Opinión | Tribuna
Gobernar no está de moda

Manuel Gutiérrez Mellado se encara con los asaltantes mientras Adolfo Suárez se levanta para defenderle..
Van cayendo en desuso palabras como gobierno o autoridad, sin que las ideologías más al uso logren sustituirlas. Se intenta: gobernanza, empoderamiento. Esa crisis semántica se contagia fácilmente. Ahí está la élite mediático-cultural dedicada a pormenorizar los méritos o deméritos de David Uclés, ganador del premio Nadal, mientras que lo que se debate en el mundo es el devenir de la inteligencia artificial.
Al desarrollar un sistema ferroviario, ¿no se acaba pensando más en el presentismo político que en el sentido de futuro? ¿Es positivo que la política hidráulica esté tan condicionada por los lobis contestatarios, como ha ocurrido con la política energética? No se pueden hacer políticas de Estado cuando la anécdota siempre gana la partida.
Un ejemplo histórico son los múltiples intentos de linchamiento de las figuras e instituciones de la Transición. En 1976, Adolfo Suárez explicó a la ciudadanía el significado de todo aquello: «Se nos pide que cambiemos el techo, las paredes, las ventanas del edificio, pero sin que el viento, la nieve o el frío perjudiquen a los habitantes de este edificio; pero también se nos pide a todos que ni siquiera el polvo que levantan las obras de este edificio nos manche, y se nos pide también, en buena parte, que las inquietudes que causa esta construcción no produzcan tensiones». En medio de una crisis económica muy dura, la sociedad española iba a recuperar su soberanía democrática. Aquello se convirtió en realidad, aunque ahora incluso recordarlo sea políticamente incorrecto.
Las crisis se suceden con efecto de cascada, desde la gestión del Estado de bienestar, las metástasis de la corrupción, el analfabetismo funcional o el nuevo desorden mundial. La aceleración tecnológica de los impactos sociales lleva a un estado de cosas en el que gobernar ya no es lo que era cuando los estados tenían obligaciones muy limitadas y las soberanías no se compartían, ni la globalización había roto aguas.
Gobernar no es lo mismo desde el momento en que un tuit puede tener más alcance que cualquier discurso político. Es más: los políticos se expresan por Twitter y no en el parlamento. El enjambre de activistas digitales reduce a unos pocos caracteres lo que era la estructura sintáctica del Leviatán. Entramos en alguna forma de desgobierno cuando no se cambia lo que hay que cambiar y se experimenta con lo que está bien como está.
Devaluar los valores de la política nos sitúa en una zona de ambigüedad que, por superficial que sea, acaba erosionando. No quedaría una legitimación de la pasión política sino un montón de máscaras ajadas. La relativización de la acción de gobernar, como también la de oponerse al gobierno o la de escribir críticamente sobre lo que hace o no hace el gobierno, trunca la ya de por sí mínima ilación discursiva que es imprescindible para la vida política. Son tan irresponsables la superficialidad como el fatalismo. Gobernar ya no es lo que era, entre otras cosas porque no podemos disimular más que dar solución a un problema significa tener otros problemas.
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