Opinión | La vida moderna merma
El Diamante: la Málaga que llora lo que no consume
Como siempre, ¿culpamos al sistema, al alquiler, al turismo, a la globalización asesina, a la ultraderecha o a la conspiración de las multinacionales contra el pequeño comercio?

Cartel de 'El Diamante', que echa el cierre tras 77 años de desayunos / Álex Zea
Hace unos días desayunamos -nunca mejor dicho- con la noticia de que El Diamante, ese refugio sencillo en pleno centro de Málaga donde la leche con fresa sabía a nostalgia y el pitufo de salchichón no necesitaba Instagram para ser icónico, cerraba sus puertas. O, más exactamente, sus puertas operativas, porque el local podría reabrir con nuevos dueños -pero sin Francis ni Mariví tras la barra, y sin esa familiaridad que convertía cada café en un pequeño ritual diario.
No era un sitio lujoso. Ni siquiera servían el pan en un plato decente, sino en la bandejita de cartón que sostenía el pan tostado -un gesto que hoy, en la era del aguacate, los bowls de quinoa y los smoothies multicolores, resulta casi un acto de contracultura gastronómica.
Y, sin embargo, ahí estaba el templo de la leche con fresa en una calle oxigenada de guiris en un centro colapsado. Ahora, ese rincón se apaga. Y la ciudad vuelve a lamentarse. Otra vez. Con el tono de duelo solemne que usamos cuando cerramos un negocio de los de siempre.
Y ahí está el quid de la cuestión. Nos quejamos, nos lamentamos, elevamos el recuerdo a categoría de mito urbano… y acto seguido volvemos a nuestra rutina de consumo destructivo. ¿De verdad alguien se sorprende de que lugares como este desaparezcan? De hecho, ¿estamos dispuestos a asumir siquiera una pizca de responsabilidad? O, como siempre, ¿culpamos al sistema, al alquiler, al turismo, a la globalización asesina, a la ultraderecha o a la conspiración de las multinacionales contra el pequeño comercio?

Cafetería El Diamante, abierta desde 1942 / Álex Zea
La realidad -esa que preferimos ignorar- es más cruda y prosaica. Los negocios de siempre cierran principalmente por dos razones que muchos no quieren mencionar en voz alta: falta de clientela estable y ausencia total de relevo generacional. Esos mismos locales que veneramos cuando cierran no tenían filas de jóvenes emprendedores dispuestos a recoger el testigo. Y no porque la maldad del mercado o el capitalismo salvaje lo impidiera, sino porque el tejido social ha cambiado. Y no necesariamente a mejor.
Vivimos en un mundo donde muchos jóvenes -no todos gracias a Dios- aspiran a ser creadores de contenido como si eso fuera un oficio sostenible. Les sobra ambición de likes y les falta gusto por el sudor de la frente. Porque, al contrario de lo que algunos piensan, un desayuno en una cafetería antigua no se sostiene con filtros de Instagram ni con hashtags trendy. Se sostiene con clientes habituales, con constancia y con el pan vendido cada día.
Y mientras tanto, muchos consumidores de Málaga -sea por moda, tendencia o simple postureo- prefieren desayunos con toppings de pistacho, aguacate y fotografías para turistas antes que ese clásico que no quedó registrado en ninguna historia viral. ¿Cómo va a sostenerse un negocio así en un entorno donde el desayuno perfecto es sinónimo de un plato que no cabe entero en una foto de perfil? Cuando Instagram dicta la gastronomía y no la necesidad de alimentarse, estamos perdidos.
Pero no nos equivoquemos. La culpa no la tiene solamente el consumidor moderno. También nos concierne a nosotros, a nuestra incapacidad de repensar hábitos, de preguntarnos si ese bar de toda la vida lo visitamos porque lo amamos o solo porque ahora lo añoramos. Porque hay un momento en el que el lamento deja de ser homenaje y se convierte en pura hipocresía.

La antigua estantería del bar El Diamante. / Paula Tigges
Nos escandalizamos cuando desaparece una tienda de ropa emblemática de Málaga, pero compramos al día siguiente en Temu o Shein porque es más barato… y porque, seamos francos, a muchos no os importa dónde se cose la prenda ni quién la hizo. La única marca que importa es la etiqueta del precio. Luego nos preguntamos por qué el comercio tradicional no puede competir. Spoiler: no es magia negra; es elección individual, una elección que hacemos todos los días, varias veces al día.
Lo mismo ocurre con las cafeterías, las papelerías de barrio, los restaurantes con solera, los negocios familiares de generaciones enteras. Los lloramos en redes, colocamos fragmentos de historia en pancartas digitales y, acto seguido, nos vamos a comer un poké que tardará menos en digerirse que en caducar en el frigorífico. Es casi una performance de autoengaño colectivo.
Podría decirse que Málaga, como muchas otras ciudades, está en una deriva que mezcla nostalgia con consumismo acelerado. Pero la verdadera tragedia no está en que El Diamante cierre -que lo está- sino en que nos cuesta asumir que somos parte del problema y, si quisiéramos, también podríamos ser parte de la solución.
Sí. Asumir responsabilidad suena a frase de cuño barato -como muchas de las que adornan nuestros muros de Facebook cuando algo tristemente histórico desaparece-. Pero ahí está la clave. Si queremos que sobrevivan más negocios clásicos, tal vez deberíamos consumirlos cuando están vivos, no cuando ya son leyenda urbana para artículos de nostalgia.
El Diamante se va -al menos en su forma original-. Y con él se marcha un trozo de esa Málaga que se toma sus costumbres con cariño, sin necesidad de selfies ni posts de Instagram. Tal vez, solo tal vez, lo que nos queda por cuestionar no es por qué cierran estos lugares… sino por qué nosotros preferimos no ver nuestra mano empujando esa puerta que se cierra.
Viva Málaga.
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