Opinión | Tribuna
Cánovas en Roma: Años felices (1855-57)
El político malagueño Antonio Cánovas del Castillo disfrutó de una etapa feliz en Roma como Agente de Preces, entre 1855 y 1857, un periodo que recordaría con gusto años después.

Antonio Cánovas del Castillo / L.O.
“He pasado en esta ciudad el periodo más feliz de mi vida que siempre recordaré con gusto, pero mi misión aquí ha terminado…”, Así le contaba por carta Cánovas a su amigo Antonio M.ª Fabié la corta pero intensa experiencia vivida en Roma mientras ejercía de Agente de Preces. Porque nuestro personaje consiguió ser nombrado para ese ansiado puesto, que le proporcionaría una temporada llena de favores y beneficios, gracias a sus méritos e influencias. Ser Agente de Preces ante el Vaticano suponía en aquellos momentos históricos ser algo así como el embajador de España ante el Estado Pontificio. Rotas las relaciones diplomáticos entre ambos Estados por las diferencias entre los respectivos gobiernos de la Reina Isabel II y el Papa Pio IX, alguien tenía que hacerse cargo de presentar ante la Curia Vaticana la documentación de las solicitudes de los obispos españoles para la nulidad de los matrimonios, por ejemplo, que eran muy frecuentes. O hacerse cargo de los fondos de los Lugares Píos o pagar las cuotas correspondientes de cuantas gracias apostólicas se concedieran a los fieles católicos. En fin, una serie de negociaciones que obligaban a quien ocupaba el puesto de Agente de Preces relacionarse con los altos mandatarios de la Curia Romana y frecuentar las celebraciones de la alta sociedad de Roma, parte de su actividad diplomática. Tenía Cánovas 27 años, diputado en las Cortes y todavía soltero, cuando tomó posesión de su cargo en Roma en agosto de 1855; abandonó aquella ciudad en marzo de 1857. El periodo, según él, más feliz de su vida.
Y con toda la razón del mundo. Alejado y libre de los conflictos entre Espartero y O¨Donnell, y de las trifulcas entre políticos de aquellos años en la capital del reino, en Roma la vida le sonreía. Con criados y lacayos a su servicio, carruaje a su disposición, retribución más que suficiente para comprar libros, viajar y ahorrar...porque gastaba poco; vivía a mesa puesta, casa noble en la zona más distinguida según las exigencias de ambos protocolos, y el servicio doméstico de lujo. En lo que sí gastaba era en libros. “Llevo un baúl atestado de papeles y un fardo de libros curiosos…”, le decía a Fabié. Y en viajar: “Arrebatado por la admiración que le merece Italia toda” según sus biógrafos, recorre la península itálica de cabo a rabo: Turín, Génova, Florencia, Nápoles, Liorna, Venecia… Y La Ariccia, la villa próxima a Roma que le seduce y a la que dedica un extenso artículo de cinco capítulos, en el tomo dedicado a Miscelánea Humanística de sus Obras Completas, desgranando las emociones, sensaciones, bellezas de aquel lugar, “escondido valle al pié de altas colinas , estribos de montes latinos, en la vecindad del mar que lo orea con sus brisas apacibles y en el lecho de un lago ya exhausto…”
Si la vida me diera la oportunidad de volver a Roma, me acercaría hasta Ariccia, seducido yo también por la descripción que hace Cánovas de aquel rincón del Lacio: Saldría hacia el sur por la Via Appia y en quince minutos llegaría a las puertas del valle. Me detendría y me pondría a leer el artículo La Ariccia”, publicado a los pocos meses de haber regresado de Roma, en la revista “La América” , resumen del anterior citado, donde hace un bello relato de los mitos y leyendas de la antigua villa prerromana. “Salgamos de Roma por una de sus puertas… la via Appia está allí todavía, y por entre sus largas hileras de sepulcros nos puede conducir a los montes azules que limitan por parte del sur la campiña romana; salgamos… no tardaremos en hallar lugares de humilde nombre, la Ariccia sin ir más lejos, donde dar reposo al ánimo harto por ventura de la inmensidad y de asombros en la metrópoli.”
Disfrutaré continuando su lectura, pues es un texto lleno de sabiduría histórica y composición literaria de bello y hermoso contenido: “Viven sin embargo aquellos lugares embellecidos por las más dulces de las tradiciones y las más grandes de las historias, Viven y en ellos vive Ariccia… en los exiguos restos de su belleza clásica, en las memorias y despierta en el alma cada una de sus piedras, cada una de sus colinas, sus fuentes, sus prados, la naturaleza entera que la rodea…” Podemos decir, creo que sin equivocarnos, que Cánovas se muestra como escritor maduro, construido a base de largas lecturas – la historia, siempre la historia, su gran vocación, más aún que el periodismo, que le serviría de trampolín para la política, su gran ambición-. A la vez muestra una gran sensibilidad y riqueza de emociones, dejándose llevar por ellas hasta lo más profundo del ser humano. Se advierte la influencia del romanticismo imperante que le rodea; a pesar de su retórica largamente cultivada, en esta ocasión no resulta tan pesado, ni frio; más bien emocionado ante un paisaje descubierto por sus ojos observadores y su espíritu delicado. Es un Cánovas nuevo y distinto., escritor cultivado, logrando hacer literatura en toda su pureza.
198 años de su nacimiento
Cuanto haya escrito hasta aquí en esta página, querido lector, se debe a mi humilde homenaje al malagueño más ilustre entre sus hijos en el siglo XIX. Hoy, 8 de febrero, se cumplen 198 años de su nacimiento. A pesar del tiempo transcurrido y otras distancias, sigue vivo mi recuerdo y el compromiso de romper el estigma del “Cánovas, olvidado”. Se abren las puertas a una efeméride a celebrar con todos los honores: el II Centenario del nacimiento de Antonio Cánovas del Castillo. Málaga, su ciudad natal, debe ser el epicentro de dicha celebración en todo el Estado y a ello nos afanamos. Quedan todavía dos años, tiempo necesario para que la ciudad haga algo. Pero no cualquier cosa. Por ejemplo, conseguir allanar el camino para construir el Centro Cultural Cánovas en las ruinas de calle Nuño Gómez donde vio la luz y quien tenga el poder, parodiando a Becquer que tomó las palabras evangélicas del milagro, diga : ¡Levántate y anda!
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