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Opinión | Miércoles sociales

La grandeza de un país

Felipe VI señala que la grandeza de un país se manifiesta en cómo se enfrenta a las catástrofes, pero el artículo también valora la reacción de los ciudadanos frente a la adversidad

Los reyes Felipe VI y Letizia dan consuelo a los familiares de las víctimas después de la misa funeral en Huelva en memoria de las 45 personas fallecidas en el accidente ferroviario de Adamuz (Córdoba).

Los reyes Felipe VI y Letizia dan consuelo a los familiares de las víctimas después de la misa funeral en Huelva en memoria de las 45 personas fallecidas en el accidente ferroviario de Adamuz (Córdoba). / Clara Carrasco (EP)

La grandeza de un país se mide en su forma de reaccionar ante las catástrofes, ha dicho Felipe VI. Yo creo que también se mide en otras cosas, pero no es mala vara de medir la que utiliza el rey. En esa grandeza pesan los propietarios del bar de Adamuz que no cerró en toda la noche para atender a los familiares, los voluntarios, todo el personal sanitario y de protección civil, las fuerzas del orden… Todo aquel que por la obligación de su puesto, o por puro altruismo, o por una mezcla de los dos, arrimó el hombro la otra noche, cuando el cielo se desplomó sobre los pasajeros ajenos a la grieta que el destino acababa de abrir encima de sus cabezas. Lo otro, la abyección, no sé si es cuantificable. Cómo se mide la reacción del provocador profesional que enseguida llamó tercermundista a este país por interrumpir las comunicaciones o la maldita gracia de los que inmediatamente empezaron a lanzar bulos en internet.

Cuánto pesa la opinión de tanto experto en vías, en trenes, en revisiones. O a qué huele y sabe el kilo de la carroña de algunos medios en busca de la foto más impactante, la sangre más fresca, el amasijo (como si no hubiera otra palabra) que más pudiese doler. Eso también forma parte de este país. Esa gentuza.

La misma ralea que ha subido los precios de los billetes de los otros medios de transporte, los conocidos de los conocidos de los primos segundos de los muertos, que se lanzan a por un micrófono para hablar de lo que sea.

La grandeza de un país también debería medirse por el silencio, por el respeto debido a las cuarenta personas que han perdido la vida en un momento, en ese segundo de más o de menos en que el tren se salió de la vía.

Lo otro, buscar culpables, señalar al gobierno, insultar a los políticos, quejarse de la incomodidad de no poder usar el tren, recrearse en el dolor, puede esperar, incluso podría no suceder nunca. Ojalá así fuera.

En Adamuz la gente ha demostrado de cuánta humanidad se es capaz cuando otros seres humanos necesitan ayuda. No debería asombrarnos la reacción de quienes corrieron a salvar vidas. Debería ser la condición natural, no una vara de medir. Lo contrario es lo que tiene que asquearnos, y conseguir que apaguemos la televisión o bloqueemos a quien aprovecha un accidente para sembrar el odio. Nosotros también podemos sumarnos a la grandeza de este país.

Respetemos el silencio, callemos ante el dolor, reconozcamos el valor de quienes sí supieron estar a la altura. No caigamos en la vileza. No es buena época para dejar de ser humanos.

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