Opinión | Tribuna
Nilia Smerdou de Ugarte
Carta a mi abuelo, el periodista en activo más longevo de España
Te despediste coincidiendo con vuestro patrón de los periodistas, ¡qué cosas! Seguro que desde arriba estás ya esbozando tu próximo artículo

Guillermo Jiménez Smerdou. / Álex Zea
Hola, abuelo, hoy te robo tu columna semanal para despedirnos. Gracias a La Opinión por permitirlo. Quería que tu vida profesional acabase donde todo empieza: en la familia. No solo eras periodista; también marido, padre, abuelo y bisabuelo. Aquel que haya oído tus discursos, sabrá que siempre acababas diciendo que los méritos también eran de la abuela, responsable de que llegases tan lejos. Estoy de acuerdo. Sois nuestro ejemplo como matrimonio. 67 años casados, bodas de nieve. Nos conformamos con llegar a una tercera parte de vuestros años juntos siendo la mitad de felices.
No voy a olvidar los martes que nos recogíais del colegio, llevábamos a Guille al fútbol y de ahí a casa hasta acostarnos. Las tardes en la piscina del Club Mediterráneo. Aquel Renault Clio blanco que, al aparcar bajo La Farola, bloqueabas el volante con antirrobo. Nosotros merendábamos con la abuela mientras tú nadabas. A veces, cambiábamos el baño por visitarte en la biblioteca. De ahí a la pérgola donde jugabas al dominó y la abuela, a las cartas.
El día de Nochebuena. Después de misa, ir a cenar lo que hubieseis preparado, porque en todo ayudabas a la abuela. Recuerdo vuestro árbol de Navidad en la entrada de casa, junto con El Misterio. Te encantaba la casa decorada. El último año, aún estando cansado, pusisteis uno pequeñito bajo la promesa a Luda de que el próximo volverías a poner el grande.
El día de Año Nuevo. De fondo la banda sonora del concierto de primero de año con el olor de las lentejas que, una vez más, daban comienzo al nuevo calendario. Ese calendario que mes a mes colgabas en la nevera con las fechas familiares importantes.
Las noches viendo Pasapalabra mientras cenábamos en el sofá con mesas plegables. El trastero en el que guardabas tus tesoros periodísticos junto con una tremenda despensa que os caracterizaba. Como en vuestra primera compra de casados, que os preguntaron si teníais una pensión por la cantidad que comprasteis.
Nuestra infancia contigo no se limitó a planes cotidianos. Venías de cruceros con nosotros, aunque supusiese viajar sin la abuela. Le dan pánico los barcos y solo le convenciste para montarse en uno en vuestro viaje de novios.
Fuimos creciendo y empezamos a conocerte de verdad. Un abuelo de mente inquieta que, exceptuando lo de madrugar, seguía trabajando aún jubilado. Pudiste haberte quedado en la máquina de escribir, pero aprendiste a usar el ordenador e internet para saciar tu sed de conocer. Tenías hasta un diccionario de español-inglés para poder entender los anglicismos que ahora se usan. Por no hablar de las búsquedas sobre el origen de mi nombre, así como de nuestros antepasados Smerdou. Intentaste ir a Eslovenia a investigarlo. De tu curiosidad por conocer el apellido, así como de la facilidad para reconocerte bajo el mismo, nació mi idea de continuar el trabajo que mi padre empezó para conservarlo. No se me olvidará cuando te dije que quería iniciar los trámites. Desde entonces, pasé a ser Dra Smerdou. Eras feliz llamándome así, pero la felicidad era mía. Qué privilegio heredar aquello que me identificase como nieta tuya.
Recuerdo los viernes enseñándonos palabras ininteligibles para los que vivan de Las Pedrizas en adelante. Decías que tú de Málaga no te ibas, aunque te ofrecieran un gran puesto en San Sebastián porque estando fuera, solo querrías volver. Cuando me explicaste cómo pagabais cada coche: calculando el precio del kilómetro y ahorrando diariamente el gasto que hubiese supuesto. Tu firme convencimiento de que la lotería os iba a tocar, jugando siempre bajo el mismo número. Tu gran carrera profesional, incluyendo encuestas que hacías en pueblos para ganar dinero extra, ya que en casa había 4 niños que alimentar. O cada vez que eras entrevistado les abrías las puertas de casa y dedicabas las horas que quisiesen. Tú ibas a tener conversación.
Aprendías rápido, menos a manejar la televisión. Vaya paciencia ha tenido tío Miguel. Vuestras horas viendo películas antiguas o delante de libros, cada uno en un sofá de la terraza. Tu colección de artículos publicados que guardabas. No podrían imaginar tus lectores dónde habían sido escritos. En alguna ocasión, incluso en el hospital. Te fracturaste ambas caderas y los primeros días eran duros. Conforme mejorabas, pedías bolígrafo y papel. En ese momento sabíamos que habías pasado lo peor. Y luego en casa, con constancia y esfuerzo, volvías a tu vida normal. Si algo te caracterizaba era tu fuerza de voluntad y el querer estar aquí el mayor tiempo posible con la abuela. A quien alegrabas la vida.
Insististe en verme acabar la carrera y no faltaste a mi graduación. Tras ello, me dijiste que estabas preparado para irte con tus deseos cumplidos excepto uno: conocer un biznieto. Tres años más tarde has conocido a tus dos biznietas: Nilia y Covadonga, quienes han heredado tus ojos azules para tenerte siempre presente. Además, cumpliste tu última promesa: llegar a la boda de Guillermito, que aunque no pudiste asistir, tu nieto pudo disfrutar de tus llamadas durante su luna de miel que nunca olvidará. Tras ello, ya estabas en paz. Te despediste coincidiendo con vuestro patrón de los periodistas, ¡qué cosas! Seguro que desde arriba estás ya esbozando tu próximo artículo.
Gracias, abuelo, por acompañarme 28 años. Un abuelo que nunca dejó de escribir al lado de nuestra maravillosa abuela, a la que no han dejado de brillarle los ojos hablando de ti. Cuidaremos de ella para que siga igual de joven y guapa como siempre le recordarás.
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