Opinión | El ruido y la furia
La lluvia
La lluvia, antes compañera de la melancolía, se ha transformado en una amenaza que despierta temor y presagios funestos

Una vecina de Grazalema (Cádiz) camina por una calle inundada. / efe
La lluvia ha parado la mañana, la luz ha depositado el tiempo en los cristales, todo se ha detenido. Tras las ventanas un alto desierto de grises, la soledad y el silencio de la lluvia sobre el mundo, todas las ausencias confluyendo en la memoria. Todo está aquí, en este instante, en esta luz que se escapa. Afuera, al otro lado, se abarrota de ausencia la calle, todo lo ahoga y lo calla la voz nítida del agua. Este sur que habito y que me habita siempre tan dado a la luz, al sol, al azul, confunde lluvia y abandono. De repente la tormenta aplaza todas las urgencias, impone una tregua o un letargo. Todo espera, todo se interrumpe menos Hellen Merril, que musita “Don’t explain” tiñendo la luz de azul bemol. en alguna parte, en otro febrero, alguien susurra la misma lluvia y apila los mismos escombros de palabras mientras el tiempo teje el olvido con delicadas hebras de agua. En los días de lluvia la luz parece venir de más lejos. Trae una voz, una palabra, un eco que nadie ha escuchado, que acaso viene del nombre o el canto o la sombra del pájaro azul del olvido. Así es la lluvia. Nunca se sabe lo que trae o lo que lleva.
Me cansan muchísimo los días de lluvia. Tengo escrito por ahí, en un poema olvidado (en un poema que acaso ya está perdido para siempre y del que solo queda ese verso como vestigio de que alguna vez existió, de que alguna vez lo escribí), que “siempre son más largos los días de lluvia”. Me refería, entonces, a esos días en los que el silencio solía tener más sentido que las palabras y era grato acomodarse junto a la ventana, bajo una húmeda grisura, mientras sonaba, contenido, el trémolo del agua en el cristal (la lluvia siempre está, o estaba, cerca de ser un canto). Era placentero, entonces, ser un tipo melancólico, tener un libro viejo entre las manos, oler su sudor de papel, rozar sus hojas cansadas, encomendarlo todo a la esperanza, y no tener miedo por nada.
Pero de un tiempo a esta parte la lluvia no es grata. De pronto la lluvia se ha vuelto un miedo, una psicosis, una trampa, un peligro que se lo lleva todo por delante, que todo lo arrasa y lo destruye. Por eso ahora oye uno llover y se asusta y se le vienen a la cabeza presagios funestos de destrucción y barro.
Dicen los expertos que esto ya será siempre así, que es el cambio climático, que no hay vuelta atrás. De modo que ahora, cada vez que la lluvia abra sus ventanas, un desasosiego blanco me subirá a las palabras y tendré esta sensación de haber perdido la lluvia y ganado una amenaza, un temor, una sombra.
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