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Opinión | Mirando al abismo

Mi barricada son las aulas

El resurgimiento del fascismo en el discurso actual se manifiesta en aulas y redes sociales, donde jóvenes repiten consignas sin comprender su significado

Las nuevas generaciones no son culpables por definición. Han crecido en un ecosistema digital donde el algoritmo premia la exageración

Las nuevas generaciones no son culpables por definición. Han crecido en un ecosistema digital donde el algoritmo premia la exageración / Junta de Andalucía

No sé exactamente en qué momento empezó a hacerse visible con tanta claridad, pero algo se está moviendo bajo nuestros pies. El mundo está revuelto, económicamente, culturalmente, tecnológicamente, y en medio de ese ruido una palabra que creíamos enterrada vuelve a circular con inquietante ligereza: fascismo. No como concepto histórico estudiado con rigor, sino como consigna simplificada, como eslogan gritón, como meme compartido sin contexto. Y lo más preocupante no es que resurja el término, sino que cala en generaciones que apenas han tenido tiempo de comprenderlo.

En las aulas escucho a veces ecos que no provienen del pensamiento crítico, sino de la repetición. Insultos racistas lanzados como si fueran bromas inofensivas. Comentarios homofóbicos disfrazados de ironía. Frases hechas que circulan por redes sociales y que se repiten con la misma naturalidad con la que se comparte un vídeo viral. Cuando pregunto qué significa exactamente aquello que dicen, el silencio se impone. No hay definición, no hay análisis: solo eco.

El fascismo histórico fue un fenómeno político complejo, con raíces en el ultranacionalismo, el autoritarismo, el desprecio por la pluralidad y la glorificación de la violencia como herramienta de cohesión. No fue simplemente ‘ser duro’ o ‘decir lo que uno piensa’. Fue la anulación sistemática del disidente, la persecución del diferente, la construcción de un enemigo interno. Fue la reducción de la democracia a una formalidad vacía. Y, sin embargo, hoy algunos de sus gestos simbólicos se trivializan, se convierten en estética, en provocación juvenil.

Las nuevas generaciones no son culpables por definición. Han crecido en un ecosistema digital donde el algoritmo premia la exageración, donde el discurso incendiario obtiene más visibilidad que el razonado. En ese entorno, la identidad se construye a golpe de reacción. Decir algo extremo genera atención. Repetir una consigna fuerte otorga pertenencia. Y en un mundo incierto, pertenecer es una necesidad poderosa.

Pero el problema no es solo tecnológico. También es educativo y cultural. Hemos dado por supuesto que ciertos consensos democráticos estaban consolidados, que la memoria histórica era suficiente vacuna. Tal vez nos equivocamos. La democracia no se hereda como un objeto intacto; se aprende, se ejercita, se defiende. Y cuando el pensamiento crítico se debilita, los eslóganes ocupan su lugar.

Frente al insulto, el análisis. Frente a la consigna, la contextualización. Frente al miedo al diferente, la comprensión de la pluralidad como riqueza. No se trata de adoctrinar ni de imponer una visión ideológica cerrada, sino de ofrecer herramientas para pensar. Para distinguir entre libertad de expresión y discurso de odio. Para comprender que la ironía no neutraliza el daño de ciertas palabras. Para saber que las ideas tienen historia y consecuencias.

A veces siento que la tarea es desproporcionada frente a la magnitud del ruido exterior. Pero también veo destellos de lucidez cuando un estudiante reconoce que no sabía lo que estaba repitiendo, cuando descubre que el fascismo no es una etiqueta vacía sino una experiencia histórica concreta, dolorosa y real. Esos momentos justifican la resistencia. El mundo está revuelto, sí. Y quizá siempre lo ha estado. Pero mientras haya aulas donde se pueda discutir, disentir y argumentar con respeto, habrá un espacio donde el pensamiento crítico pueda echar raíces.

Mi barricada no es contra las personas, sino contra la ignorancia y la simplificación. Porque si algo nos enseña la historia es que las palabras importan. Y aprender a pensar es el primer acto de defensa democrática.

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