Opinión | Mirando al abismo
Educar no es fácil
La permisividad y la falta de límites en la educación, delegando responsabilidades, han generado una generación que tolera mal la frustración y ve cualquier límite como una agresión

Vista de un aula en un colegio en el comienzo del curso escolar 2025-2026 / EFE
Algo se ha roto en el espacio público. No de manera espectacular, sino a base de pequeñas grietas cotidianas: una conversación imposible en una cafetería, una película arruinada por gritos y móviles encendidos, una tienda donde el respeto ha desaparecido y el trabajador aguanta estoicamente lo inaguantable. No es nostalgia ni exageración. Es la constatación de que el nivel educativo, no el académico, sino el cívico y moral, ha descendido de forma alarmante.
Hoy resulta cada vez más difícil disfrutar de lo común porque lo común ha dejado de ser de todos. Las normas básicas de convivencia, esas que no estaban escritas pero que todos conocíamos, parecen haber sido abolidas por una generación que se siente intocable. Muchos jóvenes se comportan como si fueran los dueños del espacio, del tiempo y de la paciencia ajena. Desafían a adultos, a profesionales, a autoridades y a cualquiera que ose recordarles que no todo vale.
El problema no nace en ellos. Ningún niño nace creyéndose el rey del mundo. Ese convencimiento se aprende. Y se aprende, sobre todo, en casa. Durante años se ha vendido la idea de que educar con respeto significaba no poner límites, no frustrar, no decir “no”. Se ha confundido la empatía con la permisividad y el acompañamiento con la dejación de funciones. Educar no es ser colega, ni espectador, ni cómplice. Educar es asumir la responsabilidad incómoda de marcar fronteras.
Muchos padres, no todos, pero sí una mayoría preocupante, han renunciado a su papel educativo por miedo a traumar, a ser impopulares o, simplemente, por cansancio. Se ha delegado en la escuela, en las pantallas y en la sociedad una tarea que es irrenunciablemente familiar. El resultado es una generación que tolera mal la frustración, que no acepta la autoridad y que interpreta cualquier límite como una agresión. Las consecuencias están a la vista. Profesores desbordados, comerciantes exhaustos, trabajadores del ocio convertidos en niñeras involuntarias y ciudadanos que evitan salir porque el espacio público se ha vuelto hostil. Hemos normalizado conductas que antes habrían sido motivo de corrección inmediata. Y al hacerlo, hemos empobrecido la vida colectiva. No se trata de demonizar a los jóvenes, sino de exigir responsabilidad adulta. La educación respetuosa no es permitirlo todo; es enseñar a convivir. Implica normas, consecuencias y ejemplo. Respeto no es ausencia de límites, sino comprensión de por qué existen. Un niño al que nunca se le pone freno no crece libre: crece perdido.
Como sociedad estamos recogiendo lo que hemos sembrado. Y si no queremos que el deterioro continúe, habrá que recuperar una verdad incómoda pero esencial: educar cansa, confronta y exige. Pero no hacerlo sale mucho más caro.
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