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Opinión | Las cuentas de la vida

Entre el declive y la reacción

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. / Europa Press/Contacto/Kent Nishimura - Pool via CN

Hacia dónde se dirige América es la pregunta que se repite en las principales cancillerías europeas desde hace ya meses. Nadie lo sabe con certeza. En una interesante tribuna publicada la semana pasada en The New York Times, el veterano columnista David Brooks hablaba de cuatro fuerzas decadentes que actúan casi de consuno en Estados Unidos: el colapso del orden internacional surgido de la caída del Muro; el declive de la seguridad interna debido a los abusos cometidos por el ICE; el deterioro de los contrapesos institucionales, con ataques, por ejemplo, a la independencia de la Reserva Federal; y, finalmente, el envejecimiento del propio presidente. Son cuatro fuerzas que operan en contra del prestigio americano o, si se prefiere, socavando el tradicional soft power. Aunque quizás Brooks no tenga en cuenta otros factores que desafían la actual preeminencia norteamericana: sin duda, el principal es el ascenso de China como poder imperial.

China, sin embargo, también lleva un tiempo sufriendo convulsiones internas. El crecimiento imparable de su PIB se ha ralentizado a medida que la economía nacional ha ido madurando y la política de un solo hijo muestra su rostro suicida. Su despliegue en África y en la América hispana se ha debilitado durante estos últimos años. Han pasado también muy desapercibidas las purgas que tienen lugar en los más altos escalafones del ejército. La última, esta misma semana, se ha concretado en la detención del general Zhang Youxia, una figura central en la doctrina militar del país. Lo que está sucediendo realmente en China resulta, sin embargo, un misterio. Las fricciones internas entre el partido, sus elites y la sociedad pueden ser más importantes de lo que percibimos en Occidente. Cabe preguntarse, pues, de qué modo estas fuertes tensiones –síntomas de una cierta debilidad– pueden estar influyendo sobre la política exterior de la administración Trump, que parece empeñada en expulsar de Hispanoamérica todos los gobiernos cercanos a Xi Jinping o, incluso, en desafiar a Irán, uno de los países centrales de Oriente Medio. Desde esta perspectiva, buena parte de la política exterior de Trump puede leerse, más que como una improvisación errática, como una respuesta –a menudo desordenada y coercitiva– al temor de que China, incluso en su aparente fragilidad interna, esté disputando a Washington su capacidad de fijar las reglas del orden internacional.

La pregunta por el rumbo de EE.UU. admite, por tanto, lecturas matizadas que derivan de movimientos globales más amplios. La revolución tecnológica está cambiando las reglas de juego, no sólo en el campo occidental. El acceso a las materias primas, el declive o el incremento demográfico, la supremacía militar y tecnológica, el músculo industrial y las turbulencias sociales no se limitan a una franja geográfica concreta. No sería la primera vez en la historia que un salto productivo haya elevado naciones y derrumbado imperios. En este juego de poderes, el destino de Estados Unidos no resulta irrelevante ni para Europa ni para el mundo en general. Tiene, por así decirlo, un componente civilizatorio en términos democráticos, institucionales y de valores esenciales para dilucidar el futuro de este siglo. Habrá que saber esclarecer, entonces, qué decae y qué asciende, a qué velocidad lo hace y cómo reaccionamos ante estas dinámicas. No son preguntas sencillas.

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