Opinión | Tribuna
Sexo y poder
El análisis de la sociedad actual cuestiona la moral y la ambición desmedida, utilizando figuras como Epstein y Sade para reflexionar sobre el poder y la hipocresía

Jack Lang y Jeffrey Epstein delante del Louvre / agencias
¿Hay que quemar a Jeffrey Epstein y a todos los que frecuentaron su isla o su compañía, o podrían haberlo hecho en alguna ocasión, como Noam Chomsky o Woody Allen? ¿Hay que quemar a Donato Alfonso Francisco, Marqués de Sade, por lo que dejó escrito e hizo o pudo hacer, de modo nada edificante, a pesar de su nombre de protagonista de culebrón venezolano? No se preocupen. Los dos están muertos y enterrados. Pero lo que no goza de esta siniestra condición es la Inquisición, el Santo Oficio al que, tal vez, nos gusta apelar, con ojos altivos y brillantes y como cristianos viejos, cuando creemos encontrarnos cara a cara ante el monstruo, al diablo, a Drácula el Frankenstein o al Lobisome gallego de otras épocas (el “malo”, en definitiva), y nos dejamos arrastrar por las pulsiones del rebaño humano y la excitación desatada del sistema límbico que nos pide sangre e incluso “matar al ruiseñor” (más fácil nos resultaría matar a una rata o a una cucaracha, por motivos estéticos), siguiendo los impulsos y la fuerza del pistolón de Harry el Sucio. Lo importante es que se quemen sus cuerpos enfermos y mentes monstruosas y con ellos, todo su poder y su dinero que tanto asco y miedo nos producen esgrimiendo la Biblia o el DSM-5 de la Asociación de Psiquiatría de los Estados Unidos. El fuego purifica, nos dicen, aunque primero conviene clavar unas cuantas estacas o hacer uso de balas de plata y ristras de ajo, y luego separar la cabeza del cuerpo con un certero hachazo o el filo de la motosierra de Javier Milei el viernes trece próximo, en algunas de las mansiones de Donald Trump. Ya podemos descansar: hemos encontrado al culpable, aunque las soluciones reales para esta triste sociedad estén todavía por llegar.
Etiqueta y disfraz
Se evapora el terror en la fiesta de la catarsis mediática a la que sí nos han invitado esta vez (¿por qué será?), sin pedirnos la contraseña a la entrada de una lujosa mansión para la que se requiere etiqueta, disfraz y una buena máscara, como sucede en la fiesta que aparece en la última película de Stanley Kubrick (‘Eyes Wide Shut’, 1999) que nos legó, misteriosamente, para dejar este mundo cruel, vía infarto y a los setenta años, cuatro días después de su proyección privada y no pocas amenazas. Los ojos quedaban definitivamente cerrados y los deseos, expuestos a la contemplación del transeúnte, del consumidor, como los cadáveres en la Morgue de París en sus primeras funciones macabras. Lo único que quedaba era la máscara. “Prósopon” lo llamaban los trágicos griegos, origen de nuestro término “persona” según decía el sabio psicólogo español José Luis Pinillos en uno de los primeros libros suyos que leí en 1980. Prefiero, no obstante, en este punto, la fiesta más cachonda y castiza de la novela de Pablo Tusset (2001), ‘Lo mejor que le puede pasar a un cruasán’, llevada al cine por Paco Mir dos años después y protagonizada por Pablo Carbonell y la destreza como karateca de José Coronado. Aparentemente son el escándalo y las actitudes morbosas que se generan en nuestra sociedad líquida, los que señalan el norte y se refugian el papel couché electrónico.
La moral para los moralistas
El problema surge al mezclar las cosas: la moral y cuestiones técnicas relativas a la circulación del dinero en la sociedad actual. Con lo fácil que sería dejar la moral a los moralistas, gente con tanta vocación y propensión al “cuñadismo ilustrado”, a la cercanía del apocalipsis y a resolver los problemas de los demás en el bar (o mejor, a los filósofos expertos en ética, que para eso han estudiado) y la cosa técnica a economistas e ingenieros y a sus titulados subalternos o subcontratados. Los políticos al uso suelen tener tan pocas luces, que convendría obviar sus propuestas. En esta ceremonia de la confusión, la única solución razonable parece ser, en una primera aproximación, el linchamiento y las vísceras colgantes. Pero en el marco de la filosofía y de la ciencia nos hemos inventado desde tiempos inmemoriales un método adecuado para desfacer el entuerto. Podría ser el que esbozaron, actualizándolo, Habermas o Appel: separar conocimiento e interés, o dejarnos guiar por los principios del aguerrido filósofo de la ciencia hispano-mexicano Carlos Ulises Moulines en sus ‘Exploraciones metacientíficas’ (1982). Este último nos conmina a efectuar distinciones graduales –las más relevantes y pertinentes-, evitando la querencia del cuadriculado Procusto, soslayando las distinciones tajantes. También nos recomienda tener en cuenta la multidimensional de las distinciones intuitivas, puesto que cabe señalar la existencia de diversas dimensiones posibles de corte sistemático. Finalmente, nos propone sondear el panorama conceptual accediendo a todos sus recovecos. A este último principio lo denomina “de pies de plomo filosófico”. Me parece un marco metodológico que procuro aplicar a mis propias investigaciones, con desigual fortuna. Por otra parte, Inmanuel Kant, ese filósofo bajito y cabezón, terriblemente hipocondríaco, que nunca salió de su pueblo ni osó unirse en matrimonio por pura vanidad, hay tres tipos de acciones en las que está involucrada la conciencia moral, por acción u omisión: las acciones en contra del deber (como no pagar impuestos a Hacienda que, como saben desde los tiempos de Lola Flores y sus fieles discípulos contemporáneos, “somos todos”); las acciones que realizamos “conforme al deber” (como hace la Administración subiendo las pensiones de acuerdo con el incremento del IPC a los jubilados por intereses electoralistas y para que, encima, tengamos que tributar más a Hacienda); y las acciones por el estricto cumplimiento del deber, universales y necesarias, en las que no hay interés y si la obediencia a la rectitud del imperativo categórico. Simplificando mucho las cosas, hay que tratar a los humanos no como un medio, sino como un fin en sí mismo. Ahí es nada.
Kant
Por este motivo se atrevió a decir que, además de la contemplación de las maravillas del cielo estrellado en una noche despejada, como la que admiré fugazmente en el desierto jordano de Wadi Rum o se puede disfrutar en El Torcal de Antequera o en Alhaurín el Grande, por poner dos ejemplos cercanos, hay otro motivo sublime que nos anima a vivir y seguir viviendo: la fuerza prescriptiva de la ley moral. Propongo hacer caso a Kant en este punto y resucitar, de paso, el viejo dogma del empirismo lógico y el ideal de la ciencia unificada. Me refiero a la imprecisa distinción entre “hechos” y “valores”. Simplificando la cosa, con la masa madre de los hechos podemos hacer ciencia, con los valores podemos dilucidar –muchas veces, echando mano de los refinados sentimientos morales- aquellas elecciones importantes para nuestra vida individual y social. Carreteras, puentes, vehículos, son prácticamente imprescindibles para nuestra supervivencia colectiva en nuestro tiempo, pero todavía no conozco a nadie que haya acudido a un concesionario de vehículos o a un consumado ingeniero para lograr mitigar los problemas emocionales de su divorcio (ni siquiera a la funeraria, por muy cercana que vea la muerte propia o ajena). No obstante, no todas las teorías éticas, como la de Kant, son fríamente rigoristas y tan escrupulosas. Las éticas griegas antiguas, por ejemplo, no ponen el énfasis en la intención, sino en el resultado de las acciones y Nietzsche aprovecha para señalar que no es sano aplastar el deseo y las pulsiones vitales (sexo y muerte, básicamente, como dejó dicho Freud) en aras de una sociedad tan aburrida y proclive al cinismo que nos propone Kant (una moral como “contranaturaleza”).
Pero volvamos al principio. ¿Por qué nos parecen depravados e intolerables –que lo son- los juegos de trilero del difunto Epstein? ¿Por el origen judío de su apellido? ¿Porque fue un auténtico emprendedor, como Julio Iglesias o el Rey Emérito, aunque se le fuera la mano con demasiada frecuencia, según dicen los medios de comunicación? ¿Nos irritan sus fechorías sexuales y su canibalismo porque era rico y poderoso? Por cierto, uno de los miembros de los “Dani” de Nueva Guinea declaró en 1982 que los humanos adultos sabemos a pollo y los niños a pescado. ¿Por qué había pecado con ostentación de pensamiento, obra y omisión, como decían los genocidas y colaboradores del franquismo en actos tan infames? ¿Porque, en definitiva, se trata de ricos y poderosos? En las antípodas queda la aporofobia, el asco y el miedo que nos produce el pobre, según Adela Cortina. También nos repugna el rico, el poderoso cuando parece haber traspasado los límites de la una moralidad que creemos universal, común a todos y que desprecia la igualdad que ha abanderado con fortuna, entre otros, el feminismo contemporáneo.
El dinero
Lo que enmascara nuestra actitud gregaria es, en definitiva, que servimos al mismo dios justiciero: don dinero. El editor de la versión castellana de ‘Hay que matar a Sade’ (2000), opúsculo de Simone de Beauvoir que pergeñó en 1955 subraya que se suelen exagerar hasta el escándalo las diferencias antropológicas que la insigne pensadora descubrió en el libertino francés. En realidad, lo que descubre la filósofa feminista francesa es un anhelo exagerado por ser aceptado por la comunidad humana: “Sade ha intentado convertir su destino psicofisiológico en una elección moral”. Sade nos plantea una interesante dicotomía: ¿podemos dar cumplimiento a nuestras aspiraciones y deseos, en definitiva, a la universalidad, sin renunciar a nuestra propia individualidad? Es ésta una versión inicial de la tesis social de Freud y de gran parte de las prácticas sexuales de ‘Las ciento veinte jornadas de Sodoma’, 1785 del Divino Marqués. ¿O únicamente podemos integrarnos en el todo social sacrificando nuestras diferencias?
En cualquier caso, no se preocupen. La sociedad y los bienpensantes ya han emitido su veredicto amparándose en los hechos: Epstein y Sade deben ser ajusticiados, aunque “los maten bien muertos”, como decía la publicidad del insecticida “Raid” en los tiempos de mi infancia y adolescencia. También circulaba entonces el slogan “El más poderoso” del detergente “Ajax”, en cuyos enormes botes había escondido un guerrero medieval, blanco y de plástico, montado a caballo, dispuesto a desfacer entuertos en tiempos de la Guerra Fría.
He leído recientemente que hay más que indicios de que a Epstein “lo suicidaron” y lo hicieron porque era rico y poderoso. Sade murió, más que pobre, en una especie de Psiquiátrico francés donde fue recluido, soliviantó a los internos a los que consiguió convertir en actores de obras de teatro libertinas, abiertamente irreverentes para los mojigatos partidarios de la represión sexual y llegó a escribir con sus propios dedos en las paredes de su encierro, haciendo uso de orina y excrementos, cuando le privaron de la capacidad para decir grandes verdades con su pluma. Epstein era muy rico y poderoso. Sade, finalmente pobre, fue odiado por los revolucionarios franceses por ser su cuna noble y escribió en la Bastilla panfletos en papel higiénico en los que incitaba a la revolución republicana, que luego arrojaba al exterior, a través de los barrotes, mostrando su poder y su intención comunicativa. También recibió, obviamente, el resentimiento de los nobles por unirse ideológicamente a los revolucionarios de 1789. Resulta entonces que “el más poderoso”, “los mata bien muertos”. Poderoso caballero es, don Dinero, como dice la letrilla satírica de Francisco de Quevedo. Y como cantan –o lo que sea- las Nancys Rubias de Mario Vaquerizo, “Barbie debe morir”.
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