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Opinión | Málaga de un vistazo

Las pistas de Málaga

Hace años, las pistas de fútbol eran un hervidero de niños que jugaban y aprendían

Como a muchos y muchas les habrá pasado, aunque cambié de barrio, no cambié de peluquero. El peluquero es como un psicólogo de paisano y sólo una tragedia extrema nos debe llevar a cambiarlo. Hace un par de semanas volvía de pelarme y pasé por delante de unas pistas de fútbol situadas en Miraflores de los Ángeles.

Era lunes a las ocho de la tarde. Ni un alma. Me di cuenta de que siempre que paso por ahí noto la misma ausencia. Las pistas están vacías. Recuerdo que en esas mismas pistas, hace veinte o veinticinco años, teníamos que organizar torneos de varios equipos para poder dar cabida a todos los niños que allí querían jugar. Un rumor de fondo y el sonido de los balones golpeando las paredes. Ningún padre a la vista. No sólo éramos niños, sino que también éramos legisladores: la ley de la botella, el que la tira va a por ella. La ley del vaso, el que la tira no hace caso. Los equipos se elegían por los capitanes a pares y nones. Y, al final de la selección, había que comprobar que los equipos estaban equilibrados. Un claro ejemplo de búsqueda natural de la Justicia. Nada de eso había allí. Veo esas pistas como quien ve las imágenes del Titanic hundido, sabiendo que algún día albergó vida pero que hoy sólo acoge recuerdos fantasmagóricos de un melancólico pasado. ¿Dónde están los niños? Los niños están, en buena parte, secuestrados por la tablet, el móvil o la tele. Y los que no, están haciendo actividades en entornos más oficiales o supervisados. Y creo que esto es un error. La calle nos enseñó a defendernos hoy de los peligros que nos acechan. Esos peligros seguirán existiendo, pero nuestros niños no sabrán afrontarlos. Quitadles el móvil y que vuelvan a casa con las rodillas en carne viva. Y tonto el último.

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