Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Tribuna

Málaga

La claridad tras el temporal: el lienzo del perdón

Un nazareno de Mediadora porta un cirio, con una estampa de la Virgen, que será prendido para simbolizar la fe.

Un nazareno de Mediadora porta un cirio, con una estampa de la Virgen, que será prendido para simbolizar la fe. / Álex Zea

Nuestra luz puede resurgir como la aurora, tras las grandes lluvias y los días grises por los que estamos pasando. Puede resultar excesivamente poético, pero es una idea que me resulta hermosa y rotunda. Esa claridad no llega por azar ni por un simple giro del destino; es una luz que nace cuando nos decidimos a compartir sin buscar nada a cambio, cuando elegimos querer de verdad, sin condiciones, y, sobre todo, cuando nos atrevemos a realizar el acto más revolucionario de nuestro tiempo: perdonar de corazón.

A cualquier hora del día, el mundo nos ofrece motivos para el ruido y el conflicto. Vivimos bajo el dominio actual de unas redes sociales sin las que parece que no podemos respirar, pero que a menudo se convierten en cajas de resonancia para la crispación. En ese escaparate digital, el enfrentamiento suele tener más eco que la palabra amable, y la crítica destructiva viaja más rápido que el elogio sincero. Sin darnos cuenta, tras el paso del temporal diario, vamos acumulando sombras en el ánimo: un mal gesto recibido, una decepción inesperada o un roce digital innecesario que se queda guardado en el subconsciente, como ese barro denso y persistente que dejan las lluvias torrenciales al retirarse.

Como profesor, sé por experiencia que no se puede enseñar con claridad si la pizarra está empañada o llena de restos de lecciones pasadas que ya no sirven. Y como diseñador, entiendo que tampoco se puede proyectar una idea sobre un papel que está manchado o arrugado. Para que una obra resulte bella y el trazo sea fiel a la intención del autor, el soporte debe estar impecable. La pureza del resultado depende, inevitablemente, de la honestidad de la base.

En nuestra vida espiritual y cofrade, ocurre exactamente lo mismo. Ojalá se cumpliera siempre esa máxima del “tanto monta, monta tanto” entre lo que decimos ser y lo que realmente hacemos dentro de nuestras hermandades y cofradías. El rencor no es solo un sentimiento amargo; es esa mancha persistente que ensucia el alma y nos impide reflejar lo que de verdad somos. No podemos pretender ser buenos hermanos, ni portar con orgullo nuestra medalla, si llevamos el corazón cargado de sombras y cuentas pendientes.

Cuando decidimos quitar todo ese peso que nos acecha, cuando soltamos el lastre del orgullo, estamos borrando las manchas de nuestro lienzo interior. Solo mediante ese ejercicio de limpieza profunda dejamos el espacio libre para que la luz de Jesucristo se refleje en nosotros sin obstáculos ni distorsiones. Un espejo roto o sucio solo devuelve una imagen fragmentada; un alma en paz, en cambio, se convierte en un faro.

Desde nuestras hermandades y cofradías estamos llamados a ser precisamente eso: espejos limpios en medio del ruido y del desconcierto del mundo. No somos islas, somos comunidad. Y lo más esperanzador de este camino es que la luz es profundamente contagiosa. Cuando uno de nosotros se atreve a perdonar, a tender la mano al que erró y a limpiar su propio reflejo, el hermano que está al lado siente ese calor y se ilumina también. Es entonces, cuando la caridad vence finalmente a la mancha del rencor, cuando nuestras corporaciones dejan de ser simples asociaciones para convertirse en lo que deben ser: un cuerpo vivo donde todos, unidos y renovados, empezamos por fin a brillar.

Tracking Pixel Contents