Opinión | Tribuna
Querido diario
Tras una operación y una posterior intervención pública, el autor comparte en su 'diario' reflexiones sobre la vida y la filosofía, con la inspiración del filósofo Francisco Jarauta

En lugar de pedir el libro de reclamaciones me abrazaron y besaron de corazón. / l.o.
Hace meses que fui consciente de que mis colaboraciones en este periódico estaban dejando un rastro de mi memoria a los lectores, casi involuntario. Nunca he tenido la tentación de escribir un “diario”. Siempre he pensado que era una tarea excesivamente egocéntrica y que, como género, resulta un poco cursi, afectado por los males de una subjetividad desbocada y narcisista, que poco puede contribuir a la construcción de la memoria colectiva de esa sociedad amante y risueña que aspiro a conocer en un futuro no muy lejano. Mis amistades fieles en la lectura de mis escritos me han confirmado mis sospechas. Me han descubierto. ¿Me habré convertido en un solipsista debido a la veneración que profeso al ‘Tractatus’ de Wittgenstein? Por cierto, el filósofo austriaco escribió páginas fascinantes en sus “Diarios Filosóficos” en las trincheras de la Primera Guerra Mundial.
Por eso les voy a hablar hoy de la magia intelectual del filósofo Francisco Jarauta (Zaragoza, 1941), catedrático de filosofía de la Universidad de Murcia. Al observar las huellas de su memoria en innumerables escritos y conferencias nos damos cuenta fácilmente de las virtudes de los artífices de la historia de la cultura y de aquellos que están dispuestos a defender el enciclopedismo, dejando que la erudición corra, viva, por sus venas. Es una muestra fehaciente de cómo vencer la perplejidad y la incertidumbre que se apoderan del “nosotros” que también somos, especialmente en tiempos convulsos y marcados por una velocidad excesiva. De esta pasión también participan mis amigos Sebastián Gámez y Francisco J. Fernández, compañeros de la Asociación Andaluza de Filosofía. Lo hacen casi a contracorriente. El libro ‘100 filósofos y pensadores españoles y latinoamericanos’ de Sebastián Gámez (2016) o las investigaciones poliédricas de Francisco J. Fernández son claras pruebas de lo que digo. La experiencia docente de este último tiene fiel reflejo en su libro ‘Lycofrón. Diario de clase’ (2021). Fran también se ha atrevido recientemente a honrar la memoria del género del diálogo de Sócrates-Platón y los vericuetos del lenguaje en ‘El Banquete de los Atrabiliarios’ (2025), donde se llega incluso a anteponer la filosofía a la vida.
Para Platón de Atenas el proceso dialéctico que lleva al alma humana desde los niveles inferiores de conocimiento y de realidad hasta el conocimiento superior de los objetos del mundo inteligible se concibe como un proceso educativo, como un proceso de “formación”, en el que se produce un cambio de mirada. Y los viajes y los museos han sido dos modos de acometer con éxito la empresa de formación del ciudadano desde el advenimiento de la modernidad, casi en clave platónica: hay que encontrar el secreto para limar las imperfecciones de la condición humana y procurar su acercamiento al ideal de excelencia en el ámbito individual y social.
“La casa de Goethe en Weimar” fue el título de una conversación-intervención del filósofo Francisco Jarauta, que tuvo lugar en junio de 2021, en el Ciclo “Palacios de la Memoria” organizado por la Casa Gerald Brenan de Churriana-Málaga. Como Goethe, el profesor Jarauta –a quien tuve ocasión de escuchar ya a mediados de los ochenta- es un fiel seguidor de la sana costumbre, tanto ilustrada como romántica y practicada con destreza por Brenan o la Institución Libre de Enseñanza: aprender en movimiento gracias a los viajes. Reconozco, a pesar de mis prejuicios hacia los diarios, que muchos libros de viaje nos han legado testimonios reveladores. Los diarios a los que me refiero nos permiten desentrañar con cierta precisión la madeja de la historia de las formas de pensar, sentir y actuar. No en vano, Goethe recibió el regalo del Diario de Viaje de su padre como signo del inicio de su marcha hacia la madurez. De este modo, Francisco Jarauta nos regaló a los asistentes las coordenadas de su brújula y su mirada dialéctica recorriendo lentamente los gestos de la respiración de la ciudad de Weimar en tiempos de la Duquesa Ana Amalia de Sajonia y su corte ilustrada (aunque “no despótica”). Las explotaciones mineras del pasado habían dejado a la vista del viajero la herrumbre producida por la oxidación y un espacio poco acogedor para el pensamiento, pero la Duquesa quiso torcer el destino invitando a vivir en él, entre otros, al joven Goethe, quien publicara su ‘Werther’ a los veinticuatro años, anunciando que no solo la Razón era sujeto de derechos: la vida también está hecha con los mimbres de los sentimientos. Pero lo que importa aquí en la casa que habitó Goethe, la paleta de colores pastel que nos acompañan, la preeminencia del amarillo, la sobriedad de las estancias a pesar de la decoración que impone el rococó y, sobre todo, el imperio del jardín. El profesor Jarauta nos mostró, en definitiva, que es posible que una casa se convierta en museo e incluso en lugar de peregrinaje para las “almas bellas” schillerianas.
El Museo es una institución moderna que hunde sus raíces en el coleccionismo público y privado alumbrado y consolidado en tiempos de la Ilustración del siglo de las Luces. No obstante, la ingente colección de objetos artísticos acumulada en las enormes salas de los museos del siglo XIX acogía huérfanos procedentes, en muchos casos, del saqueo de los bienes culturales de las naciones doblegadas y ocupadas por las potencias coloniales, algo que puede atentar contra las buenas costumbres. Curiosamente, a principios del siglo XX, las vanguardias formularon una aguda crítica a la institución museística, alentando la “museofobia”. Marinetti, por ejemplo, bautizó como “cementerios” tanto a museos como bibliotecas y planteó su inmediata destrucción junto con la memoria del pasado. Para aumentar la velocidad es preciso desprenderse de todo lo que suponga un lastre. Jean Cocteau afirmó también, sin pestañear, que el Louvre era un pestilente “depósito de cadáveres”. Es un hecho que los arquitectos vanguardistas apenas proyectaron y erigieron museos, a diferencia de sus homólogos decimonónicos. Hoy en día, el museo (tan presente en la vida cultural de la ciudad de Málaga desde 2010) ha abandonado su estigma elitista como enclave legitimador de la “alta cultura” y se ha transformado en un espacio urbano dotado de sentido y en un centro de atracción turística. Esta última circunstancia es un buen argumento para los partidarios de la “museofobia”, dado que el peregrinaje de las masas convierte a los museos en uno de los eslabones despreciables de la cadena del consumo que padecen no pocos malagueños. Sea como fuere, hay todavía locos o nostálgicos de la Ilustración como yo que no queremos renunciar tan fácilmente a los hilos de la memoria cultural. Y pienso que la casa-museo es un espacio idóneo para practicar “el brindis por la Humanidad” que frecuentaron Goethe y Schiller a medio camino entre Weimar y Jena. ¿La clave está en la redefinición de la institución museística revisando de manera sana y atenta lo que implica la formación en la vida del ciudadano? Por otra parte, constato que mi “diario” en este Diario es una modesta casa-museo que habita dentro de mis escritos.
El pasado viernes 30 de enero tuve ocasión de defender una ponencia sobre “El arte de la argumentación racional” en las I Jornadas de Didáctica de la Filosofía de Castilla-La Mancha celebradas en Ciudad Real. Lo cierto es que hablé bastante poco del tema previsto a cambio de compartir con los asistentes mis vivencias con el cáncer y las reflexiones sobre el sentido de la vida, en un acto que podría recordar las reuniones de los adictos al alcohol o al sexo de las películas americanas. Fue mi primera intervención pública tras la operación que borró el esófago y gran parte del estómago de mi cuerpo serrano y, como daño colateral, paralizó el nervio recurrente izquierdo y, con ello, una de las cuerdas vocales. Actualmente, y a la espera de que mis cuerdas vuelvan a abrazarse para vibrar como es debido, he dejado de susurrar para adoptar una voz que recuerda al gran Pepe Isbert buscando a Chencho en la Plaza Mayor de Madrid o incluso a D. Vito Corleone en la película ‘El Padrino’ (1972) de Francis Ford Coppola. Para ganar en confianza, me ayudó mucho dirigirme a parte de “mi familia” filosófica con el cariño y las facilidades técnicas de los organizadores, y que mi amigo José Luis Tricio, filósofo, matemático y antiguo director del IES Capellanía de Alhaurín de la Torre me llevase a Ciudad Real en su Alfa Romeo, venciendo cualquier pereza, en vista de que el acceso por tren era imposible, y me devolviese a la “Ciudad del Paraíso” renovado y orgulloso de su amistad. También empleé como muleta discursiva ese tono reposado, con el que parece saborear cada palabra, que Francisco Jarauta adopta en sus conferencias. Los días previos al evento escuché con atención y paz los testimonios sonoros depositados en la red del filósofo de Zaragoza asentado en Murcia, casi en secreto. También recordé gratamente las disquisiciones del filósofo zamorano Agustín García Calvo en el pub Manuela del barrio madrileño de Malasaña. Hablaba como un griego antiguo, declamando con su peculiar mostacho y patillas decimonónicas. Cerca de él, Francisco Umbral agitaba los hielos de su whisky muy cerca de la piel de una mujer y un cretino le preguntaba a García Calvo si la velocidad del pensamiento podría sobrepasar la velocidad de la luz. A pesar de que no cumplí mi promesa de hablar de los placeres de la argumentación racional y de la lógica, en general, algunos de los asistentes se acercaron a mí al final del acto de Ciudad Real. En lugar de pedir el libro de reclamaciones me abrazaron y besaron de corazón. Mi discurso errático y visceral había conseguido, al parecer, el deseado efecto de catarsis que Aristóteles prescribe para la tragedia. Muchos nos vimos reflejados (nos conocimos y reconocimos) en los espejos ajenos y compartimos huellas y rastros de esa casa-museo que habita en nosotros, con sus luces y sus sombras. Y con ello, edificamos nuestra memoria personal y colectiva.
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