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Opinión | Viento fresco

Jose María de Loma

Jose María de Loma

Redactor jefe y articulista

Pequeño, que no tieso, en el Hotel Miramar

El establecimiento cumple cien años. Gran y elegante lugar. En un inmueble lleno de historias: como cuando perseguí a Jesús Gil en el patio

El Hotel Miramar.

El Hotel Miramar. / EFE

Pasa uno por delante del Gran Hotel Miramar y se siente pequeño. Pequeño de bolsillo, sobre todo. No tieso, que eso es una actitud. Qué grande el Miramar, cien años cumple. Me adentro en el jardín, me paro en la puerta y recuerdo como en este mismo lugar perseguí grabadora en mano hace muchísimos años a Jesús Gil. Yo y unos cincuenta periodistas más. Se volvió malencarado hacia mí y hacia los otros compañeros y bramó algo. Sus guardaespaldas le abrieron paso y entró en el edificio. Más tarde, le hicieron fotos saludando desde la segunda planta, desabrochada la camisa, abanicándose el barrigón.

Entro. Donde ahora hay un joven y vivaz recepcionista con cara de sueño en varios idiomas, había un guardia de seguridad. Donde ahora esté seguramente una imponente suite (en la que una pareja de americanos hace el amor mirando no a Cuenca y sí al Mediterráneo, con los lujosos albornoces por el suelo y los restos del champán del desayuno flotando en la moqueta) había una sala de juicios. Este edificio eran los juzgados. Pero antes, este inmueble fue hospital y muchas cosas más, hotel en su origen, hace un siglo, en 1926 se inauguró.

Aquí le gustaba al Rey Alfonso XIII alojarse mucho y dicen las leyendas que borboneba bastante por estos lares, o sea, que había que llevarlo a casas de dudosa pero buena reputación, a tabernas de incógnito y a ver bailar en los tablaos. Más o menos como en Madrid, pero sin su colección de cine porno casero.

El Miramar transmite elegancia, buen vivir, señorío sin punto rancio, lujo contenido pero del bueno. Basta. Es entrar a un hotel de lujo y que se me ponga la prosa de folleto.

Manu Leguineche, maestro de reporteros, escribió Hotel Nirvana, delicioso recorrido por los hoteles míticos de Europa. Me lo imagino en un Hilton recién duchado, pidiendo un whisky, bien trajeado a la caída de la tarde después de haber pasado la mañana reporteando por entre un tiroteo en algún país del Este. O en África.

El marbellí Rafael de la Fuente, director de hoteles de gran bagaje, hombre culto y cosmopolita, columnista que fue de este diario, tiene mucho escrito sobre hoteles y bien merecería que esos apuntes de gran calidad literaria fueran recogidos en un libro.

En 2016, Eloísa Navas y Carmen Enciso publicaron ‘Miramar’ (Ediciones del Genal), trama ambientada en el establecimiento desde su inauguración como Hotel Príncipe de Asturias hasta su primer cierre en 1967.

Salgo de los jardines del Miramar, subo a la terraza a tomar un Negroni y pienso en qué habrá aquí dentro de cien años. Y si habrá rey. Y en los americanos. Y en las miles de sentencias dictadas aquí, bajo mis pies, en este edificio, hace no tanto. Habría que buscar a alguien que viniera hace unas décadas como ‘cliente’ de los juzgados, que pasara aquí la noche en un calabozo y que ahora, en la actualidad, sea también cliente de este hotel y haya dormido en una de sus habitaciones. Sería una buena historia.

Pasa un francés y me saluda.

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