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Opinión | Al azar

El palacio se le quedó pequeño a Urdangarin

Iñaki Urdangarin considera desproporcionada su condena, pero el análisis de la Audiencia Nacional y la Agencia Tributaria revela una vulneración sistemática de la normativa administrativa

Iñaki Urdangarin.

Iñaki Urdangarin. / EFE

Iñaki Urdangarin manifiesta a Sport que su pena de diez mil días de presidio «fue un castigo desproporcionado, las faltas administrativas entiendo que se pueden arreglar con situaciones administrativas». Se trata como mínimo de una admisión parcial de culpa, y quien fuera yerno y cuñado de Reyes no está obligado a conocer la valoración al respecto del juez Siro García. Desde su amplia experiencia contra la corrupción al frente de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, el presidente del tribunal que condenó a Mario Conde recordaba que la vulneración sistemática y casi gratuita de la normativa administrativa había obligado a criminalizarla.

El palacio se le quedó pequeño a Urdangarin, y decidió embarcarse en los negocios tras la senda del pater familias, el inigualable Juan Carlos I. El balonmanista, exótica pero modesta condición en la que incidió la fiscalía del Supremo para reafirmar su condena, se considera prácticamente represaliado por su pertenencia a la Familia Real. En El País llegó a afirmar que se le condenó para satisfacer a la prensa. Sería más sencillo concluir que se guio por lo que veía a su alrededor.

Para matizar a Urdangarin, conviene recordar que en su condena de la Audiencia de Palma ratificada por el Supremo intervinieron una docena de jueces y los fiscales consiguientes, por no hablar de los destacados peritajes de la Agencia Tributaria. Cabe suponer que todos los involucrados eran conscientes de que su decisión afectaba al núcleo de la Jefatura del Estado, y se saldó de hecho con un abdicación traumática. Pese a ello no les tembló el pulso, y eslabones como el propio instructor José Castro han cavilado en público que debió ampliarse el espectro de implicados.

Pero hay más. La «prensa», en cuanto figura abstracta, se colocó mayoritariamente del lado de la Zarzuela. ¿Alguien recuerda en qué consiste el ‘caso Soluciones de Gestión’? Sin embargo, el grado de conocimiento se multiplica al bautizarlo ‘caso Koldo’ o ‘caso Ábalos’. Por tanto, puede aceptarse sin delirar que ‘caso Nóos’ era una forma de difuminar a los protagonistas principales del gigantesco fraude que accedieron al banquillo, la absuelta Doña Cristina y el condenado Don Iñaki. Por este orden.

La ordinalidad es fundamental, porque el ‘caso Nóos’ se acentuaba como máximo en ‘caso Urdangarin’, anteponiendo un vulgar príncipe consorte a una Infanta con posición descollante en la sucesión al trono, la distorsión de la nomenclatura aporta tal vez el mayor escándalo del melodrama. Dados los puestos compartidos y la jerarquía correspondiente, siempre debió ser el ‘caso Cristina’.

Y todavía no se ha entrado aquí en que el condenado se compadece con intensidad de sí mismo en las entrevistas, pero olvida el daño que infligió a la sociedad que le brindó sus favores. A España, más modestamente a Mallorca. Recuperando a Siro García, dotado de la capacidad de sarcasmo suficiente para escribir que uno de los motivos del recurso de un condenado por el ‘caso Andratx’ empeoraba su situación penal, también destacaba como ponente de una sentencia ahora del Supremo que la corrupción había conducido a la isla protagonista a su «desastrosa situación» y a la «destrucción paisajística». Ninguna sociedad, ni siquiera sus periodistas, desea la mala fama aneja a la corrupción organizada.

Vale que Urdangarin cometió una «falta administrativa», si se traduce en que no supo administrar su excelente fortuna personal gracias a un ventajoso matrimonio por amor. El complejo de inferioridad respecto a su familia política no oculta que vivió como un príncipe, así en sus visitas a la Zarzuela como sobre todo en sus dilatadas vacaciones en Marivent. ¿Alguien sabría calcular cuánto cuesta circunnavegar Mallorca en un yate de lujo como el Fortuna, que tragaba combustible y con la tripulación consiguiente? Pues bien, la familia Borbón Urdangarin al completo efectuaba esta travesía sobre las espaldas de los contribuyentes, y nadie se lo hubiera reprochado jamás.

¿Alguien sabe calcular cuánto costaría disponer cada verano de un palacete individual en el complejo de cuatro residencias regias de Marivent, junto al mar y con todas las necesidades cubiertas? No encontrarán ni un solo artículo en que se critique esta generosidad extrema de los contribuyentes, de nuevo hacia los Borbón Urdangarin. El problema penal surgió cuando el balonmanista quiso ampliar tan generosas dádivas con percepciones millonarias del Govern balear, en congresos fantasmagóricos que concluían que «el deporte es muy importante para el turismo». Para lograrlo no dudó en agasajar a Jaume Matas en el pádel de Marivent, o en prodigarle alabanzas públicas y privadas. Este comportamiento no se compadece con la ingenuidad que hoy esgrime el medallista olímpico, sin olvidar los sueldazos de Telefónica y los consejos de administración.

En fin, se llama paradoja a que Urdangarin le confíe ahora a Jordi Évole que le dañaron las declaraciones de Matas según las cuales no podía negarle nada a la Familia Real. Fue el político del PP quien se puso en contacto con el periodista durante la grabación de un programa del ‘caso Nóos’, para efectuar esta confesión pública.

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