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Opinión | Málaga de un vistazo

Tormenta y barro

Grazalema durante las últimas borrascas.

Grazalema durante las últimas borrascas. / EFE

Sigue el tren de borrascas recorriendo la península y volcando toda el agua almacenada en sus interminables vagones sobre una tierra que ya no tiene forma de contenerla. Y se desborda, inundando todo de fango, desalojos y urgencias. Llueve sobre muy mojado y se multiplican los problemas e incidencias provocadas por temporales que no se sabe muy bien si nos han cogido cariño o nos tienen rabia. Pero se ha aprendido la ruta y no encuentra la aguja que lo desvíe. Tantos años de sequía terminados de golpe con tierras anegadas hacen preguntarse si era mejor toda esa sed o tanta agua.

Tras tantos días lloviendo. Sin descanso. Ahora sí que ya está todo empantanado en sentido literal y figurado, en la realidad política, social y orográfica. Todo son charcos, donde algunos se meten alegremente y a otros tristemente los tiran. Impregnado de lodo todo, por las calles y en las noticias. Sube el nivel del agua, baja el de la tolerancia. Unos que no se mojan mientras otros echan más agua y unos terceros se ahogan en el mar de la ignorancia, de ser ignorados, sin auxilio, exiliados de una tierra que los expulsa como barro río abajo.

Dicen que después de la tormenta llega siempre la calma, pero últimamente todas las tormentas terminan con otra más brava. Es la actualidad de los extremos. La que nos toca. La del todo o nada. En el término medio no queda casi nadie ni casi nada. O sequía o mares de agua, o amor desmesurado u odio incontrolable, o lógica aplastante que inmoviliza o disparates que lo agitan todo sin sentido. El cambio climático englobándolo todo. Cambia el tiempo y al mismo tiempo nos cambia a nosotros. Hay tormenta y barro para rato. Mucha sed y demasiados ahogados.

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