Opinión | Tribuna
Fernanda García Murillo
Haciendo manada
Ésta es la historia silenciosa de miles de personas que imploran, a través de redes, aplicaciones y del simple voz a voz, algo tan elemental como un hogar

Manifestación por la vivienda. / Gregorio Marrero
Ya no importa la especie, ni la religión, ni la ideología, ni el color de piel. Los seres vivos hemos llegado a un punto en el que la única salida posible es volver a lo esencial: hacer manada.
Unir fuerzas, manos y corazones para sostenernos en un momento crítico de nuestra existencia, donde derechos básicos y vitales -como el acceso a una vivienda- han pasado a ocupar un lugar secundario dentro de una sociedad que se dice avanzada.
Ésta es la historia silenciosa de miles de personas que imploran, a través de redes, aplicaciones y del simple voz a voz, algo tan elemental como un hogar. No un lujo. No una inversión. Un lugar donde vivir.
La especulación, la ambición desmedida, el estatus y la permisividad de los gobiernos han creado un escenario donde quienes más tienen continúan acumulando, mientras el resto queda paralizado. Se nos pide aguantar, bajar la cabeza, aceptar -y hasta dar las gracias-, pagar cifras imposibles y seguir. Seguir sonriendo, sin levantar demasiado la voz. Tal vez manifestarse de vez en cuando, sin resultados reales.
No hablo desde la política, hablo desde lo humano. La política hace tiempo que dejó de representarme; lo poco que asoma ante mis ojos suele oler a corrupción y distancia.
En la búsqueda personal de estabilidad, y desde la vulnerabilidad compartida con tantos otros, el corazón se encoge al leer los mensajes que se repiten día tras día: personas suplicando por un techo, familias con niños, familias con animales. Humanos y no humanos unidos por la misma necesidad de una base firme para seguir adelante, para intentar «prosperar», si es que aún existe espacio para esa palabra entre trámites, requisitos abusivos y un sistema que ha dejado de proteger lo esencial.
Somos muchas «especies»
Jóvenes que comparten vivienda con desconocidos, tolerándose por necesidad y por la flexibilidad de una mente inquieta que aún confía.
Familias -porque tres ya son familia- expulsadas de sus hogares de un día para otro por ventas, alquileres turísticos o decisiones ajenas, mientras descubren que los niños tampoco son bienvenidos en la mayoría de las ofertas.
Personas solas que deben pagar por veinte metros cuadrados lo que antes sostenía a cuatro convivientes.
A todos se nos exige lo mismo: meses de depósito, seguros, contratos estables, sueldos que encajen en porcentajes irreales, avales, referencias. Como si el mercado laboral no fuera ya precario, temporal, discontinuo, cambiante. Como si la vida real no existiera.
Y luego estamos quienes elegimos formar una familia animal. No por capricho, sino por amor. Personas que adoptamos animales maltratados, abandonados, olvidados, para ofrecerles lo que debería ser un derecho universal: dignidad, hogar, alimento y afecto. A cambio recibimos una lealtad silenciosa, una presencia auténtica, un amor incondicional que sostiene incluso cuando todo lo demás falla.
Mientras el mundo se resquebraja y seguimos avanzando con un optimismo forzado, aparecen grietas por donde aún entra la luz. Personas que entienden que la precariedad ya no distingue especies, y que hoy no solo los animales necesitan ser rescatados, sino también los humanos.
Personas como Sabine
Sabine ha adoptado perros y gatos de protectoras; son su familia, su manada. Y hoy decide compartir su hogar, adaptarlo para ofrecer vivienda a otra persona. Con una sola condición: que esa persona tenga también una familia animal. Un perro, un gato, o ambos. Porque entiende. Porque le duele. Porque sabe.
Este gesto, pequeño y enorme a la vez, recuerda que aún es posible hacer comunidad. Que aún podemos cuidarnos entre nosotros cuando el sistema falla. Que no estamos solos, aunque a veces lo parezca.
Hacer manada no es un acto romántico: es un acto de supervivencia. Y quizá, también, el último refugio de lo verdaderamente humano.
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