Opinión | Tribuna
Ernest Folch
Resistencia ante el fascismo digital

Elon Musk. dueño de X; Pedro Sánchez, presidente de España; Pavel Durov, dueño de Telegram / FABRICE COFFRINI; NICOLAS TUCAT; GIUSEPPE CACACE / AFP
El reciente y espectacular rifirrafe digital entre Elon Musk y Pedro Sánchez es mucho más que una pelea táctica o una secuencia de zascas dirigida a contentar sus propias audiencias. Sí, efectivamente, los dos han alimentado con su pique sus respectivas posiciones ideológicas: el magnate digital puede confirmar que es el ariete contra lo que él llama el comunismo totalitario de la vieja Europa, y el presidente del Gobierno puede erigirse como el único líder occidental capaz de plantar cara a los nuevos y groseros oligarcas. Lo fascinante del choque es que los dos ganan con la colisión, los dos se retroalimentan y probablemente los dos se benefician de ella. Musk tachando al presidente de «Dirty Sánchez» y de «totalitario» refuerza la idea que las redes sociales sirven para mantener a raya y dominar a presidentes escogidos en las urnas, y Sánchez respondiendo «Dejemos que los tecnooligarcas ladren, Sancho» refuerza todavía más su posición en el amplio espacio del centro izquierda español y europeo y le abre una atractiva vía para explorar en las próximas elecciones. Pero que sea así no quiere decir que la batalla no sea de verdad o, al menos, que no esté muy por encima de la mera adversidad personal o del mero interés electoral.
Porque tras los insultos de Musk o el grosero mensaje de Pável Durov, el dueño de Telegram, viene el inquietante recado de que los nuevos amos del mundo van a hacer todo lo necesario para bloquear cualquier política que aumente el poder regulador del Estado. Si España los irrita hasta este extremo es porque su renqueante Gobierno de izquierdas se ha convertido en casi el último reducto que defiende los servicios públicos, la regulación y, en definitiva, la conservación del poder en manos de los ciudadanos. Cuando la ministra Sira Rego les contesta que el Ejecutivo se plantea «regular y hasta prohibir» las redes sociales lo que en realidad está haciendo es proteger las competencias públicas, al mismo tiempo que denuncia la peligrosidad social que acarrean unas plataformas como X o Telegram. En realidad, lo que necesita Elon Musk es borrar de la faz de la tierra a los que, con razón, lo equiparan a un narcotraficante (porque fomenta la adicción a las redes para enriquecerse) y desmienten su falsa teoría según la cual las redes son el espacio de la «libertad», la palabra maestra que ha encontrado el nuevo neoliberalismo para perpetrar la destrucción de los bienes públicos, como muy bien saben, por ejemplo, en Madrid o Argentina.
Confrontación decisiva
La prueba de que no estamos precisamente ante una batalla cualquiera es que, esta vez sí, Bruselas se ha apresurado a mostrar su «solidaridad» con las iniciativas que limiten el poder de las grandes tecnológicas, en otro claro espaldarazo a la iniciativa de Sánchez de plantarles cara. Más allá del tacticismo que opera en cualquier batalla de este nivel, es indudable de que estamos ante una confrontación decisiva sobre el poder real de los estados, es decir, de los ciudadanos. Los oligarcas despiadados tiran de la vieja doctrina neoliberal («Cuanto menos estado, mejor»), de la que en nuestro país tenemos más de un impulsor desvergonzado, para quedarse con todo el pastel. España, paradójicamente, puede convertirse, gracias a las invectivas de Musk o Dúrov, en un símbolo global de la resistencia contra este neofascismo digital. Y, a pesar de ello, algunos o no se enteran, o al menos lo hacen ver. Alberto Núñez Feijóo, en plena polémica, se limitó a comentar, visiblemente incómodo, que no tiene interés «en estos líos». Quizá porque el líder popular tiene miedo de que, esta vez, Pedro Sánchez haya hecho un movimiento que guste incluso a los suyos y, lo que es peor, que pueda darle réditos electorales. No hay nada más peligroso para el PP que los continuos homenajes que le dedican a Sánchez todos los sátrapas de Estados Unidos, sea Trump reprochándole que no gasta suficientemente en misiles o sea Musk, acusándolo de querer regular el mercado. A ver si, de tanto querer evitar que conserve el poder local, lo van a convertir en una figura global.
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