Opinión | La vida moderna merma
Cofrades de género chusma
Algunos jóvenes parecen creer que su orientación sexual convierte automáticamente sus opiniones cofrades en categoría académica

La condición personal no mejora el criterio estético ni rebaja la mala educación. / l.o.
Hay épocas históricas en las que el mundo pierde el sentido de la escala. Vivimos enfundados en un ecosistema de debates pueriles, trifulcas de tertulia, hashtags y banderas instantáneas. Todo parece importante hasta que algo verdaderamente importante sucede. Y entonces el castillo de espuma que hemos levantado entre todos se derrumba con la facilidad con la que se sopla una vela.
Hay una escena muy contemporánea y por tanto ligeramente absurda que se repite estos últimos meses en ciertos rincones de las redes sociales cofrades andaluzas. Una foto o vídeo grabado en vertical, música de fondo cuidadosamente dramática, un primer plano de una Virgen y acto seguido una cascada de opiniones rotundas, inapelables, pronunciadas con la seguridad jurídica de un Tribunal Supremo por alguien que anteayer estaba pelándose con su madre porque no le había comprado el yogur que él quería.
Expertos precoces
Hasta ahí nada nuevo. La Semana Santa siempre ha sido pródiga en expertos precoces. Andalucía ha producido más doctores en estética procesional que catedráticos la Universidad de Salamanca. Cada generación ha tenido los suyos. El enterado, el vehemente, el que todo lo sabe, el que todo lo arregla y el que todo lo denuncia.
Pero últimamente ha aparecido un fenómeno adicional que resulta cuando menos curioso. El argumento identitario como salvoconducto crítico.
Dicho de forma elegante, algunos jóvenes parecen creer que su orientación sexual convierte automáticamente sus opiniones cofrades en categoría académica.
Y, querida amiga, la cosa no funciona así.
La orientación
No porque la orientación importe poco, que importa en la vida de cada cual como cualquier rasgo personal, sino porque en materia de gusto, tradición, educación y respeto importa exactamente lo mismo que la talla de zapato, absolutamente nada.
Uno puede ser heterosexual, homosexual, zurdo, diestro o coleccionista de sellos de Ifni y aun así decir una barbaridad de proporciones bíblicas sobre una Imagen, un bordado o una hermandad. La condición personal no mejora el criterio estético ni rebaja la mala educación.
Sin embargo, se está asentando una lógica peculiar. Primero se opina con desmesura, después se provoca, luego se exagera y finalmente si alguien discrepa la discrepancia se transforma automáticamente en ataque personal.
Es la infalibilidad por biografía. Y claro así es imposible conversar. Y mucho menos avanzar puesto que se está instrumentalizando la identidad como blindaje frente a la crítica.
El cofrade normal, aquel que conocía las cosas por transmisión oral y ahora por internet, con respeto y unos mínimos de valores de convivencia, puede ser extravagante, barroco, exagerado, gracioso o apasionado pero sabe algo esencial: la devoción no convierte en protagonista al devoto.
Hoy en cambio asistimos a cierta teatralización del propio devoto.
Hay perfiles que se dirigen a la Virgen como si fuera una influencer cercana, otros como si fuera una amiga íntima, otros como si participara en un talent show televisivo. Y no es cuestión de purismo, las formas de piedad evolucionan, sino de proporción.
Ser diferente no es tener razón. Y la inmunidad crítica no existe en ninguna tradición cultural que quiera sobrevivir.
La paradoja es que quienes dicen defender un colectivo -como el homosexual- lo empobrecen porque reducen la identidad a argumento. Convertir una característica personal en escudo retórico no dignifica, simplifica.
Siempre educadas
La Semana Santa ha conocido durante siglos personalidades singulares, refinadas, estéticas, incluso excéntricas, pero casi siempre educadas. Había ironía, había teatralidad, había ingenio, muchísimo ingenio, pero también había una noción clarísima de los límites. Hoy los límites parecen interpretarse como agresión.
Conviene recordar algo muy sencillo. La Semana Santa no necesita modernizarse imitando cualquier tendencia cultural del momento. Sobrevive precisamente porque no depende de ellas. Su fortaleza es la continuidad, no la adaptación compulsiva. Cada época ha tenido sus modas, la diferencia es que antes no pretendían sustituir la esencia.
Quizá el problema no esté en una generación concreta ni en una orientación concreta sino en un clima general, la incapacidad social de decir esto no es apropiado sin desencadenar un juicio sumarísimo.
La educación, esa vieja disciplina hoy sospechosa, consistía precisamente en aprender dónde termina uno y empieza lo común. Y el mundo cofrade, que vive de lo común, empieza a resentirse cuando todo gira alrededor de lo individual.
No se trata de excluir a nadie sino de recordar que participar en algo implica aceptar su naturaleza. Las cofradías no son un lienzo en blanco para la autoexpresión ilimitada sino una herencia compartida.
Cuando esa herencia se convierte en caricatura no gana libertad, pierde significado.
Y quizá el verdadero riesgo no sea la irreverencia, que siempre existió, sino la frivolidad inconsciente. La irreverencia cuestiona, la frivolidad banaliza.
Si todo se vuelve espectáculo nada permanece sagrado y si nada permanece sagrado la tradición deja de ser tradición para convertirse en un evento temático anual.
Tal vez ha llegado el momento de recuperar algo muy antiguo y profundamente revolucionario, el buen gusto entendido como respeto al lugar que ocupamos.
Porque al final la cuestión no es quién opina sino cómo se opina.
Y la Semana Santa, que ha soportado guerras, prohibiciones, modas políticas y cambios sociales infinitamente mayores que un algoritmo de vídeo corto, probablemente sobrevivirá también a esto.
Pero no sin perder algo por el camino si confundimos libertad con impunidad y protagonismo con devoción. Conviene no tomar la identidad en vano.
Apología de la homosexualidad
La apología de la homosexualidad en las redes sociales en el ámbito cofrade como salvoconducto para poder hablar como gentuza y expulsar opiniones basura es un error. Y está en mano de todos reconducirlo. Por su bien. Por el bien de todos. Del colectivo y del futuro de la Semana Santa.
Y si te vas a seguir dirigiendo a la Virgen o al Señor en términos tan soeces, mejor hazlo con tu madre. Pero la de la tierra. La que, por desgracia, ha permitido que seas así de chusma.
Viva Málaga.
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