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Opinión | 360 grados

La Unión Europea intenta establecerse como poder soberano

Putin, Trump y Zelenski.

Putin, Trump y Zelenski. / EP

Con ayuda del espantajo ruso, continuamente agitado por los políticos y los medios, la Unión Europea intenta acelerar su transición desde un bloque económico y regulador a un poder soberano autónomo.

Ya en su día, uno de los padres de la integración europea, el italiano Altieri Spinelli, llegó a la conclusión de que el miedo al comunismo característico de la Guerra Fría podía servir para acelerar ese proceso, que consideraba necesario para impedir que se repitieran en el continente los desastres bélicos del pasado.

La Unión Soviética dejó de existir en 1991, pero la Rusia de Vladimir Putin sirve ahora perfectamente para ese propósito, que no es otro que reforzar la identidad y la soberanía de Europa en el sentido que el pensador político y jurista alemán Carl Schmitt daba a ese último concepto.

Para Schmitt, ‘soberano’ es quien es capaz de decidir sobre el Estado de excepción, es decir que puede suspender el ordenamiento jurídico en situaciones críticas como pueden ser una guerra o una revolución.

La Unión Europea tiene un serio problema de identidad, sobre todo por culpa del resurgir con fuerza de los nacionalismos en muchos de los países miembros.

Y el hecho de tener un ‘enemigo’ enfrente como fue antes la URSS y ahora es Rusia por su invasión ilegal de Ucrania puede resultar útil para tal objetivo.

El poder soberano puede decidir libremente, entre otras cosas, quién es el enemigo exterior, al que aplicar sanciones económicas, como hace ahora la UE con Rusia, sanciones que todos los países miembros del bloque deben cumplir a rajatabla si no quieren verse a su vez sancionados.

Pero ese irrestricto poder soberano puede también señalar, en situaciones que presenta como excepcionales, como una pandemia al enemigo ‘interno’, es decir quien no acepte, por ejemplo, la vacunación obligatoria.

O, en el caso de la guerra de Ucrania, quien no la atribuya exclusivamente a los deseos expansionistas de Rusia y se convierta de ese modo, según Bruselas, en ‘propagandista de Putin’.

Eso último es lo que ha ocurrido con la inclusión, por ejemplo, entre otros, del ex coronel de los servicios secretos suizos y analista político Jacques Baud, en la lista de ‘sancionados’ por el Consejo Europeo, lo que representa una especie de ‘muerte civil’ del así señalado sin que al parecer tenga posibilidad de recurso ante los tribunales nacionales.

Europa no está formalmente en guerra con Rusia, aunque la ex ministra alemana de Exteriores Annalena Baerbock admitiese lo contrario en un evidente lapsus, pero para los efectos, entre ellos el psicológico, es como si lo estuviéramos.

Por lo menos sirve para justificar medidas que en otras circunstancias serían más que discutibles desde un punto de vista estrictamente jurídico.

Todo lo cual es especialmente cierto de todo lo relacionado con la política de seguridad y defensa, que los Veintisiete han decidido transferir íntegramente a la Unión Europea como parte esencial de su poder soberano.

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