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Opinión | Miradas

Se culpan unos a otros de la burocracia

Los líderes europeos se reunieron en un castillo belga y coincidieron en que un exceso de normativa está maleando el mercado único, creando barreras

Se culpan unos a otros de la burocracia

Se culpan unos a otros de la burocracia

Unos se culpan a otros de la excesiva burocracia europea: la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, a los gobiernos nacionales, mientras que éstos culpan a su vez a Bruselas. Y el canciller federal alemán y ex directivo de BlackRock, Friedrich Merz, acusa al mismo tiempo a sus compatriotas de no trabajar suficiente y de tomarse demasiados días libres por enfermedad.

Los líderes europeos se reunieron esta semana en un castillo belga, cerca de la frontera de los Países Bajos, para analizar las causas de la falta de competitividad de la UE e intentar ponerle remedio. La queja común pareció ser esa: el exceso normativo, la sobrerregulación tanto la de la propia Comisión como la que luego aplican los países miembros y que, según von de Leyen, crea nuevas barreras al mercado único.

A la Comisión le cuesta entender que las reglas que elaboran sus burócratas en Bruselas no impactan a todos los países por igual, que las realidades nacionales son distintas y no sirve la ‘talla única’ que se trata de imponer a todos.

Merz se quejó de que «la maquinaria europea no deja de trabajar», generando continuamente nuevas normas que los países tienen que cumplir.

Y esto lleva, según él, a un crecimiento económico mucho más lento. «El cuello de botella», dio el cristianodemócrata alemán, está en partes de la Comisión y también en partes del Parlamento.

Merz aludía sin duda a la decisión del Parlamento europeo, promovida por algunos grupos, de solicitar al Tribunal de Justicia de la UE que se pronuncie sobre la legalidad del acuerdo firmado con Mercosur. Otro alemán, el gobernador de su banco central, Joachim Nagel, insistió, por su parte, en que el mercado europeo tiene que ser «más líquido» para atraer a los inversores extranjeros. Todo el mundo se queja de la desaceleración económica, pero pocos apuntan a sus causas: la renuncia a la energía barata que antes llegaba abundante de Rusia y las sanciones al país de Putin por su invasión de Ucrania, que han tenido un efecto de bumerán sobre Europa.

El gas natural licuado que ahora Europa tiene que comprar preferentemente a Estados Unidos es mucho más caro que el ruso, y ello explica que muchas empresas alemanas, por ejemplo, hayan decidido trasladar toda o parte de su producción a Norteamérica para así evitar aranceles y ahorrar costes.

Es lo que ha buscado desde el principio el gobierno del presidente Donald Trump, pero ¿es realmente lo que interesa a Europa, una Europa de líderes débiles, incapaz de defender bien sus intereses?

Uno de ellos, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, admitió públicamente que Europa se había independizado en materia de energía de Rusia y se había creado nuevas dependencias, pero añadió: «No hay vuelta atrás».

¿Por qué?, habría que preguntarse. ¿Será porque «Rusia será siempre nuestro enemigo», como dijo el ministro alemán de Asuntos Exteriores y también correligionario de Merz, Johann Wadephul? n

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