas éstas, se pasó a reivindicaciones más sutiles y complejas, que concernían a la calidad de vida y a algo más profundo de lo que cabía en unas ordenanzas urbanísticas y en la cabeza de sus gestores: se trataba de introducir el derecho a la belleza como una parte consustancial a los derechos ciudadanos. Que esa condición periférica del barrio donde se vivía no era solo por la lejanía o la falta de equipamientos y servicios urbanos, sino por una fealdad que parecía ser ya inherente a ese país inmobiliario que destacara Andrés Rubio en su libro ‘La España fea’. Latía ahí esa fina intuición: la belleza es central; la fealdad, periférica.
Ante el listado de adhesiones contenidas en el Manifiesto contra las esculturas portuarias los periodistas se afanaban en buscar nombres notorios que le dieran máxima publicidad…y los hay, vaya si los hay. Pero el prestigio y la verdadera importancia de este listado está mayormente en lo contrario, es decir, en ese nutrido conjunto de personas que con sus nombres y apellidos, a «firma descubierta» y desde la normalidad de ciudadanos responsables de a pie, se manifiestan contra un atentado estético y un despropósito cultural. No se pide ya un hospital, ni siquiera un auditorio, con ser reivindicaciones legítimas, sino nada menos que preservar la belleza de tu propia ciudad, lo que denota una sensibilidad y finura cívica que Málaga ha adquirido en los últimos años y de la que estuvo demasiado tiempo ausente. Había costado muchísimo liberarnos de esa profunda contaminación que la barbarie inmobiliaria inoculó en la sociedad malagueña durante el desarrollismo pero, lamentablemente, aún hoy resurge como setas venenosas en determinadas actitudes públicas. Por ejemplo, sería inconcebible que en Sevilla, Granada, Córdoba o Cádiz a la conjunción de las cinco entidades cívicas responsables del Manifiesto se la despachara como una agrupación de cuatro gatos; impensable que a la presidenta de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, nada menos que a Rosario Camacho, se la trate como una terrorista, o a la gran Elena Laverón como una envidiosa resentida, por no referirnos al trato grosero e injurioso con el que desde algún medio se despacharon contra las personas que se opusieron a la torre del Puerto. Un virus merdellón, oculto y recurrente como una recidiva, aflora aún hoy en ese rencor profundo hacia la Cultura por parte de los que, no habiéndola adquirido en su momento, no están dispuestos a sentirse torturados por su carencia. Ciudades cultísimas como Copenhague y Bruselas están representadas por iconos escultóricos entrañables y discretos, como la Sirenita de Andersen y el entrañable Manneken Pis. Pero aquí los iconos parecen servir para conjurar complejos de inferioridad, y de ahí estas esculturas tan gigantescas como el ego de sus responsables. Por eso, a pesar de la insistencia de los «culturetas», las acabarán instalando en sus pedestales de hormigón gritándonos, desde el matonismo institucional y el exhibicionismo hortera, un desafiante «aquí estoy yo y mi caspa», llevándose por delante la fascinante idea de capital cultural de vanguardia con la que Paco de la Torre nos cautivó. Cabe preguntarse cómo afectaría este desafuero a ese modelo urbano y sólo se me ocurre una respuesta esperanzadora: las ciudades son tanto sus piedras como su gente, su «urbs» como su «civitas». Creemos que este chafarrinón en la «urbs» no va a afectar a la fortaleza de esa «civitas», porque lo bueno que tiene la Cultura, como la Libertad, es que una vez que se ha alcanzado la gente suele tener la manía de conservarla. Y hoy el espíritu de esa capitalidad anida en todas y cada una de las firmas del Manifiesto, con las que una Málaga que indefectiblemente ya es mejor, contrae una enorme deuda de gratitud.
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