Opinión | Tribuna
¿Si vis pacem para bellum?
El tratado ‘Epitoma rei militari’ de Flavio Vegecio Renato encarna la letra y el espíritu del dictum latino: «si quieres la paz, prepárate para la guerra»

Mercado de Navidad de Praga. / Shutterstock
Un paseo nocturno en barca por el río Moldava es un buen plan. Praga es una ciudad que rezuma historia y música por los cuatro costados y se deja abrazar fácilmente por el viajero, incluso cuando es poco exigente. Les hablo por experiencia propia. En el lejano 2009 tuve ocasión de dejarme mecer por sus aguas amables y serenas, intentando saborear los misterios de cada esquina y las atenciones del barquero, quien chapurreaba una mezcla entrañable de castellano e italiano. Se hacía entender con la fuerza de sus ojos, sin gesticular, casi como un autómata dormido en una de las tiendas de anticuario que se pueden encontrar en el centro. A la mitad del viaje, nos hizo una revelación: «los checos nos hemos enterado hace poco que, muy cerca de este cauce se almacenaban armas nucleares». A espaldas de la ciudadanía y después de la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989 (fue erigido en 1961), la llamada «guerra fría» estaba todavía caliente y en remojo.
Dicen los historiadores que entre el 5 de enero y el 21 de agosto de 1968 se produjo la ‘Primavera de Praga’. El máximo dirigente del Partido Comunista de Checoslovaquia, Alexander Dubček fue la cabeza visible de un intento de renovación del socialismo. El llamado socialismo real se había impuesto por la fuerza en 1948, bajo tutela soviética y dirigentes como Dubček se habían propuesto dar un viraje político que fue bautizado como «comunismo de rostro humano», en un intento de devolver a la ciudadanía parte de los derechos perdidos con el pretexto de la preeminencia política del estado frente al individuo que acontece en los regímenes totalitarios de cualquier signo, bajo la sombra de los autócratas. Una sombra que no es alargada como la del ciprés, recordando el título de la novela de Miguel Delibes, sino que penetra por todos los resquicios de la vida social, ahogándola literalmente.
Los tanques del Pacto de Varsovia, siguiendo instrucciones de las poderosas cejas del líder soviético Leonid Brézhnev, entraron en Praga en agosto de 1968 para abortar el sueño de renovación y devolver al redil a la díscola Checoslovaquia. A esto lo denominaron ‘normalización’. De cosas como éstas hablé hace unos días con mis amigos Kety Morales y Antonio Ruiz Zamora, aprovechando el tiempo que nos dona la jubilación y nuestras ganas de arreglar el mundo, como ya hicimos en los primeros momentos de la transición. Y como el postoperatorio me ha convertido en un deslenguado (con espiritrompa, si es preciso), suelo aturdir a mis contertulios de confianza en busca de soluciones, eludiendo la idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor, para justificar los lamentos y la inacción gracias al mito de la Edad de Oro. Kety y Antonio son dos ejemplos vivos de compromiso político y social. Los proyectos que siguen desarrollando en la asociación malagueña Ahinsa, una ONG sin ánimo de lucro centrada en la educación para la paz desde la no violencia, la cooperación al desarrollo y la acción social, son un fiel reflejo de su concepción del mundo y su ideal de vida. Así lo hacen actualmente, por ejemplo, en Nepal y el norte de Camerún. Y entonces, lancé al aire mi espiritrompa filosófica.
¿Cómo nos deberíamos defender de una invasión terrestre, como la que padecieron en Praga, por parte del ejército de un país o una coalición extranjera? ¿Y si contáramos con las armas electromagnéticas paralizantes que, al parecer, ha empleado Estados Unidos recientemente en Venezuela para capturar a Maduro, según su vocero mayor? ¿Pertrechados de armas y de ‘ardor guerrero’ para repeler con violencia la violenta ocupación? ¿La solución está únicamente en el uso de la fuerza, siempre ejemplarizante para la población civil, como argumentan actualmente sin rubor y ante la opinión pública, por ejemplo, Netanyahu, Trump, Putin o Alí Jamenei? ¿Y qué podemos decir del rearme como instrumento de disuasión que postulan ilustres miembros de la Unión Europea, como se hizo en tiempos de la guerra fría? ¿La disuasión no enmascara realmente la agresión, al compartir el axioma de las bondades de la violencia en la resolución de los conflictos individuales y colectivos? Esto último es muy viejo. Se remonta a las páginas del tratado ‘Epitoma rei militari’ de Flavio Vegecio Renato que encarna la letra y el espíritu del dictum latino: «si vis pacem para bellum». Es decir, «si queremos forjar una paz consistente y duradera, preparémonos para la guerra». ¿Si un estado está preparado para la guerra es menos probable que ésta se produzca?
Pero la preparación de la que hablamos Kety, Antonio y un servidor no tiene nada que ver con la violencia. Curiosamente, Antonio y el que esto suscribe, en Málaga y en Madrid, respectivamente, participamos en su día, activamente, en el Movimiento de Objetores de Conciencia (MOC) al servicio militar obligatorio vigente en España hasta el año 2001. Fue suprimida por iniciativa del gobierno de José María Aznar, curiosamente (o no tanto, pues se apeló a las virtudes de la profesionalización de la defensa y el consiguiente aumento de los gastos militares). Es la ‘mili’ de la que hablan (normalmente, con entusiasmo, como ocurre con otros ritos de iniciación social) muchos varones de mi generación y de tiempos más lejanos, y cuya reimplantación se está aireando actualmente en muchos lugares de Europa.
Ya a principios de los 80, coincidiendo con mi activismo en grupos de acción no violenta, el investigador catalán de la Unesco sobre desarme, Vicenç Fisas, miembro destacado del Centro de Investigación para la Paz (CIP), nos advertía de los peligros de la implantación de un Ejército profesional, como se hizo, y abandonar la idea de que la defensa debería ser cometido del ‘pueblo’ como un acto solidario de excepción. Las noticias que llegaban del continente americano, hacían pensar que, en tiempos de paz, los ejércitos profesionales se convertirían en una inquietante policía interior. No olviden, a este respecto, la medida de Trump que ha llevado al ejército a patrullar ciudades norteamericanas como matones del Oeste, con el pretexto de erradicar la inseguridad ciudadana, como si la seguridad fuese un valor absoluto, al margen de la libertad.
Por tanto, los partidarios de la no violencia nos hicimos devotos seguidores de la «defensa popular no violenta» y no dejábamos de discutir las propuestas nada eruditas de Gonzalo Arias en ‘La no-violencia, ¿tentación o reto’ (1985, ed. ampliada), las tesis de Andrew Wilson en el ‘Manual del pacifista’ (1983) o las del citado Vicenç Fisas en su opúsculo titulado ‘Alternativas de defensa y cultura de paz’ (1994). Por cierto, me contó hace años mi amigo Antonio, que Gonzalo Arias fue detenido por la policía franquista, tras el atentado que acabó con la vida del presidente del Gobierno, el almirante Carrero Blanco, el 20 de diciembre de 1973, por personarse en la calle Claudio Coello de Madrid, donde se produjera la detonación, manifestándose en contra del uso de la violencia y, consiguientemente, de cualquier atentado, fuera del signo que fuera.
Simplificando las cosas, la defensa popular, la acción colectiva y solidaria de la ciudadanía en el supuesto que planteé a mis amigos, ha de acometerse en tres fases marcadas por el tiempo y la capacidad de reacción de la voluntad: antes de la invasión; durante la invasión; y después de la invasión. Antes de la invasión, incluso con el soporte de armas electromagnéticas paralizantes y el colapso de la defensa antiaérea, la clave se encuentra en el estudio y la educación (la educación en la cultura de paz y la defensa popular no violenta, para ser más exactos). Me explico. Es indispensable tomar conciencia de la situación de injusticia que se va a vivir teniendo información de los objetivos del agresor para evitar la reproducción de las respuestas violentas o descentradas. Conocer las tácticas bélicas tradicionales, el ‘arte de la guerra’ y su adaptación a la respuesta no violenta parecen recomendables. Seguramente solo haga falta ‘descolocar al agresor’, que espera toparse con una resistencia violenta, de acuerdo con la creencia arraigada en que la liberación únicamente se puede alcanzar a través del medio elegido por el opresor: la violencia.
Durante la invasión, nada cabe hacer, salvo cultivar una actitud no hostil hacia los agresores en potencia. «Hay que procurar que el soldado invasor no vea enemigos entre los invadidos y que entienda que el rechazo que recibe no es producto de su acción individual, sino del carácter injusto de las órdenes que pretende cumplir», afirma Kety. La desobediencia civil y no cooperar con el invasor también se deben cultivar. Esto es lo que sucedió cuando los tanques soviéticos ocuparon Checoslovaquia en 1968 y parte de la población recurrió a Marx para explicar a los invasores que «solo puede ser libre un pueblo que no prive a otro pueblo de su libertad». En definitiva, el poder del agresor no emana de su armamento sofisticado y su fuerza bruta, sino de la obediencia pasiva-agresiva de los oprimidos. Y una vez terminado el enfrentamiento y la situación conflictiva que genera la resistencia, resulta extremadamente útil disponer de un plan bien perfilado para devolver la ilusión a la ciudadanía. Algo que se ha descuidado en exceso en las ocasiones en las que la resistencia pasiva (con acciones directas como el ‘hartal’ en la India, la no cooperación, la devolución de títulos y condecoraciones, la negativa a pagar determinados impuestos, la objeción de conciencia, las sentadas, la obstrucción de las comunicaciones, la creación de gobiernos paralelos etc.) ha contribuido a poner fin al conflicto.
Después de asistir a una impactante representación de ‘teatro negro’ me compré una marioneta muy expresiva de Charlot en el centro de Praga buscando el humor y la belleza y, casi sin saberlo, la posibilidad de traducir con movimientos nuestra condición de títeres y de fingir la ilusión de flotar en la oscuridad del escenario de ese hermoso reino del azar que es propio de una existencia mortal.
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