Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Tribuna

Empar Isabel Bosch Sans

No faltan trabajadores: faltan oportunidades

Más de un 3% de los españoles no puede permitirse tener dos pares de zapatos, mientras la tasa de desempleo juvenil supera el 23%, según datos del INE y la EPA

El 13% de los malagueños está en situación de pobreza extrema

El 13% de los malagueños está en situación de pobreza extrema / EFE

En la entrada de casi todos los hipermercados encontramos hoy personas pidiendo ayuda para comer. Muchos son hombres de mediana edad, encogidos por el frío y la vergüenza; otros son hombres muy mayores que deberían estar en casa, tranquilos, viendo una película en el sofá. Hace poco vi a alguien que me impresionó especialmente: una mujer joven, en pijama, bata y zapatillas de andar por casa. No pedía dinero. Pedía comida: leche, zumo, pan, hamburguesas, salchichas. Tenía hijos. Cinco. Antes de que pudiera preguntarle nada, comenzó a justificarse: «Antes trabajábamos los dos, mi marido y yo, podíamos mantener a nuestros hijos». La última vez que la vi me preguntó: «¿No podrías conseguirme unas zapatillas deportivas?», y levantó el pie, aún enfundado en aquellas zapatillas de casa. A ella va dedicado este artículo.

Un 3% de los españoles no puede permitirse tener dos pares de zapatos, según la Encuesta de Condiciones de Vida del Instituto Nacional de Estadística (INE). El mismo informe señala que un 8% de la población no puede comprar ropa nueva cuando la que tiene se deteriora o cuando a sus hijos les queda pequeña. En un país en el que se nos repite que «la economía va como un cohete», estos datos deberían provocar algo más que incomodidad estadística.

Al mismo tiempo, se insiste en que España necesita inmigración porque faltan trabajadores y porque la población envejece. Sin embargo, basta mirar las cifras del paro para advertir una contradicción evidente. La tasa de desempleo juvenil supera el 23%, mientras que el paro entre mayores de 50 años se sitúa por encima del 30%, según la Encuesta de Población Activa (EPA). De acuerdo con datos del INE, alrededor de 750.000 personas mayores de 52 años están en paro, muchas de ellas sin prestación.

A ello se suma otro dato revelador: más de dos millones de personas perciben el Ingreso Mínimo Vital, y aproximadamente el 59% de ellas se encuentra en edad de trabajar, según la revista de la Seguridad Social (datos a 7 de julio de 2025), lo que equivale a más de 1,18 millones de personas potencialmente activas laboralmente que no obtienen ingresos del empleo. Además, casi el 60% de los beneficiarios recibe esta ayuda durante más de tres años, lo que evidencia la cronificación de la falta de oportunidades laborales.

No es que falten manos: faltan oportunidades reales de empleo e incentivos eficaces para quienes pueden crearlo. Tal vez algunos sectores donde «faltan trabajadores» no consiguen cubrir sus vacantes porque los salarios no permiten vivir con dignidad o porque el coste de la vivienda, el transporte y la conciliación familiar hace inviables esos empleos. Incentivar fiscalmente la creación de empleo estable y bien remunerado, facilitar la contratación de jóvenes que buscan su primer trabajo y promover políticas activas que permitan reincorporar al mercado laboral a quienes han superado los 50 años serían pasos mucho más eficaces que repetir, sin más, que hacen falta trabajadores.

Una economía que presume de crecimiento mientras una parte de su población no puede permitirse comprar un segundo par de zapatos tiene un problema más profundo que la falta de trabajadores. Tiene un problema de prioridades. Porque antes de preguntarnos cuántas manos necesitamos traer, quizá deberíamos preguntarnos cuántas estamos dejando sin trabajo, sin oportunidades y, a veces, incluso sin zapatos dentro de nuestras propias fronteras.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents