Opinión | Parece una tontería
En el mueble de la entrada
Este espacio, que adopta múltiples formas, desde estanterías hasta cómodas, es el destino de objetos olvidados, necesarios o que sacan de apuros

Recibidor / L.O.
En mitad de una novela, ya no sé si Reliquia, Luna Park o Las jefas, pues encadené unas con otras en unos pocos días, leí cómo un personaje daba indicaciones a otro para encontrar algo -ya olvidé el qué- en el mueble de la entrada. Ese «En el mueble de la entrada» produjo una interrupción brusca y hermosa de la lectura, que conectó entre sí todas las veces que oí o dije «En el mueble de la entrada». Quizá el mueble de la entrada sea uno de los referentes espaciales más humildes a la vez que más célebres. Muchísimas cosas, imprescindibles para el desempeño de la vida, desembocan ahí por un tiempo. Porque la vida en este mundo, a la vez que una serie de constantes vitales que remiten al cuerpo y la naturaleza, es una exhaustiva colección de objetos provistos de cierta utilidad. Muchos de los cuales han de posarse en el mueble de le entrada.
Decir «mueble de la entrada» favorece nuestra orientación tanto como «tienda de la esquina», «hermano de tu padre», «tostonazo de libro», «cajón de las bragas»... Es un neón de significados, un enunciado que guía sin posibilidad de pérdida a cualquiera que lo oiga.
El mueble en cuestión adopta muchas formas. Mueble, por otra parte, es casi todo a estas alturas. Si nos ponemos, incluso algunas personas, por su pobrísima contribución a su entorno y a la vida de los demás, se quedan en muebles. Otras veces se funden «con» los muebles, en especial el sofá. El mueble de la entrada, en todo caso, no remite a una imagen unívoca como hacen la cama, el armario, la mesa. El famoso mueble de la entrada puede consistir en una estantería, un aparador, una cómoda, una rinconera, casi todo. Una vez un amigo, durante la época que vivía con dos compañeros de piso, escuchó cómo uno de ellos, con una pierna rota, le dio instrucciones desde el baño para que le acercase las muletas. «¿Dónde están?», preguntó mi amigo, después de buscar sin éxito en un par de estancias. «En el mueble de la entrada», le precisó el otro. Aquel piso estaba tan desangelado que carecía de mueble de entrada. «¡Sí, hombre, en el paragüero!», gritó el tercer compañero desde la cocina.
Todo lo que buscas, lo que alguien no sabe dónde está, lo que te olvidaste, lo que cualquiera va a necesitar, lo que se oculta, lo que va a sacar a uno de un apuro, lo que tenías en la mano y posaste en alguna parte, a buen seguro está milagrosamente en el mueble de la entrada. Nunca decepciona. Ni siquiera cuando es feo. Acude siempre a tu rescate. Es la primera visión de una vivienda al acceder a ella y la última al abandonarla. Tal vez diga algo de las personas que residen en la casa. En el mío hay un recipiente con llaves, una estatua de mi padre, un viejo teléfono de disco inútil, las obras de Joyce, Virginia Woolf y Gay Talese, además de los cuatro tomos del Diccionario de Filosofía, de José Ferrater Mora. También hay una correa de perro, caramelos, fotografías, pañuelos, gafas de sol, metro, bolígrafos, una lámpara, post-its, etcétera, siendo, quizá, la parte más interesante justo ese «etcétera».
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