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Opinión | Tribuna

Sobre responsabilidades y culpas

Si alguien declarara que admite que algo se ha hecho mal hasta ahora y que se escuchará a las partes implicadas para promover pactos y consensos, lloraría de la emoción

Combo con carteles electorales de partidos políticos.

Combo con carteles electorales de partidos políticos. / efe

Desde pequeños buscamos culpables de lo que nos sucede. Si se rompe un juguete, miramos a nuestros hermanos. Si no nos gusta la comida, cuestionamos las habilidades culinarias de mamá. Si nos suspenden, el profe nos tiene manía. Si no nos escogen para el papel protagonista, es que el director tiene enchufada a otra. Si engordamos, es por nuestro metabolismo lento (que podría serlo, pero no siempre lo es). Si no hacemos deporte, es porque el gimnasio nos queda lejos. Si la calle está sucia, es porque los del servicio de limpieza son ineptos. No me ascienden porque no me valoran. No ganamos los partidos de fútbol porque los árbitros están comprados. Así podríamos continuar hasta el infinito y más allá. La realidad es que quien se queja, no mejora la situación porque son los otros quienes tienen la sartén por el mango. El mundo contra mí y no hago nada por hacerlo más bonito, más amable.

Otras personas descartan la culpa y la transmutan en responsabilidad individual. Ahí sí agarramos el mango de la sartén. No he aprobado porque no he invertido el tiempo suficiente estudiando. Solución: hincaré más los codos. Me han puesto una multa porque, mientras conducía, hablaba con mis amigas teléfono en mano. Solución: cumpliré las normas (y pagaré unos euritos). Mis compañeros de oficina no confían en mí porque nunca cumplo con mi parte. Solución: completaré el Excel y lo entregaré a tiempo. ¿No metemos goles ni a la de tres? A lo mejor deberíamos renovar nuestra forma de jugar, funcionar como un equipo y no como una pandilla de egos que corren como pollos sin cabeza.

La parte extrema de esta actitud es creer que somos responsables de todo y que merecemos cualquier calamidad que nos suceda. Conozco a alguna mujer y a algún que otro hombre que, en lo más profundo de su ser, están convencidos de que algo han hecho para que su pareja les hable mal o les profiera exabruptos. También hay padres que piensan que podrían haber evitado los problemas en los que sus hijos se han acabado metiendo. Y he estado con adolescentes que se sienten raros y que no encajan en ningún estereotipo juvenil y justifican el acoso de sus compañeros de clase. Se sufre mucho siendo así.

El lugar en el que somos testigos directos de estos comportamientos es en el ruedo político. Si hubiera un partido que dijera: «Aceptamos que existe este problema y vamos a hacer lo posible por ponerle solución o por paliar sus consecuencias», lo votaría. Si alguien declarara que admite que algo se ha hecho mal hasta ahora y que se escuchará a las partes implicadas para promover pactos y consensos, lloraría de la emoción. Y si un representante público tuviese la valentía de aceptar su responsabilidad en algo, eso ya sería el non plus ultra. Pero no. Cada día despertamos con la declaración de uno que refuerza la culpabilidad del otro, el «y tú más», el señalamiento, el afeamiento de la conducta que no sea la propia y, por tanto, la polarización. Quizás conviene preguntarnos si los demás son culpables de todo esto o si tenemos cierta responsabilidad y, por ende, podemos contribuir a mejorar, aunque solo sea un poquito, la situación. Voto por lo segundo.

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