Opinión
Eternamente Friends

Fotograma de la serie ‘Friends’
Aquellos que circunden la buena añada de mi generación seguramente recordarán que Mónica, Rachel, Phoebe, Chandler y Joey compartían piso en Nueva York. Cuando la trama de la serie Friends arrancó, sus personajes rondaban los veintitantos años, se sostenían con trabajos más o menos estables y convivían no sólo con problemas sentimentales, sino con la convicción, poco importa si real o ficticia, de que la vida estaba a punto de empezar.
Sin embargo, nuestra actualidad nacional dista mucho de esas experiencias. Aquellos que, hoy por hoy, quisieran rodar un paralelo de Friends en España tendrían que presentarse al casting no con veinte, sino con cuarenta años. Ni que decir tiene que no vivirían con sus amigos en el centro urbano, sino en los barrios o pueblos periféricos. Y lo que es peor: esa vivencia, posiblemente, no la disfrutarían como periodo de transición, sino como destino definitivo.
Seamos francos: En España, la serie Friends ha dejado de ser una comedia para pasar a catalogarse como ciencia ficción. Lo que antes era un punto de partida ahora es un punto muerto. El alquiler se ha convertido en un lujo, la compra de una vivienda en una quimera y la estabilidad en un concepto tan vintage como el sofá de escay de mi abuela, que en paz descanse.
Y podremos justificar eternamente la coyuntura actual a cuenta de las virulentas y abstractas sinergias del mercado, como si éste no fuera más que una fuerza natural o un fenómeno meteorológico irreversible; pero detrás del término, no lo olvidemos, afloran decisiones políticas, especulación inmobiliaria, fondos de inversión, salarios por debajo de la línea de flotación de la vida, así como un venenoso espíritu conformista, todo sea dicho, que potencia entre ciertos sectores de la juventud la insoportable cultura del pelotazo en contraposición a la del esfuerzo y la superación con el sudor de tu frente, y no con el sudor del de enfrente.
Sin embargo y con todo, ése es el panorama: trabajos temporales, contratos inestables y alquileres que devoran más de la mitad del ingreso mensual. Vivir solo y con dignidad se ha convertido, sencillamente, en un privilegio. Compartir piso ya no se dibuja con los colores de una atrevida temporada juvenil, sino como una estrategia de supervivencia. Como diría el poeta Ángel González, queda, quizá, la opción de vaciar el alma de cariño para llenarla de hastío e indiferencia, de resignarse a convivir con los padres o con desconocidos, a negociar turnos de baño y a subsistir con las maletas emocionales siempre a punto de partir.
Se acabaron las raíces, nada es definitivo, todo es provisional: el piso, el trabajo, los horizontes y, por supuesto, las relaciones. No vivimos, ensayamos. Ensayamos esa vida que nunca termina de empezar, mientras los progenitores, en silencio, sostienen con pensiones mínimas los gastos de hijos adultos y colaboran, cuando pueden y como pueden, con el abono de recibos, alquileres e imprevistos.
Y es que los padres, en su ancianidad colaborativa, se han convertido en la red de seguridad nacional que, con avales y paciencia, compensa las carencias de un sistema económico, formativo y laboral que hace aguas allá por donde se mire. Porque un país cuyos jubilados financian a los trabajadores, se mire por donde se mire, es un país que no funciona.
Y si fundar un hogar se considera un lujo, la vida en pareja se torna una heroicidad y los hijos en un imposible. Todo se posterga para más adelante, para ese porvenir que, como también refiere Ángel González, se llama porvenir porque no viene nunca.
Quizá dentro de veinte años tengamos una generación de cincuentones compartiendo piso, sin vivienda en propiedad, sin ahorros suficientes, sin estabilidad laboral. Una generación experta en resistir, pero agotada de sobrevivir. Adultos que han pasado la vida adaptándose a un sistema que nunca les dio tregua.
Tal vez entonces, alguien consagre una serie televisiva sobre ellos. Una comedia sobre personas que nunca dejaron de compartir habitaciones, que jamás pudieron independizarse del todo, que aprendieron a vivir en permanente provisionalidad. Y nos reiremos con ellos, como ayer nos reíamos con los personajes de Friends, aunque, tal vez, sin darnos cuenta de que lo que entonces nos parecía una ficción era, en realidad, el vaticinio de un futuro imposible.
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