Opinión
Eric Gras
Dibujar el mundo con palabras
Las palabras se gastan rápido, se usan como consignas, como munición o como reclamo publicitario
En estos momentos ando leyendo El mundo como ensayo, un delicioso diccionario creado por Juan Malpartida (Marbella, 1956) editado maravillosamente, cómo no, por Acantilado. En las primeras páginas, el escritor y crítico literario ofrece una descripción magistral sobre lo que es, o podría ser, o debería ser, un diccionario. Dice así: «Quien escribe un diccionario dibuja el mundo o, más bien, presiente en cada palabra una totalidad que se insinúa en el margen interno o en el horizonte de sugerencias y, en consecuencia, intuye un movimiento del significado y de la presencia necesariamente parcial». Me fascina esa idea de «dibujar el mundo» a través de las palabras y del significado que les damos.
Quizá por eso la literatura siempre me ha parecido un ejercicio de cartografía más que de decoración. No se trata de embellecer lo real, sino de orientarse en él, de trazar líneas, sombras y vacíos que nos permitan entender dónde estamos parados. Cada palabra es un trazo, y cada frase, una tentativa de mapa, siempre incompleto, siempre corregible.
Lenguaje y sospecha
Vivimos, sin embargo, en una época que sospecha del lenguaje. Las palabras se gastan rápido, se usan como consignas, como munición o como reclamo publicitario. Decimos libertad, cultura, identidad, futuro, y algo se rompe por el camino. Tal vez porque olvidamos que nombrar no es poseer, sino aproximarse, aceptar la distancia, reconocer que el mundo no cabe entero en ninguna definición.

Portada del libro de Juan Malpartida / Acantilado
Escribir, entonces, sería un acto de atención. Detenerse. Escuchar cómo resuena una palabra antes de soltarla. Pensar en su historia, en sus heridas, en sus malentendidos. Dibujar el mundo no como quien lo domina, sino como quien lo recorre a pie, sabiendo que el paisaje cambia según la luz y el punto de vista.
Por eso desconfío de los discursos que prometen explicarlo todo. Prefiero los textos que dudan, que avanzan a tientas, que dejan espacios en blanco para el lector. La buena literatura, como los buenos diccionarios, no clausura el sentido: lo abre. Nos invita a habitar las palabras con responsabilidad y con placer.
Al final, quizá escribir consista en eso: en asumir que el mundo es demasiado complejo para ser dicho de una vez, pero demasiado frágil para renunciar a nombrarlo. Seguir dibujándolo, palabra a palabra, aun sabiendo que el dibujo nunca estará terminado. Ahí, en ese gesto humilde y persistente, la escritura encuentra su sentido más político, más íntimo y más necesario hoy que nunca antes parecía.
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