Opinión | El ruido y la furia
Ruido blanco

Una persona deposita su papeleta dentro de la urna. / JOSEMA MOLINA
Imaginemos, por un instante, por ese corto espacio de tiempo que se tarda en leer una columna de periódico (la vida entera cabe en una columna de periódico, la vida es una columna de periódico, algo a veces trivial, siempre pasajero, volátil, que muere cuando nace, como la rosa del poema), que vamos a comer a un restaurante. No nos ha llevado allí el apetito (el hambre es otra cosa, el hambre queda en el negociado de las catástrofes), más bien es que, llevados por la costumbre, por esas rutinas que acompasan nuestras vidas, es la hora. No sentamos a la mesa y consultamos la carta. Pero después de una atenta lectura nos damos cuenta de que ningún plato, ninguno, nos gusta. Hay, es cierto, algunos que sin ningún tipo de duda aborrecemos, que seríamos incapaces de tragarlos ni con el más titánico de los esfuerzos, que literalmente nos dan asco. Esos quedan rechazados de plano. Hay otros, sin embargo, que en una primera mirada vemos que contienen ingredientes que son de nuestro agrado, pero, mirando ya más atentamente, nos damos cuenta de que no están cocinados a nuestro gusto, o de que contienen, además de aquellos ingredientes que nos agradan, otros que nos resultan desagradables, inadmisibles, insoportables. Así que, después de un rato de dudas, de sopesar muy detenidamente los pros y los contras, tomamos una decisión. Nos vamos del restaurante sin comer y con cara de decepción.
Algo así he sentido la mayoría de las veces ante las elecciones. Ante todas. Las generales, las autonómicas, las municipales… Porque en todas, por regla general, me han ofrecido un menú en el que me costaba muchísimo encontrar un plato de mi agrado, uno que pudiera aceptar sin tener que taparme la nariz. Acaso el error, el problema, reside en mí, en que soy tal vez demasiado exigente, un poquito tiquismiquis, pero el resultado es habitualmente el mismo, que me he quedado sin comer muchas veces, casi todas las veces. También ha habido algunas ocasiones, debo confesarlo, en que impulsado por un no sé si razonable sentido del deber cívico he comido algo, aquello que menos reparos me producía, pero siempre, siempre, siempre, ha acabado sentándome mal, y, ocasionalmente, la cosa ha ido tan mal que he llegado al vómito.
Nunca he sido un fan de Felipe González, pero siempre he puesto mucha atención a lo que dice, porque no da puntada sin hilo. Y el otro día, cuando le oí decir que votará en blanco si Pedro Sánchez volvía a ser el candidato del PSOE a la presidencia del Gobierno, percibí ese «ruido blanco» que me llega a mí ante los procesos electorales y comprendí, asombrado, que se puede llegar al mismo por diferentes caminos.
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